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| 4/26/2014 3:00:00 AM

Ayrton Senna un ídolo por siempre

Cuando se cumplen 20 años del trágico accidente que cobró la vida del piloto de Fórmula 1, en Brasil su nombre sigue siendo tan venerado como el de Pelé.

Ayrton Senna lo presintió. Desde que empezó el Gran Premio de San Marino, Italia, de 1994 el piloto brasileño sabía que no debía subirse al Williams FW16. Las imágenes de la televisión, recopiladas en un documental reciente, lo muestran inquieto, vacilante, como si sospechara lo peor. Tenía razones de sobra para dudar. El viernes 29 de abril su compatriota Rubens Barrichello había salido ileso de un aparatoso accidente durante los ensayos, pero el sábado, en plena clasificación, el austríaco Roland Ratzenberger no corrió con la misma suerte cuando el alerón delantero de su auto se desprendió en una curva donde iba a más de 300 kilómetros por hora.

Ratzenberger murió instantáneamente. Era la primera vez en 12 años que un corredor sucumbía en las pistas y ese fin de semana, en el circuito de Imola, todos volvieron a recordar que no eran inmortales. Senna además estaba insatisfecho con el desempeño de su carro y en algún momento alcanzó a discutir con Sid Watkins, el jefe médico de la Fórmula 1, la posibilidad de abandonar la competencia. “¿Qué más quieres lograr? Has ganado el título tres veces y demostraste que eres el hombre más rápido de la Tierra. Déjalo ya y vámonos a pescar”, le propuso Watkins. Pero el brasileño de 34 años le dijo que no podía renunciar: “Hay cosas sobre las que no tenemos control y a pesar de ello no podemos dejar de hacerlas”.

Al día siguiente, el primero de mayo, su presentimiento se hizo realidad en la séptima vuelta. Senna perdió el control del vehículo y fue a dar de frente contra el muro de concreto de la curva de Tamburello. Una barra de suspensión impactó en su casco y cuatro horas después falleció en el hospital. Entonces nació el mito. En Brasil, en medio del llanto de millones, el gobierno brasileño declaró tres días de luto y su ataúd recorrió las calles de São Paulo sobre el techo de un carro de bomberos mientras cientos de miles de fanáticos lo acompañaban incrédulos. Hoy, cuando se cumplen 20 años del trágico accidente, el piloto es considerado el mayor ídolo deportivo de ese país después de Pelé.

“Brasil ha tenido tres campeones de Fórmula 1: Emerson Fittipaldi, Nelson Piquet y Ayrton Senna. Todos han sido héroes nacionales, pero ninguno ha despertado tanta veneración como Senna”, explica la revista Veja en un especial sobre el aniversario. Todo el mundo lo quería porque sus triunfos eran un consuelo en medio de la pobreza y la crisis política que el país atravesaba en ese momento. El convertirse en la primera gran estrella del automovilismo que perdió la vida frente a millones de televidentes también contribuyó a que nunca nadie lo olvidara.

Prueba de ello es que sus seguidores no descansaron hasta esclarecer las causas del choque. Minutos antes de partir en la primera posición, Senna y su equipo sabían que el auto no estaba en condiciones óptimas. Los técnicos no habían podido adaptarlo al nuevo reglamento que prohibía el uso de sistemas computarizados, claves en el éxito de la escudería Williams en la temporada de 1993. Como esas modificaciones les daban mucha ventaja a los carros, los directivos decidieron prohibirlas para que la competencia fuera justa. Sin los computadores, el vehículo del brasileño no logró la estabilidad necesaria en el asfalto. De hecho, ni siquiera había podido terminar las dos carreras anteriores por problemas con su bólido.

