Martes, 24 de enero de 2017

| 1988/02/29 00:00

CODIGOS, ROMANCE Y CARRILERA

El asesinado Procurador Hoyos, un paisa afable y casero que, sin grandes espectáculos, dijo siempre lo que pensaba.

CODIGOS, ROMANCE Y CARRILERA

"En Colombia, los amenazados de muerte somos todos". Esa fue sólo una de las muchas frases premonitorias del Procurador General de la Nación, Carlos Mauro Hoyos Jiménez. Se la dijo a periodistas de El Tiempo que lo entrevistaron el 30 de agosto, a raíz del asesinato en Medellín de Héctor Abad Gómez. Y aunque durante los 16 meses que ocupó el cargo de jefe del Ministerio Público, nunca aceptó haber recibido amenazas, sus declaraciones en vida, y su violenta muerte el lunes 25, demuestran ahora que una muerte puede estar anunciada, sin que nadie nunca la haya anunciado.
Era un hombre de pocas palabras, pero eso nunca impidió que, a partir de ese 17 de septiembre de 1986, a las 7 y 45 de la noche, cuando lo llamaron de la Cámara de Representantes a decirle "doctor Hoyos, es usted el nuevo Procurador General de la Nación, la votación ha sido de 112 a favor y 7 en contra", el país supiera qué pensaba.
Solían entrevistarlo después de algún asesinato. "La violencia debe quedar desechada definitivamente como mecanismos de presión y las convicciones morales deben servirle al país para decirle "no" al diálogo con la mafia", le dijo al diario La República poco después de la muerte, por sicarios del narcotráfico, del coronel Jaime Ramírez Gómez, en noviembre del 86. "Jamás seré -agregó- puente para dialogar con narcotraficantes. Entre otras cosas, tengo muy claro que soy el jefe del Ministerio Público y no un jefe de relaciones públicas".
Algunas de sus frases podrían perfectamente ser aplicadas a lo sucedido después de su muerte. "En el país -dijo en octubre a El País de Cali, a propósito de una escalada de asesinatos políticos- se ha creado una solidaridad de clase y no una solidaridad nacional. La solidaridad colombiana es de 24 ó de 48 horas, o a veces tan sólo de un minuto de silencio cuando matan a un personaje de la vida nacional. Pero no nos conmueve la muerte de campesinos o de obreros. No nos duele el dolor de la gente del pueblo. Debemos saber de dónde provienen las amenazas, porque hoy las víctimas son los líderes sindicales y mañana pueden serlo los propios empresarios".
Según quienes lo conocieron, este interés por las gentes comunes y corrientes nunca fue un show publicitario. Proveniente de un hogar pobre y sencillo, no se le subieron los humos por las posiciones que ocupaba. Nacido en el corregimiento de Palermo, en Támesis, Antioquia, era considerado en su pueblo como una especie de "obispo": escuchaba a todo el mundo, era generoso en consejos y nunca rechazaba un trago de aguardiente a pico de botella, ofrecido por cualquier campesino. Mucho más tímido resultaba en los salones sociales. Rechazaba los cocteles y las grandes reuniones, y por lo general, las tarjetas de invitación que llegaban a su despacho, eran devueltas al escritorio de Patricia, su secretaria.
La fobia por esos eventos en los que había que conversar de pie mientras se calienta un whisky, le venía de sus años de estudiante. Como alumno de la Facultad de Derecho de la Universidad de Medellín, crió fama de mal conversador y pésimo cuentachistes, características que llevaron a sus compañeros a bautizarlo con el apodo de "Carlos Malo".
Al igual que habría de hacerlo años después en la actividad política en su departamento y en el Congreso, prefería siempre oír y oír, para reservarse el derecho a opinar de último. Esa opinión frecuentemente cerraba las discusiones, gracias a lo cual Hoyos salía airoso. Aunque nunca se destacó como orador fogoso, las pocas veces que utilizó ese estilo, "se fajó", según reconocen sus colegas del Parlamento.
César Pérez García, representante antioqueño, presidente de la Cámara y uno de sus mejores amigos, lo describe como un hombre introvertido, apacible y, sobre todo, costumbrista. "Cuando era el Contralor de Antioquia, nunca quiso utilizar el carro de la Contraloría. Mi oficina quedaba camino de su casa, ubicada en el barrio Buenos Aires, cerca al centro de Medellín. Yo lo veía subir todos los días a las 11:45 de la mañana y a las 5:45 de la tarde, rumbo a su hogar. Nunca variaba esa rutina, no tomaba otro camino, ni se quedaba a charlar o a almorzar con los amigos. Así era con sus costumbres -agrega Pérez- y por eso se quedó en el bambuco y la música de carrilera, que escuchó desde su infancia. No la cambió por el vallenato ni por la salsa, y por eso, esa vieja música acompañó su entierro".
