Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1990/11/05 00:00

Y COLORIN COLORADO...

Una ola acabó con el matrimonio que mantenía viva la leyenda del principado de Mónaco.

Y COLORIN COLORADO...

En el momento en que el calamarán Pinot de PinoS Gancia se hundió en el mar de Mónaco llevándose atado a su cinturón. a Stefano Casiraghi, se escribían las dos últimas y más dramáticas líneas de la leyenda de los Grimaldi. Una leyenda que, irónicamente, empieza con Grace Kelly. Porque fue cuando el príncipe Rainiero se enamoró de la actriz preferida del Hollywood de los cincuenta, cuando el principado de Mónaco salió de su condición de "reino venido a menos para convertirse en el centro turístico por excelencia del Mediterráneo. Por cuenta del cuento de hadas que protagonizaron el apuesto príncipe europeo y la bella actriz norteamericana, los ojos del mundo se voltearon hacia el principado de Mónaco y la avalancha publicitaria que produjo la boda trajo consigo los millones de dólares que sacarían a flote el país de los Grimaldi. De ahí en adelante se abre un compás de vida rosa para los monegascos. No sólo había bonanza en sus predios sino que la pareja real cumplía todos los requisitos de la familia ideal de los cuentos: juventud, belleza, equilibrio y dinero. Sus tres hijos, Carolina, Alberto y Estefanía, complementaban el cuadro perfecto. Y el inicial escepticismo de los portadores de sangre azul sobre la rutilante plebeya, quedó reducido a la nada cuando Grace, dejando a un lado los buenos recuerdos de sus tiempos con Hitchcock, representó el mejor papel de princesa.

Pero como una muestra de que la vida no hace excepciones con nadie, los vientos anunciaron tormenta cuando las dos princesas llegaron a la adolescencia. A pesar de la imagen de control y mesura que proyectaban sus padres, Carolina y Estefanía demostraron tener suficiente independencia de carácter como para romper, sin dolor,todas las reglas de la realeza europea. Y las fotos oficiales en las que aparecía la familia de Mónaco bien trajeada y discreta, fueron reemplazadas en la prensa por instantáneas de las princesas obtenidas por paparazzis en discotecas, fiestas y yates. En un violento contraste con las lacónicas Helena y Cristina de España, la flemática Ana de Inglaterra o las frías y casi anónimas princesas nórdicas, primero Carolina y luego Estefanía aparecieron torsidesnudas sobre la cubierta de un barco en todas las revistas europeas. Los llamados al orden de Grace no encontraban eco y la rebelión de las princesas eran bestsellers de la chismografía del Viejo Continente.
La crisis familiar, sin embargo, tocó fondo cuando Carolina, contra viento y marea, decidió casarse con la última persona que sus padres hubieran pensado para ella: Phillipe Junot un playboy desgastado y ambicioso que rodaba por los altos círculos del jet set de varios continentes. Quince años mayor que Carolina, de dudosa dedicación al trabajo y con un pasada bullicioso Junot disonaba en los planes dinásticos de los príncipes de Mónaco. Pero se impuso el temperamento de Carolina y Grace y Rainiero tuvieron que aceptar su suerte. Sin el esplendor de la boda de sus padres pero con el mismo despliegue, la primogénita de los Grimaldi contrajo matrimonio. Pero aunque literalmente todo el mundo hizo fuerza para que los grises pronósticos sobre el futuro de ese matrimonio no se cumplieran, al año y medio de la boda la realidad de una relación fallida empezó a salir en los periódicos. No pasó mucho tiempo antes de que la prensa mostrara en fotos los verdaderos motivos de los "viajes de negocios" a diferentes partes del mundo del vividor Junot.
Rubias van y rubias vienen, llevaron a Carolina al divorcio en medio de un escándalo en las revistas del corazón que no logró detenerse a pesar del esfuerzo de sus padres. De regreso a su hogar, la princesa estaba triste. El tenista argentino, Guillermo Vilas, y un viejo amigo de su infancia, Roberto Rossellini, dieron a la prensa mucha tela para cortar sobre una posible salida que hiciera emerger a Carolina de la tristeza.

