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| 12/3/2016 12:00:00 AM

El día que Hawái ardió

El 7 de diciembre se cumplen 75 años del ataque japonés a Pearl Harbor. Estos son los hechos, personajes cruciales y controversias de un evento que cambió el curso de la Segunda Guerra Mundial.

El estruendo de cientos de aviones caza sorprendió a miles de soldados y oficiales que amanecieron en la isla de Oahu, Hawái. Las aeronaves habían aparecido en los radares, pero los vigías estadounidenses no concebían que pudiera tratarse de un ataque. Después de todo, Japón estaba a 6.500 kilómetros y, hasta ese día, nadie había agredido a Estados Unidos en su territorio. Pero en la mañana del 7 de diciembre de 1941, antes de las 8 a. m., un enjambre de aeronaves cubrió el cielo azul.

Pronto los asombrados madrugadores salieron de sus dudas: no se trataba de un escuadrón amigo, sino de aviones con el sol naciente en sus alas que comenzaron a soltar sus bombas en una orgía de muerte y destrucción. Pearl Harbor, el centro de operaciones de la Armada estadounidense en el océano Pacífico desde mayo de 1940, era objeto de un ataque inesperado, sin que mediara, como exige el derecho internacional, una declaración de guerra.

La lluvia de fuego cesó dos horas después con un saldo funesto. La operación consistió en dos oleadas aéreas, la primera de 183 aviones y la segunda, de 167, mientras varios submarinos atacaban con torpedos. En total, murieron 2.403 estadounidenses y 1.282 más quedaron heridos. Los japoneses impactaron ocho acorazados, tres cruceros, tres destructores y otras cuatro embarcaciones, pero para infortunio de los atacantes solo tres quedaron inservibles. De la flota aérea norteamericana, 188 aeronaves quedaron fuera de combate y otras 159 gravemente dañadas. Todas estaban alineadas convenientemente para responder a un eventual ataque japonés que podría ocurrir en algún lugar del Pacífico sur, en Filipinas, Malasia, Singapur. Pero nunca en Hawái, por más que desde Tokio el embajador Joseph Grew hubiera escuchado -y descartado- rumores sobre esa posibilidad.

En respuesta, el 8 de diciembre, un sobrio Franklin Delano Roosevelt le declaró la guerra a Japón frente al Senado, con una frase memorable, según la cual este ataque “vivirá en la historia de la infamia”. Tres días después, Alemania, ya vinculada con Japón por una alianza militar, se la declaró a Estados Unidos. Este, que había evitado involucrarse abiertamente en el conflicto, dejó atrás su manto de neutralidad, y entró a la guerra para cambiarla por completo. Sucedió hace 75 años, y por eso SEMANA presenta algunos de los personajes principales de ese crucial episodio histórico.

El apostador y el espía

Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Armada japonesa, pensaba que la guerra contra Estados Unidos devastaría a su patria. Ya en 1939 se había pronunciado contra la alianza de su país con Alemania, pues temía un conflicto con los norteamericanos, pero el reclamo no fue bien recibido por el régimen militarista, que no lo mandó matar por sus méritos de brillante estratega. Como relató a SEMANA el investigador Marc Wortman, autor de 1941: Fighting the Shadow War, desde los años treinta Japón desplegaba una campaña expansionista en Asia en nombre del emperador Hirohito, “pero las decisiones provenían de extremistas militares que, por la Constitución, eran independientes en sus decisiones y no temían borrar del mapa a quienes mostraran empatía con Occidente”, dice. Mucho menos considerando que Estados Unidos, antes aliado comercial, castigaba con duras sanciones comerciales sus incursiones en China.

Como Yamamoto era un experto en la guerra naval y aérea, recibió la misión de planear uno de los ataques más osados de la historia. Pero además conocía a su blanco mejor que ningún compatriota. Había estudiado en la Universidad de Harvard y se desempeñó en dos periodos como agregado naval. Era conocido por sus enormes virtudes estratégicas, pero también por su debilidad por el juego. Por eso, confesó que su plan también era una apuesta: golpear primero, sin aviso ni declaración de guerra, con torpedos y bombas, para dejar a Estados Unidos sin capacidad de respuesta en el Pacífico. Japón necesitaba tiempo para fortalecer sus bases en las tierras conquistadas en el sudeste asiático y necesitaba volverse inexpugnable como los nazis en Europa. Yamamoto sabía que era la única posibilidad de desestabilizar a la superpotencia. De hecho, consciente de la gran probabilidad de fallar, pidió ser parte de la misión y, si era necesario, morir con honor.

