Martes, 30 de septiembre de 2014

| 2013/07/20 03:00

Así fue el escándalo del siglo

Este mes se cumplen 50 años del escándalo sexual que protagonizó el ministro de Defensa John Profumo, que acabó tumbando al gobierno de ese momento.

El escándalo destruyó la carrera de John Profumo, quien nunca pudo volver a la política. Foto: AFP

La historia tenía todos los ingredientes de una novela de Agatha Christie: un lord, un castillo, un ministro inglés, una atractiva prostituta y un espía ruso durante la Guerra Fría. Pero lo que podía haber sido una gran historia de ficción resultó ser la peor pesadilla de los protagonistas. El escándalo sexual del ministro de Guerra John Profumo a principios de los años sesenta fue el detonante de una de las peores crisis políticas del Reino Unido. No solo acabó con su carrera y arruinó las vidas de los demás involucrados, sino que las ramificaciones no se pueden comparar con las de ningún otro caso de ese tipo.


Ni siquiera se le acercan los muy publicitados juicios de Bill Clinton por su relación con Monica Lewinsky o el que está sorteando Silvio Berlusconi, acusado de pagarle a una menor de edad por tener relaciones sexuales. Después de todo, ellos no tuvieron que abandonar sus cargos y, a pesar de la mala fama, continuaron sus exitosas carreras. Además, lo más probable es que ninguno de esos casos se recuerde el próximo siglo como el escándalo que cambió la historia de sus países. En cambio, la debacle que protagonizó Profumo acaba de cumplir 50 años y sigue presente en las mentes de todos los británicos.


Stephen Ward era un médico de la alta sociedad, vivía rodeado de las personas más influyentes de Londres y era el anfitrión de las fiestas más extravagantes de la época. Entre sus amistades estaban lord Astor, propietario de la espectacular mansión Cliveden, una de las más famosas de Inglaterra. Profumo, un hombre de mundo que a los 46 años se perfilaba como el siguiente primer ministro británico, conoció en ese lugar a la hermosa Christine Keeler, una corista de 19 años que Ward había apadrinado. Para muchos ella era más bien una dama de compañía, pues de lo que nunca hubo dudas es de que en su vida hubo muchos hombres y de que vivía de ellos. 


Profumo había sido invitado a la mansión y estaba paseándose cuando se tropezó con Keeler, quien salía desnuda de la piscina. Tan pronto la vio, quedó encantado y movió cielo y tierra para conseguir una cita con ella. Dado que se trataba de un hombre poderoso del gobierno conservador de Harold Macmillan, la joven aceptó sin vacilación. 


El romance fue tan fugaz como oculto, pues el ministro no solo era mucho mayor que ella, sino que estaba ‘felizmente casado’. Al poco tiempo ambos perdieron interés y el idilio terminó. La cosa no hubiera pasado a mayores, pero Keeler vivía por las fiestas y se metía con cuanto personaje la entretuviera, así fuera del bajo mundo. Se enredó sentimentalmente con un matón narcotraficante que en un arrebato de celos le disparó a la casa donde vivía.


La consecuente investigación policial reveló que entre los muchos pretendientes de la chica no solo estaban los criminales, sino el ministro de Guerra y, sorprendentemente, el agregado naval de la embajada rusa en el Reino Unido, Yevgeny Ivanov, a quien el servicio de seguridad británico consideraba un espía. 


De inmediato autoridades y periodistas comenzaron a buscar más detalles y explotó el escándalo. La corista había entablado una relación con el soviético en la misma casa donde conoció al ministro, lo que encendió las alarmas por un posible caso de espionaje. Aunque el affaire de Christine y Profumo había sido más una breve aventura que un romance, y lo mismo se podría decir del de Ivanov, la premisa del escándalo era bastante cinematográfica. 


La teoría era que en la intimidad ella podría sacarle datos del arsenal nuclear de la Otan a su amante capitalista para luego suministrárselos a su amante comunista. Por más ridículo que suene ahora, pues una prostituta de 19 años por lo general no es tan audaz y un ministro de su majestad la reina de Inglaterra no es tan ingenuo, en el clímax de la Guerra Fría existía la posibilidad de una confrontación nuclear y ninguna sospecha podía ser descartada.


De inmediato la cámara baja del Parlamento interrogó al ministro, quien se defendió diciendo: “Jamás hubo algo inapropiado en nuestra relación” y amenazó con demandar por injuria y calumnia a quienes repitieran las acusaciones. No obstante, la determinante negación fue cambiando. 


Para empezar, la prensa amarilla inglesa nunca tuvo un mejor año y convirtió un chisme de pasillo en una crisis política adornada con los detalles más escandalosos. Se dijo que las fiestas de Ward eran bacanales en las que aristócratas, magistrados e incluso miembros de la familia real –que llevaban máscaras negras para no ser identificados– protagonizaban las más desenfrenadas orgías; que el político inglés le contaba toda suerte de datos clasificados a su amante en sus encuentros sexuales; y que gracias a Keeler Moscú debía conocer todos los movimientos del servicio secreto británico.


Por eso el juicio fue perjudicial para todos. Poco importó que la chica hubiera negado cualquier conversación política con los implicados, que hubiera asegurado que solo se acostó con Ivanov una vez antes de conocer a Profumo o que los testigos hubieran declarado bajo amenazas de la Policía. Lo cierto es que una vez el escándalo fue noticia, nada distinto al escarnio público le iba a bastar a los ingleses. Así, el ministro renunció en 1963 por haberle mentido al Parlamento, Keeler fue condenada a nueve meses de cárcel por perjurio e Ivanov fue devuelto a Rusia, donde el Kremlin lo desprestigió y terminó sumido en el alcohol.


El caso afectó todas las fibras de la sociedad. Aunque Ward era quien le costeaba a Keeler su lujoso estilo de vida, fue acusado de “vivir de ganancias inmorales”, es decir, de proxenetismo. El médico, quien definitivamente era promiscuo pero no proxeneta, se negó a vivir con ese estigma. “No quiero dejar felices a los buitres”, escribió el último día del juicio, cuando era evidente que lo iban a declarar culpable, y se suicidó con una sobredosis de sedantes. 


En el fondo, Profumo cayó no tanto por acostarse con Christine, sino por mentir. En las culturas latinas mentir es un pecado venial, sin embargo, en las anglosajonas es mortal y en Inglaterra mentirle al Parlamento es aún más grave y desemboca en la muerte política. Por eso el primer ministro, quien defendió a Profumo inicialmente, también se vio obligado a dimitir. 


Si bien dijo que lo hacía por su delicado estado de salud, muchos lo atribuyeron al estrés que le produjo ver cómo colapsaba su gobierno. Además, el escándalo fue el caballito de batalla del Partido Laborista, que les arrebató el poder a los conservadores en las siguientes elecciones. 


Cuando pasó el drama, Profumo tuvo que salir no solo del gobierno sino del Parlamento y pasó el resto de su vida haciendo penitencia trabajando por los pobres en los barrios marginados de Londres. Esa labor, que realizó hasta su muerte a los 91 años en 2006, fue su carta de salvación; lo reivindicó ante la opinión pública y le mereció que Isabel II lo condecorara con la Orden del Imperio Británico.


Por su parte, Keeler escribió cinco novelas relacionadas con el escándalo y es la única protagonista que aún vive. A estas alturas jamás se sabrá si la prostituta estaba revelando secretos de Estado o no, pero la verdad es que ahora el caso sigue causando la misma angustia de hace 50 años, pues ni Agatha Christie habría podido escribir un final tan trágico ni una historia en la que nunca fue claro quiénes eran los buenos y los malos.

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