Para entonces Estefanía ya se había metido en unos bluejeans de cuero, habia adoptado un corte de pelo masculino y derrapaba en una moto por las calles parisienses abrazada a la cintura de Anthony Delon. Apenas pisando la adolescencia, la hija menor de Grace ya mostraba lo indomable de su carácter que no respetaba ni las ceremonias oficiales en las que debía ejercer de princesa. Sus grandes bostezos, sus gestos displicentes y la cara de aburrimiento que producía Estefanía en los actos públicos del principado, daban la vuelta al mundo en fotografías. Para acabar de completar el desmoronamiento de la imagen de la familia perfecta, el heredero, Alberto, resultó ser tímido, apocado y solitario. Su vida aislada, misteriosa para la prensa, se convirtió en carnada de las lenguas viperinas que dejaron correr por los oídos siempre dispuestos del jet se europeo, el rumor de que es homosexual.

Pero hasta aquí la familia Grimaldi sufría de las mismas vicisitudes por las que pasan la mayoría de los mortales en la difícil tarea de levantar hijos. El verdadero golpe llegó en 1982 cuando, con Estefanía al volante, el carro de la familia fue a dar a un barranco y la princesa Grace, imagen visible de Mónaco, se desnucó. Entonces ya no se trataba del desmoronamiento de la imagen de la familia, sino de la familia misma. Rainiero se desplomó, Estefanía se traumatizó, Alberto enmudeció y Carolina pasó a la cabeza de la familia y asumió el liderazgo de la imagen del principado. Fue entonces cuando apareció en escena Stefano Casiraghi.

El verano de 1983 vio nacer el romance en la isla de Cerdeña. De la mano del joven empresario italiano en ese entonces Stefano tenía 23 años Carolina pareció encontrar sosiego y a pesar de la negativa de la Santa Sede para anular su matrimonio católico con Junot, le dio el sí a Stefano en una boda civil que tuvo lugar el 29 de diciembre de ese mismo año. Los monegascos y todos los aficionados a la familia Grimaldi, creyeron estar viendo el renacer de la leyenda. Nuevamente una bella princesa y un apuesto príncipe encarnaban la pareja perfecta del cuento de hadas y restauraban la respetabilidad, para muchos perdida, del pequeño principado. Un hijo en 1984 Andrea -, un hija en el 86 Charlotte y otro vástago en el 87

-Pierre-, hacían creer que la historia de la bella Grace se repetía como calcada. Rainiero, con su imagen de viejo bonachón, se vio recuperado jugando con los nietos y a pesar de que Estefanía todavía rodaba entre el modelaje, la música y los novios de dos continentes, todo parecía en el principado haber vuelto a su cauce.

Aunque Stefano había sido criado en el seno de una de las familias más adineradas de Italia su padre, Giancarlo Casiraghi fue el principal distribuidor de la compañía petrolera Esso en Italia su vida se movía más por los terrenos de la "nata y flor" de los empresarios europeos que por la del jet set. Y a pesar de que nunca se graduó de la universidad, demostró dotes precoces de empresario montando a los 22 años una firma de bienes raíces llamada Redim la cual dirigió con éxito. En el momento de su muerte era socio mayoritario de la firma Eugenco-Pastor, constructora de edificios en Mónaco. A su lado Carolina había asumido el papel de primera dama de Mónaco y él, muy discreto, se había acomodado al tren de actividades que le imponía su condición de consorte. La leyenda seguía viva.

Sin embargo, el pasado miércoles a las 11:15 de la mañana, una ola mal cogida volcó de nuevo la vida de Carolina.

Stefano como buen vividor de la aristocracia europea era un "todero" en los deportes. Esquiaba en la nieve, piloteaba veloces carros, jugaba tenis y se defendia en todos los deportes acuáticos. Su afición, sin embargo eran las carreras de botes con motor fuera de borda. En 1989 fue campeón mundial de esa modalidad en Atlantic City. El reto, este año, era mantener el título. Y usó su nave de siempre la Pinot de Pinot y su copiloto usual, Patrice Inocenti. Frente a la costa de Saint Jean Ferrat, se dio la largada de la carrera a las diez de la mañana. Una hora después, con un mar picado y cuando lideraba la carrera, su bote embistió una ola y Stefano Casiraghi abrió un nuevo capítulo de las tragedias de Mónaco.

Otra vez el principado está de luto y la familia real que más suspiros ha arrancado al público durante tres décadas, vuelve a hundirse en la tristeza. Y la que fuera una de las más grandes historias de amor de todos lo tiempos la de Grace y Rainiero ha ido convirtiéndose con los años en un sino trágico que persigue a las princesas más bellas de Europa.

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