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| 6/23/2003 12:00:00 AM

Bastardo real

Después del reconocimiento del hijo natural del rey Alfonso XIII de España se revelan las verdaderas razones que llevaron a la actual familia real a aceptar a este nuevo tío.

Cada vez que el rey Juan Carlos de España se encontraba con Leandro Ruiz Moragas lo saludaba con un cordial apretón de manos, con una palmadita en la espalda y a veces lo llamaba "tío Leandro". Pero posiblemente más que una atención o un gesto de cariño fraternal esta era la manera de mantener a raya al hombre que podía armar un culebrón real capaz de avergonzar a la familia de los Borbón: era el hijo bastardo del rey Alfonso XIII, abuelo del actual monarca. Sin embargo Leandro no se conformó con el reconocimiento privado de su sangre real sino que quería llevar el apellido Borbón de su padre.

Hace unos días la justicia española tomó la decisión sin precedentes de cumplir con este deseo y Leandro Ruiz Moragas pasó a ser Leandro de Borbón Ruiz, el único hijo vivo del rey Alfonso. Según este fallo la sangre real también corre por las venas de este contador quebrado de 74 años que vive en un modesto apartamento alquilado. La razón, había pruebas de sobra. Su físico, en el que sobresalen un bigote y una barba más bien propias de viejas épocas de la monarquía, guarda una gran similitud con el de su padre. Pero nada más contundente que una serie de documentos presentados por Leandro que daban fe de las transferencias realizadas desde un banco suizo al que su padre había encargado el manejo de una suma destinada para mantenerlos a él y a su hermana María Teresa, también hija del rey, quien murió en 1965.

Y aunque su sola existencia ha sido una piedra en el zapato para las últimas generaciones de la familia real ninguno de sus miembros se opuso a la petición. Cuando todos y cada uno de los descendientes de Alfonso XIII recibieron la notificación del juez, dándoles un plazo de tres días para oponerse a la decisión, ninguno puso trabas a pesar de la poca simpatía que le tienen. Ni siquiera se llevó a cabo la prueba de ADN. Para horror del rey Juan Carlos, Leandro había amenazado con hacer exhumar los restos de su padre en El Escorial, un episodio que enturbiaría la majestad de la intachable monarquía, un acto más propio de una investigación de medicina legal que del mundo de los reyes. "Lo único que pretendo es mi apellido y llegaré hasta el final. Y si alguien se pone rebelde estoy dispuesto a pedir el reconocimiento por el ADN. Yo no tengo interés en remover los huesos de mi padre ni de mi hermano Juan, pero si no hay más remedio, allá ellos", aseguró Leandro a la revista española Tiempo de Hoy a finales del año pasado, cuando empezó el proceso. Para no dar la impresión de estar cediendo a un chantaje el tribunal que le concedió el apellido manifestó que las cartas de amor del rey Alfonso XIII a Carmen Ruiz Moragas, madre de Leandro, eran tantas y tan explícitas que no se requería una prueba de ADN para hacer el reconocimiento.

Pero este es sólo uno de los episodios finales de este novelón que ha mantenido a los españoles a la expectativa, especialmente desde que el año pasado Leandro decidió salir a la luz pública con su libro de memorias El bastardo real, que ha vendido más de 60.000 copias y va en la edición número 18. La historia se remonta a mucho tiempo atrás, a la segunda década del siglo XX y empezó en el escenario de un teatro madrileño donde el rey Alfonso XIII vio por primera vez a Carmen, quien actuaba en una obra clásica. Desde entonces él, prendado de su belleza y ella, deslumbrada por su posición, iniciaron una historia de amor que sólo acabaría en 1931 con el advenimiento de la República y el exilio de Alfonso de Borbón.

Leandro cuenta en sus memorias que sus abuelos obligaron a su madre a casarse para alejarla del rey pero él, que tenía fama de conquistador y de ponerle cuernos a su esposa, la reina Victoria Eugenia, insistió hasta conseguir sus favores. En 1925 Carmen se alejó por unos meses de las tablas y se fue a Florencia, donde dio a luz al primer bebé de la pareja. La llamó María Teresa en honor a la memoria de una de las hermanas de su amante. En 1929 nació Leandro y sólo dos años más tarde vino la separación por cuenta del exilio. Carmen se quedó en Madrid con sus dos hijos, ambos del rey, que bien habrían podido ser cinco pues tuvo tres abortos. Ella murió de cáncer a comienzos de la Guerra Civil en 1936 (cuando el general Francisco Franco se insurreccionó contra el gobierno republicano), llevándose el secreto a la tumba y dejando a los niños al cuidado de los abuelos maternos. Alfonso murió cinco años después pero no dejó desamparados a sus hijos, quienes recibían de manera secreta una pensión gracias a la cual Leandro pudo estudiar derecho.

El no se enteró de la identidad de su padre hasta los 10 años, cuando un familiar se lo reveló. Según el propio Leandro sus hermanas, las infantas Cristina y Beatriz, siempre lo despreciaron abiertamente pero su hermano Juan (padre del rey Juan Carlos) lo trató de manera cordial. Para algunos esto se debía a que era la voluntad de su padre. Sin embargo el consenso es que el buen trato sólo tenía como objetivo evitar que se conocieran los pecadillos de Alfonso XIII, que hasta entonces eran un secreto a voces, pues podían acabar definitivamente con la posibilidad de un regreso de la monarquía en una sociedad profundamente católica. El rey Juan Carlos mantendría el mismo trato, aunque la relación entre la casa real y el hijo no reconocido se enfrió en los últimos años. "Me dais el título de alteza y arreglamos el asunto", fue la petición que hizo Leandro a Fernando Almansa, jefe de la casa de su majestad. "¿Y por qué quiere usted llevar el apellido de su padre cuando tan dignamente ha llevado estos años el de su madre?", fue la respuesta.

Aunque en sus memorias el nuevo Borbón manifestó que además del apellido le gustaría ostentar un título nobiliario vitalicio como el ducado de El Escorial, hoy asegura que no busca ni herencia ni puesto en la sucesión, en la que según los especialistas en genealogía si acaso ocuparía el puesto 27. Ahora la pregunta es si se le dará la dignidad de infante de España y el tratamiento de alteza real, pues según la ley este título corresponde a "los hijos del rey que no tengan condición de príncipe". En este caso la interpretación de la regla parece ser que esta sólo cobija a la descendencia del actual monarca, dejando a Leandro por fuera. En todo caso es el rey quien tiene la última palabra. Sin embargo suena bastante exótico que un contador de 74 años con fama de lagarto de la noche a la mañana se convierta en alteza real. El, cada vez más realista, asegura que se conforma con poco: "A mis amigos, los que realmente me importan, les he dicho que basta con que me hagan una suave inclinación de cabeza ¿Para qué más?".
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