En 1986, no logró salir reelegido en las listas oficialistas para el nuevo período en la Cámara. Le había tocado el cuarto renglón, y los votos no alcanzaron. Sus enemigos políticos -que también los tenía- se alegraron, y pensaron que ya era un cadáver político. Sin embargo, Virgilio Barco, entonces jefe y candidato del liberalismo, aparte de buen amigo suyo, le ofreció la secretaría general del Partido. Esto llevó a muchos a pensar, cuando salió elegido Procurador, que su imparcialidad e independencia frente al gobierno y a su partido, estaban en veremos. Y lo estuvieron hasta la renuncia, después de un informe de Hoyos, del gobernador de Antioquia, Bernardo Guerra Serna, a quienes todos consideraban el jefe político del Procurador. Al posesionarse, había advertido: "Lo primero que debe saber el país es que yo no estoy comprometido con nadie y hasta el Presidente tendrá que actuar con limpieza".
Aunque durante su mandato en la Procuraduría nunca hubo grandes revuelos de opinión como los protagonizados por su antecesor Carlos Jiménez Gómez, su rechazo enérgico a la supresión de la Policía Judicial adscrita a la Procuraduría, su oposición abierta a los grupos de auto-defensa y su aceptación de la recusación hecha por la Unión Patriótica del Procurador militar para las Fuerzas Militares -presentada por el propio líder de la UP, Jaime Pardo Leal- lo colocaron en el centro de agrias controversias. Ese estilo mesurado llevo a muchos a creer que era un hombre más bien débil, contemporizador y dispuesto a pasar agachado. Pero los hechos demostraron lo contrario.
Algunos se sorprendieron cuando fustigó al gobierno por su indefinición en torno a la extradición. Indefinición que, según Hoyos, era la que había permitido la liberación de Jorge Luis Ochoa. Es casi seguro que sus declaraciones en esa oportunidad, le hayan costado la vida. "El gobierno -dijo en torno a la extradición- debe determinar cuál es la forma de restablecerla y proceder en consecuencia". Se declaró perplejo ante "el poder progresivo que tomo el narcotráfico". Pero no todo fueron palabras. Pocos días después, abrió investigaciones contra los funcionarios implicados en las irregularidades del proceso de liberación de Ochoa. No hizo escándalo, pero actuó, como lo hizo con la mayoría de los problemas del país.
Los problemas del país, sin embargo,-sólo lo ocupaban de lunes a viernes. El viernes viajaba en el vuelo de las 5 de la tarde a Medellín, de donde sólo regresaba el lunes en el primer avión, a las 7 de la mañana. El fin de semana estaba reservado para sus tres grandes amores: su madre, Rosa Elisa, su novia, Vicky Valencia, y su finca en El Retiro, que no había bautizado aún y cuya casa estaba en construcción. En esta obra estaba invirtiendo unos 3 millones de pesos, y para evitar suspicacias, dejó por escrito constancia de que lo hacía con dinero prestado por una entidad crediticia.
Su romance con Vicky, a quien doblaba en edad (él ya se estaba acercando a los 50), había conmovido meses antes al país. Historias de poemas y serenatas, declaraciones de amor y otros episodios románticos dignos de mejores épocas, habían trascendido a la opinión, que ya había comenzado a esperar un hermoso final feliz frente al altar, en la iglesita de algún pueblito paisa.
En Bogotá, ocupaba un modesto apartamento en la calle 19 con carrera 4a, donde siempre se encontraba cuando no estaba trabajando. A veces se reunía allí con amigos íntimos a escuchar su música de carrilera y a tomar aguardiente. Le fascinaba que le alquilaran películas de vaqueros para ver en el Betamax, y cuando le pegaba la nostalgia, era capaz de usar el teléfono del carro para comunciarse con su madre o con Vicky en Medellín. Según sus escoltas de la capital, a su novia le tarareaba boleros y a su madre bambucos.
Esos mismos escoltas le decían con frecuencia que pidiera más vigilancia y que consiguiera un carro blindado para Medellín. "Mire doctor -le advertian- un día de estos nos van a pegar un susto". Su respuesta fue siempre la misma:"Entre menos es coltas le pongan a uno, menos escoltas matan". Y en verdad, el lunes 25, cuando criminales a sueldo del narcotráfico lo secuestraron e hirieron para luego asesinarlo, sólo mataron a dos escoltas, los únicos dos escoltas que lo acompañaban.

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