Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2002/02/26 00:00

Chivo expiatorio

Mata Hari,la famosa cortesana de la Primera Guerra Mundial, no fue una espía peligrosa. Así lo revela el periodista Russell Warren Howe.

Chivo expiatorio

"En nombre del pueblo de Francia —dijo, dirigiéndose a los presentes— por orden del Tercer Consejo de Guerra, Marguérite Gertrude Zelle ha sido unánimemente condenada a muerte acusada de espionaje. Tras estas palabras se alejó. El sargento primero pasó la cuerda alrededor de la cintura de Mata Hari, se disponía a atarle las muñecas y sujetarla al poste. —Eso no será necesario —ordenó Mata Hari—. La larga cuerda pendía de la mano del sargento como un cinturón monacal. El oficial tomó el pañuelo para vendarle los ojos. Mata Hari sacudió la cabeza con gesto imperioso, indicando que aquello tampoco sería necesario.

El sargento primero se alejó y murmuró entre los dientes al aspirant, o subteniente a cargo de los zuavos: —¡Parbleu! ¡Esta dama sabe morir!”.

Esa fría madrugada del 15 de octubre de 1917 sonaron 11 disparos que le quitaron la vida a Marguérite Gertrude Zelle, mejor conocida como Mata Hari, una de las cortesanas más célebres de la Belle Epoque de París. Aquella mañana de otoño sólo un puñado de personas pudieron observar cómo la altiva mujer de 41 años se llevaba las manos a los labios para lanzarle al pelotón de fusilamiento un macabro beso de despedida.

Russell Warren Howe no estuvo allí pero, por su voz, parece que sí lo hubiera hecho. La misma voz que a lo largo de 351 páginas revela una conmovedora imagen de Mata Hari, la espía más famosa de la Primera Guerra Mundial. Conmovedora porque luego de leer la obra de Warren Howe se descubre que la peligrosa espía no fue tal.

“Era una mujer superficial, quisquillosa, arrogante, egoísta, pagada de sí y fantasiosa; pero pese a todos estos defectos atraía a los hombres tan infaliblemente como el azúcar y el arsénico atraen a las moscas… era estúpida, temeraria, impulsiva e impetuosa, como lo es la mayoría de personas que se meten en problemas, especialmente las que se meten en problemas por algo que no han hecho”.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX las mujeres solteras o divorciadas que querían gozar del reconocimiento público y ganarse un buen sustento solían dedicarse al mundo del espectáculo y a la intimidad de la alcoba, en donde canjeaban favores sexuales por prestigio.

Marguérite logró combinar las dos artes con total maestría ya que los hombres que no caían rendidos a sus pies por su actuación terminaban de rodillas en su habitación. A decir verdad, la holandesa entrada en carnes no era un prodigio de la danza pero supo como pocas sacar provecho a la mojigatería de la sociedad europea de entonces.

Tomando como referencia los ocho años que vivió en la isla de Java con su esposo, el capitán Rudolf Macleod, Marguérite se inventó unos extraños bailes orientales que dejaron pasando saliva a los parisienses. Sus eróticos movimientos que, según decía, eran oblaciones para la divinidad hindú Siva, terminaban en escandalosos desnudos en los que dejaba al descubierto sus partes púdicas a excepción de los senos que, tras haber amamantado a dos niños, ya no eran tan atractivos. Para ocultar sus pechos marchitos la bailarina creó una serie de fábulas que encendían el deseo de los espectadores. Unas veces decía que un tigre le había mordido el pezón izquierdo y otras le echaba la culpa de su mutilación a su ex marido,quien le habría arrancado sendos pezones a mordiscos.

Dicen que el peor error de una mujer es creerse irresistible y Mata Hari pagó el precio de su arrogancia con su propia vida al pensar que venderse al mejor postor la redimiría de todas sus culpas.

En mayo de 1916 la cortesana recibió una inusual visita en su residencia de La Haya. Era el cónsul alemán en Amsterdam, que había ido exclusivamente para hacerle una tentadora oferta: espiar para Alemania a cambio de una gruesa suma de dinero.

Para ese entonces su carrera artística iba en picada. Cansados de sus exigencias y de su falta de talento, los empresarios ya no la tenían en cuenta para sus espectáculos de baile, por lo que Mata Hari había encontrado más rentable dedicarse a la prostitución de lujo. Durante años vivió a expensas de sus acaudalados amantes hasta que conoció a Vadim Masloff, un joven oficial ruso de 21 años del que se enamoró. Urgida de dinero para mantener a su novio Mata Hari creyó que sus influyentes amantes le revelarían información valiosa en la cama y, sin pensarlo dos veces, aceptó los 20.000 francos y la tinta invisible que le dio el cónsul y se marchó a París. Sin embargo en el barco que la llevaba a su destino cambió de parecer. Se deshizo de la tinta arrojándola al mar y se quedó con el dinero.

Pero ya era demasiado tarde. Los británicos ya la tenían fichada como la espía H21 y le seguían el rastro. En Francia intentó encontrarse con su amado Masloff, que se hallaba peleando en el frente y en su afán por conseguir un permiso accedió a la propuesta de los servicios de contrainteligencia francesa de espiar para ellos.

Convencida de que podría repetir la misma jugada que le hizo a los alemanes Mata Hari aceptó, no sin antes pedir un millón de francos por sus servicios, que se limitaban a contar chismes de salón. Mata Hari se propuso conseguir información confidencial y se presentó ante el comandante Arnold Kalle, agregado militar de Alemania en Madrid, al que intentó seducir.

Pero el tiro le salió por la culata. Kalle sabía que Mata Hari los había burlado antes y para vengarse le siguió el juego. Se acostó con ella y le pasó información desactualizada para que luego se la dijera a los franceses. Después transmitió mensajes a Berlín en los que decía que Mata Hari era una espía alemana y para asegurarse de que los galos interceptaran la comunicación transmitió los mensajes en el código que los aliados ya habían descifrado.

Las autoridades francesas picaron el anzuelo de Kalle, arrestaron a Mata Hari e iniciaron un proceso en su contra. Pero no había pruebas que la inculparan. Cuando los franceses se dieron cuenta de que los mensajes eran una trampa ya era demasiado tarde para liberar a la cortesana, así que decidieron seguir con el juicio y acomodar las pruebas sin interrogar a testigos que hablaran en favor de la acusada. Ni siquiera su amado Masloff quiso defenderla.

En 45 minutos el tribunal la encontró culpable de ocho cargos y fue condenada a muerte. Con su ejecución se le quiso decir al mundo que Francia hacía algo por proteger a sus soldados en el frente.

“Mata Hari se convirtió, sin merecerlo, en la espía más célebre de la historia, cuyo nombre conocen cientos de millones de personas en el mundo entero… esto fue debido a que Mata Hari acaparó los titulares de la prensa, del mismo modo que si Brigitte Bardot hubiera sido arrestada por ser una agente soviética”.

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