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| 7/11/2015 10:00:00 PM

Bill Gates, el billonario atípico

Al hombre más rico del planeta todos le reconocen algo muy poco común en esa estratosfera económica: ser una muy buena persona y jugársela por los demás.

“¿Qué hacen con toda esa plata?”. La pregunta es recurrente cuando se habla de los millonarios y de sus vastas fortunas. En el caso de Bill Gates, fundador de Microsoft en 1975 y considerado el hombre más rico del planeta –con una fortuna estimada en 79.200 millones de dólares–, algo se sabe. Gates se da sus lujos. Tiene un jet privado y una isla en Belice, le fascinan los automóviles Porsche y su mansión es una versión gigantesca del apartamento ultramoderno en el que vivía la familia de Los Supersónicos.

Estos ‘gusticos’ se ajustan a la idea de un millonario que en 16 de los últimos 21 años ha liderado el escalafón de la revista Forbes, pero son prácticamente los únicos que se da. Más que la gran mayoría de acaudalados, Gates mantiene los pies en la tierra. Lava la loza, educa a sus tres hijos como personas a quienes no les garantiza una herencia jugosa –pues considera que los puede hacer inútiles–, y solo les dio celulares hasta que cumplieron 13 años. Además, desde que se convirtió en millonario tiene la misión de mejorar la vida de los más pobres. Para sus labores filantrópicas, destina miles de millones de dólares y cientos de horas de su tiempo.

Desde 2007, cuando dejó de lado las operaciones diarias de Microsoft y se dedicó a su familia y a la Fundación Bill & Melinda Gates, que creó con su esposa en 1997, este hombre ha donado unos 28.000 millones de dólares. En Estados Unidos, la fundación se enfoca en mejorar la educación, mientras que en el resto del mundo apunta a acabar con las enfermedades infecciosas y mejorar las condiciones de vida. Financia programas de agricultura pues, como aseguró la semana pasada al semanario francés Le Nouvel Observateur: “Aquellos que sufren las consecuencias más drásticas de los cambios medioambientales son agricultores pobres de regiones tropicales”. También trabaja, a través de la innovación, para reducir las enfermedades de transmisión sexual. Por ejemplo, en 2013 abrió una convocatoria para crear un nuevo condón, más sensorial, más resistente y cuyo uso se pueda masificar. Aún está en periodo de ajustes, puede que funcione o no, pero nadie puede criticarle no haberlo intentado.

Gates visitó Francia recientemente. Fue a agradecerle al gobierno los aportes al fondo Gavi, dedicado a la investigación para mejorar vacunas, y también al Global Fund, que concentra sus esfuerzos en erradicar la tuberculosis, la malaria y el sida (y del cual Francia es el segundo aportante después de los Estados Unidos). Pero también ha reclamado. En esa misma entrevista, preguntó por qué en los últimos cuatro años la ayuda de Francia a los países más pobres se redujo y por qué el país se alejó de su meta de destinar el 7 por ciento de su presupuesto a los menos favorecidos. Les mencionó el ejemplo del Reino Unido, que en medio de condiciones complejas mantuvo su compromiso.

Pocos países del primer mundo escucharían a un ciudadano del común. Pero Gates, que no clasifica siquiera como un millonario común, habla al oído de los líderes y su poder consiste en dar ejemplo. “El que yo destine mi dinero, mi determinación y mi entusiasmo a esta causa pueden incitar, creo, a ciertos países a mantener su compromiso con los más desprotegidos a pesar de los tiempos difíciles”, aseguró al Le Nouvel Observateur. Después de los presidentes de Rusia, Estados Unidos, China y Alemania, la figura de Gates aparece como la séptima personalidad más poderosa en el mundo en otro listado de la revista Forbes.

De buena intenciones y maneras

Para el magnate la filantropía es un arma de doble filo. Por un lado impulsa nuevas ideas y puede tomar los riesgos que los gobiernos evitan por temor al costo político de fallar. Pero a la vez, Gates se pregunta si es positivo que haya grandes fortunas en el mundo: “Cuando la gente se ofusca por el poder de los millonarios, básicamente se indigna por la manera desigual de repartir riquezas”, asegura. Gates reconoce en el capitalismo un modelo que motiva pero imperfecto y, citando al economista Thomas Piketty, argumenta que necesita ajustes en su manera de cobrar impuestos.

En ese baile constante que desde su ONG tiene con gobiernos y organizaciones, con la economía y el trabajo de campo, Gates ha aprendido que su aporte tiene límites. En casos sensibles como qué medicamentos autorizar o cómo se debe manejar una epidemia, los que deben decidir, según él, son los gobiernos elegidos democráticamente. “En algunos niveles no podemos más que ayudarles a ser más eficaces y tratar de alcanzar sus objetivos”.

Gates, como el resto de humanos, tiene fuentes de inspiración: su padre, quien le dio el don de la curiosidad, y Warren Buffett, de quien aprendió la filosofía que guía a todo gran filántropo: “Devolver lo que se ha recibido”. Buffett ha sido un genio de las inversiones por décadas y es tercero en la lista de más ricos del mundo, pero vive en la misma casa que compró en 1958 y su sueldo anual asciende a poco más de 100.000 dólares, una cifra que otros millonarios pueden gastar en una tarde. Buffet predica y aplica, ha donado enormes sumas de dinero a la fundación de Gates, y juntos crearon The Giving Pledge, una iniciativa que invita a más millonarios a donar al menos la mitad de sus fortunas a causas de caridad. Solo en Estados Unidos, 81 acaudalados se han unido al proyecto. Se trata de un triunfo parcial, pues por fuera de su país la iniciativa no ha tenido el mismo éxito.

Pero también tiene decepciones. Gates reconoció que una de sus mayores frustraciones ha sido la de no haber encontrado una cura para el sida, enfermedad que ha sido prioridad de su fundación y a la que ha destinado 4.000 millones de dólares en investigaciones, sin mayores avances. También le duele que la gestión de la salud en la República Democrática del Congo y en el norte de Nigeria siga plagada de problemas a pesar de sus esfuerzos por cambiar las cosas. Pero así como se baja se sube. En un viaje a la India, durante una campaña contra la polio, conoció a los voluntarios inspiradores “que combaten contra la pobreza en el terreno”. En otro viaje a Tanzania, cuatro años después de ir por primera vez, vio de primera mano cómo lo niños ya no morían de malaria.

No muchos millonarios pueden sacar pecho de una satisfacción así. Porque si bien muchos invierten, Gates ha logrado tomar distancia de una ‘falsa’ filantropía que apunta a beneficios tributarios o a ambiciones egoístas: “Las compañías de alta tecnología como Google son innovadoras y exitosas, pero nosotros financiamos 20 veces más investigación médica. Otra diferencia es que nosotros no tratamos de prolongar la vida de los más ricos. Preferimos concentrarnos en elevar la condición de vida de los más pobres”.
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