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| 8/1/2015 10:00:00 PM

‘Bugs’, el conejo por siempre famoso

Bugs Bunny, el conejo más famoso del mundo e ícono más brillante de las animaciones de Warner Brothers, cumplió 75 años. SEMANA repasa su origen, evolución y legado.

En 1976, una encuesta entre los estadounidenses sobre cuál era su personaje favorito de la historia, humano o imaginario, arrojó que Bugs Bunny era el segundo detrás de Abraham Lincoln. El dato es diciente pero no dimensiona cómo el fenómeno trascendió ese país. Bugs es el conejo más famoso del mundo, y todavía personifica la astucia callejera, la tranquilidad frente al peligro, la irreverencia y la creatividad agraciada que millones de espectadores de varias generaciones disfrutan.

Bugs también es la cara eterna del estudio de animación de la Warner Brothers, que comenzó a imitar a Disney en la década de los treinta. A finales de la década siguiente, con ánimo de distinguirse, el estudio le habló a otro público y dinamizó la animación y el humor. El sello que dejó es tal que las caricaturas clásicas, las realizadas hasta 1964, en su gran mayoría se mantienen vigentes y graciosas hasta la fecha.

Tal como Mickey Mouse, quien le disputa el trono al personaje animado más grande de la historia, Bugs Bunny se perfeccionó con el tiempo. Sus antepasados protagonizaron tres películas entre 1938 y 1939. Eran tres conejos cargados de astucia inspirados por un personaje de Disney de 1935 llamado Max Hare (Max Liebre). Las animaciones fueron muy bien recibidas por los espectadores. Esto llevó a que el 27 de julio de 1940 el público estadounidense viera por primera vez a un Bugs bautizado como tal en A Wild Hare (Una liebre salvaje), la primera película del conejo dirigida por el caricaturista Tex Avery. Esa ocasión también marcó la primera vez que dijo “What’s Up, Doc?” (“¿Qué hay de nuevo, viejo?”), la que se convirtió en su frase distintiva.

La cuna del mito

Contratados por el productor Leon Schlesinger, los animadores Tex Avery y Bob Clampett fundaron la Termite Terrace (la ‘terraza de las termitas’), un equipo que creó el universo de Looney Tunes y Merry Melodies para el estudio Warner Brothers entre 1933 y 1964. Se llamaba así por la vieja casona en la que trabajaron hasta 1936. En ese año se mudaron a instalaciones más modernas en Burbank, en un espacio en los estudios de la WB, donde una estatua de Bugs Bunny adorna el edificio principal. Ese equipo de la Terraza escribió una página gloriosa de la cultura popular y de la animación. John Lasseter, presidente de Disney y de Pixar, asegura que la influencia en su trabajo e inspiración fue incalculable. Steven Spielberg es tan fanático que en los años noventa produjo una reencarnación de Bugs y el resto de personajes de Warner en Tiny Toon.

Bugs nació hace 75 años y sus rasgos se refinaron uno a uno. Pasó de ser un pato con disfraz de conejo en 1938 (como confesó su primer animador) a la figura recordada del siglo XX. La frase “¿Qué hay de nuevo, viejo?” surgió de los días de colegio de Tex Avery, cuando todos los niños se llamaban Doc entre sí. Y el nombre llegó tras muchas deliberaciones. Algunos sugirieron Happy Rabbit, Avery sugirió Jack E. Rabbit, pero no convencieron. El animador ‘Bugs’ Hardaway había dirigido la tercera película y en uno de sus bocetos decía “Bugs’ Bunny” (el conejo de Bugs). Una colega sugirió mantener ese nombre, Schlesinger lo aprobó y selló el bautismo. El productor no sabía de animación ni de dirección. Sabía de dinero. Pero su gran acierto fue enganchar caricaturistas promisorios y dejarlos crear sus propios lenguajes animados. Estos le pagaron con personajes eternos.

Como los actores de carne y hueso, Bugs ‘trabajó’ para varios directores. Avery y Clampett dirigieron sus versiones, pero otros grandes nombres del estudio añadieron sus giros a la personalidad. Entre estos Friz Freleng, que había pasado por Disney, y el legendario Chuck M. Jones, un director que entró a la Terraza en 1935 como animador y ya dirigía en 1938. Jones recibió tres premios Oscar, y su Bugs Bunny con guiones de Mike Maltese es quizás el más recordado.

Con el paso de Tex Avery en 1941 al estudio Metro-Goldwyn-Mayer empezó un recambio generacional en Warner, pero nunca se perdió el espíritu transgresor: llegó un grupo de treinta y veinteañeros capaces de reír y de hacer reír a la audiencia. No tenían camisa de fuerza como la competencia, el hasta cierto punto acartonado estudio Disney. Según Freleng: “Nunca planeamos nuestras historias para niños, las hacíamos para divertirnos, para nosotros”.

De esa libertad nacieron decenas de capítulos memorables del conejo de guantes blancos, como Long-Haired Hare, en la que responde a los maltratos de un tenor, y El conejo de Sevilla de 1950, en la que libra uno de sus duelos épicos con Elmer Gruñón mientras la pieza de Rossini acompaña la acción. En cada historia el personaje se redefine manteniendo una constante: “Era importante que alguien provocara a Bugs pues, en caso contrario, podía parecer un matón”, aseguró Chuck Jones. Frente a las provocaciones siempre ganó el ingenio, Bugs no dudó nunca en disfrazarse de mujer si era necesario, razón por la cual muchos lo llaman el primer drag queen de la historia. Tampoco ahorró crueldad cuando la necesitó para meter en líos a sus adversarios y a su envidioso rival, el pato Lucas.

El éxito del conejo fue casi inmediato, pero le tomó tiempo ser reconocido por la academia. Fue nominado en tres ocasiones al premio Oscar, distinción que se llevó en 1958 por Knighty Knight Bugs, compartiendo pantalla con Sam Bigotes en su década más gloriosa. En total protagonizó casi 175 cortos y su figura nunca pasó de moda. Desde 1964, cuando terminó esa etapa, The Bugs Bunny Show arrasó en ratings. En los noventa compartió pantalla con Michael Jordan, el mejor basquetbolista de todos los tiempos, en la película Space Jam. En 1985, Bugs recibió una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood (segundo después de Mickey Mouse, precursor entre los personajes animados) y su estampita postal es la séptima más valiosa para los coleccionistas en los Estados Unidos. Y la tuvo antes que el ratón de Disney.

Hay detalles curiosos, como que el equipo de la Terraza idolatraba a Charlie Chaplin por lo que varios de los ademanes más alocados del conejo se le atribuyen al actor. En su libro Bugs Bunny: Fifty Years and Only One Grey Hare, Joe Adamson argumenta: “La manera abrupta y sorpresiva en la que Chaplin le planta un beso a quien se acerca de más en la película ‘Charlot en la tienda’ se convirtió en una de las maneras favoritas de Bugs de enojar a sus adversarios”. También le atribuye rasgos de Groucho Marx, de quien tomó, entre varios detalles, la frase “¡Por supuesto, ya te habrás dado cuenta que esto significa guerra!” cuando lo empujaban a buscar venganza, y la manera de interactuar con su zanahoria como Marx lo hacía con su tabaco.

Bugs tuvo sus enemigos en la pantalla y los sorteó. Desde Elmer Gruñón, pasando por Sam Bigotes, por un tenor, por un toro de lidia, el yeti y Drácula, pero logró amasar una audiencia que se mantiene fiel a pesar de la geografía. La inteligencia y el humor, prueba el conejo, son idiomas universales.
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