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| 4/22/2002 12:00:00 AM

Cenicienta negra

Fue vendedora ambulante y empleada del servicio. Vivió en la miseria de una ‘favela’ brasileña y fue violada a los 7 años. Hoy es la primera mujer negra que gobierna un estado en Brasil.

Esta es una historia como de cuento de hadas, pero de los más escabrosos. Y como todo cuento de hadas, el principio no empieza de la mejor manera. Su protagonista: Benedita da Silva, una mujer afrobrasileña de 60 años que el 6 de abril se convirtió en la nueva gobernadora de Rio de Janeiro, Brasil, el país que tiene la segunda población negra más numerosa, después de Nigeria, pero donde el racismo no se ha logrado desterrar y menos de la política.

Benedita nació con dos estigmas: ser negra y ser pobre, además de ser mujer. Su madre fue lavandera y su padre alternaba su trabajo como obrero con el lavado de autos. Ella es una de los 14 hijos que produjo esa unión, de los cuales la mayoría murió de sarampión o tuberculosis. En ese entorno no conoció más que el ambiente de la favela Morro do Chapéu Magueira, un barrio marginal de Rio donde se crió y donde vivió hasta hace poco. Su madre le lavaba la ropa a la familia del entonces presidente y fundador de Brasilia, Juscelino Kubitschek, y Benedita recibía los juguetes y la ropa usada de Marcia, la hija de Kubitschek. Más tarde Marcia y Benedita se encontraron, pero en igualdad de condiciones como diputadas federales en Brasilia.

Desde niña salió a las calles porque tuvo que trabajar vendiendo limones, dulces y frutas para poder estudiar en las tardes. También desde niña conoció de cerca el rostro de la violencia: a los 7 años fue violada por un vecino y amigo de la familia, el primer gran golpe de su vida. El segundo le tocó vivirlo ocho años más tarde cuando su madre murió y la situación de su hogar se hizo insostenible.

Tal vez huyendo de esa realidad decidió casarse a los 16 años. Pero sus condiciones no mejoraron. Su nuevo hogar, como ella misma lo describe en su biografía Vida política y amores de una mujer afrobrasileña, no era más que “una casucha con techo de lata y paredes hechas con cajas de madera”. Fue este estilo de vida el que la impulsó a formar parte de las asociaciones vecinales, desde las que exigía al gobierno mejorar las condiciones de salud, su primer paso en el camino hacia su vida política.

Por ese entonces tuvo que soportar la muerte de dos de sus hijos. El primero nació en casa y a los ocho días murió por una infección en el cordón umbilical. Su tercer hijo nació prematuro y también murió en su casa. “Eso no hubiera pasado si no hubiéramos sido pobres. Ni siquiera tuvimos dinero para darles un entierro apropiado”, cuenta Benedita. Por eso su primer gran reto fue sacar adelante a los dos hijos que le quedaban. Empezó a trabajar como aseadora en un colegio y como mesera. Muchos años más tarde, en pleno ascenso de su carrera política, en medio de una cena un embajador halagó su elegancia al comer. “Es lógico, le respondió con humor, aprendí sirviendo comida”.

Cuando tenía alrededor de 30 años encontró un trabajo de medio tiempo en un hospital y gracias a ello empezó a tomar un curso de auxiliar de enfermería. El tiempo que le quedaba lo invertía estudiando en casa y así logró validar el bachillerato. A los 40 años inició la carrera de trabajo social cuando su hija Nilcéa ya tenía 20. Por esta misma época su esposo murió, lo que la hizo refugiarse en las actividades de la asociación del vecindario.

Difícil pensar que la niña que “no tenía dinero ni para comprarse ropa interior, que improvisaba con bolsas de plástico” sea la misma mujer que ha llegado a ocupar los cargos más importantes de la política de su país. En realidad los golpes recibidos fueron sus mejores aliados más tarde. Durante la época del régimen militar los habitantes de las favelas fueron víctimas de desplazamientos forzosos. Los líderes de los barrios eran considerados subversivos por exigir mejores condiciones para vivir y se inició la persecución contra los hombres que dirigían las asociaciones. Esto le abrió el camino a las mujeres líderes y Benedita era una de ellas. En 1978 ella se convirtió en la presidenta de la asociación del vecindario, desde la cual organizó exitosas campañas para tener acceso a la electricidad y a los demás servicios públicos básicos.

Fue así como se ubicó en la mira del entonces recientemente formado Partido de los Trabajadores (PT), con el cual inició su carrera política en 1982, cuando fue escogida como concejal para Rio de Janeiro gracias al apoyo de la favela. Su debut político fue todo un éxito: en 1986 fue nombrada diputada y reelecta cuatro años más tarde. Pero sin duda uno de los momentos más representativos de su carrera política fue el año de 1994, cuando se convirtió en la primera senadora negra electa y su popularidad se disparó, tanto es así que en 1998 se convirtió en vicegobernadora de Rio de Janeiro, en una fórmula con el Partido Demócrata Trabajador. “No fue una lucha fácil. Choqué contra las barreras de las apariencias, según las cuales ser blanco es ser inteligente, que a su vez significa no ser pobre. Muy pronto me topé con los prejuicios de la discriminación”, asegura.

Pero ni las burlas de sus adversarios, ni las críticas que ha recibido, incluso de sus compañeros de partido por ser protestante, han podido frenar su ascenso. Benedita sólo necesitó tres días como gobernadora de Rio para dejar su huella cuando reemplazó al gobernador Anthony Garotinho, quien se ausentó por cuestiones de trabajo. Durante su corto mandato inauguró un Centro de Atención a la Mujer Víctima de la Violencia, puso en marcha un programa para atacar el hambre y la miseria y por primera vez entregó títulos de propiedad de tierra a descendientes de esclavos.

Ahora que Garotinho renunció para disputar las elecciones presidenciales Benedita tiene nueve meses para demostrar lo que es capaz de hacer por un estado que posee los mayores índices de violencia, una epidemia de dengue que afecta a más de 150.000 infectados y al parecer una deuda cercana a los 45.000 millones de dólares. Muchos confían en ella, en especial las minorías de negros, representantes de las favelas, homosexuales y discapacitados físicos, quienes el día de su posesión ocuparon los primeros puestos.

Benedita da Silva ya logró cambiar su vida: ha obtenido un reconocimiento político, vive feliz con sus dos hijos y sus cuatro nietos y encontró el amor en Antonio Pitanga, su esposo, un popular actor de telenovelas brasileñas. Pero para que su historia tenga un final feliz deberá también cambiar la vida de los habitantes de las favelas que desean vivir, al igual que ella, su propio cuento de hadas.
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