La investigación concluyó que en su intento por mejorar el monoplaza, los mecánicos repararon mal la columna de la dirección. Esta se rompió cuando Senna iba a 310 kilómetros por hora. A finales de los noventa los directivos de la escudería fueron procesados por homicidio culposo, pero la Justicia italiana los absolvió. En 2007 una corte de Bolonia volvió a revisar la historia y determinó que el responsable del accidente fue el director técnico de Williams, Patrick Head, por no supervisar los cambios que su equipo le hizo al carro. Head nunca compareció ante los tribunales, pues el caso había prescrito tres años atrás.

La forma como terminó el reinado de Senna y la polémica que rodeó su final ayudaron a consolidar la leyenda. Quizá por eso tuvieron que pasar diez años para que se publicara una biografía seria –Héroe revelado, del periodista brasileño Ernesto Rodrigues– y, casi otros diez más, para que alguien se atreviera a hacer un documental –Senna, del cineasta británico Asif Kapadia–. En ambos, el ídolo aparece como un personaje fascinante, gris, lleno de contradicciones.

Para empezar, el paulista desbordaba talento y desde que dio sus primeros pasos en los karts hizo lo imposible por que los demás lo notaran. Su mamá cuenta que en el colegio siempre prestaba mucha atención para luego, en las tardes, poderse concentrar no en los deberes, sino en las pistas. En 1978 viajó a su primer campeonato mundial en Europa y seis años más tarde debutó en la máxima categoría del automovilismo con Toleman, una escudería menor. Senna sabía que no tenía el mejor carro, pero sí la destreza necesaria frente al volante. El episodio con el que comenzó a labrar su fama sucedió durante el Gran Premio de Mónaco en 1984, cuando después de salir decimotercero y en medio de una tormenta, sobrepasó a los corredores más experimentados hasta llegar al segundo lugar, por detrás del francés Alain Prost, el consentido de McLaren.

Las autoridades suspendieron la carrera, pero el novato se sentía ganador. “La Fórmula 1 es política, es dinero, y cuando eres un principiante tienes que pasar por eso”, declaró a la prensa. Ese día los medios descubrieron una estrella y el deporte inauguró un nuevo capítulo en su historial de rivalidades: Prost versus Senna. De Toleman el brasileño pasó a Lotus, donde corrió tres temporadas, y en 1988 fichó por McLaren. Los dos mejores pilotos del mundo eran compañeros de equipo, pero no podían ser más distintos. Mientras Senna se dejaba llevar por la adrenalina –describía sus recorridos como experiencias casi místicas–, Prost lo calculaba todo –no en vano lo apodaban el Profesor–.

Varias maniobras arriesgadas en competencia los alejaron y acentuaron sus diferencias. Prost decía que su contrincante era demasiado confiado: “Piensa que no se puede matar porque cree en Dios, y eso es un peligro”. Senna efectivamente era muy devoto y tenía una fe ciega en sus habilidades –ganó 41 de 161 carreras y obtuvo tres títulos mundiales–, pero también era consciente de su fragilidad. Por eso no perdía oportunidad para discutir la seguridad de los pilotos con los organizadores del certamen.

Tenía que morir, sin embargo, para que no volviera a suceder una tragedia semejante en el automovilismo. El deporte es tan seguro en la actualidad que en los últimos 10 años solo ha habido dos incidentes graves: en 1999 Michael Schumacher se rompió una pierna en Silverstone y en 2004 su hermano Ralf sufrió una fractura de columna en Indianápolis. Ambos se recuperaron y paradójicamente hoy Michael está en coma por un accidente de esquí, luego de sobrevivir 19 años a bordo de un Fórmula 1.

Poco antes del Gran Premio de San Marino de 1994, Senna alcanzó a decirle al piloto Gerhard Berger, quien salió ileso de un choque en la curva de Tamburello en 1989, que había que hacer algo con ese tramo o alguien iba a morir ahí. Dos décadas después la suma de todas las señales que le advertían que no debía competir ese día parece un vaticinio divino. De cierta manera, el brasileño anticipó su final y no huyó de él. Y eso solo ha ayudado a acrecentar su leyenda.
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