Pero él necesitaba información para planear el ataque, y esta provino de un espía que hábilmente construyó un personaje y recogió información sobre la rutina de la base, los movimientos de buques, de aeronaves, los ensayos de guerra y los pormenores útiles para el éxito de la operación. Takeo Yoshikawa, un comprometido japonés de 27 años, creyente del Bushido (código del samurái), llegó a Hawái en marzo de 1941, y solo su superior en Pearl Harbor conocía sus verdaderas intenciones.

Para los estadounidenses Yoshikawa era Tadashi Morimura, vicecónsul japonés en las islas del Pacífico. Yoshikawa distrajo la atención al ir en contravía de su vida disciplinada. Por eso como Morimura se embriagaba, llegaba tarde al trabajo, salía con geishas...Mostraba una apariencia disoluta para analizar la situación en las narices de las autoridades estadounidenses. Wortman cuenta que el día que debía enviar el mensaje determinante, el espía recordó haberlo visto y pensó “tengo la historia en mi mano”. La inteligencia norteamericana no descifró a tiempo el mensaje, y el 7 de diciembre se convirtió en el inevitable Día X.

Soldados confiados

Hasta el momento del ataque los estadounidenses se mantenían imparciales de puertas para afuera, para cumplir las leyes de neutralidad votadas en el Congreso que, luego del efecto devastador de la Primera Guerra Mundial, pretendían minimizar las intervenciones en el extranjero. De puertas para adentro, Wortman asegura que la historia era otra. Estados Unidos ya había entrado a la guerra en silencio, impulsado por el presidente Roosevelt y su secretario Henry Stimson, para quien era importante hacer frente a las enormes amenazas de Alemania, Japón, y también apoyar al Reino Unido, que defendía los valores estadounidenses.

La inteligencia norteamericana y sus altos mandos fallaron en prevenir el ataque, por incredulidad, mala comunicación y arrogancia. Esto según Steve Twomey, ganador del Pulitzer y autor del recién publicado Countdown to Pearl Harbor: “Asumieron demasiado y verificaron poco. Washington había advertido del peligro a la flota del Pacífico diez días antes, y era obvio que los japoneses se movilizaban para algo grande, pero los de Pearl Harbor asumieron que no los tocaba directamente”, aseguró en entrevista con el programa NewsMax. Por eso, el almirante Husband Kimmel y el general Walter Short, las autoridades en Oahu, entraron en la historia de forma infame como los chivos expiatorios del desastre pues no tomaron las medidas necesarias. Pero en el incidente hay matices, debido a que varias teorías afirman que recibieron mensajes tan vagos que no les permitían asumir ni prepararse adecuadamente para lo que vendría. Wortman a su vez añade que desde el embajador Joseph Grew, pasando por el secretario de Estado, Cordell Hull, y el jefe de las tropas, el general George Marshall, creían a Pearl Harbor la fortaleza “mejor defendida del mundo”, y, además, jamás imaginaron que Japón, un país al que caricaturizaban como colorido y débil, se atrevería a atacar.

Pero sucedió y tuvo efectos inmediatos. Las cuantiosas pérdidas humanas llenaron al pueblo estadounidense de dolor y le dieron un empujón a la causa del presidente Franklin Delano Roosevelt, quien batallaba ante la opinión pública contra un movimiento antiguerra mucho más poderoso que el de la guerra de Vietnam, casi 30 años después.

Japón esperaba dar un golpe mortal, pero no lo logró. Ninguno de los tres portaaviones que tenían su base en Hawái estaban en el puerto en la mañana del ataque y, por razones aún no del todo establecidas, los japoneses no dispararon contra los enormes tanques de combustible que hubieran podido profundizar la catástrofe y las pérdidas materiales. La fiera siguió viva, y antes de cuatro años sus bombarderos destruían las ciudades más importantes de Japón. 

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