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| 3/8/2008 12:00:00 AM

Con la tropa

Gabriela Febres-Cordero, nacida venezolana y colombiana por adopción, se ha convertido en el hada madrina de niños y soldados víctimas de la violencia y las minas antipersona.

Lina Fernanda tiene 4 años y le gusta pintar. Como todas las niñas de su edad, suele dibujarse a sí misma con su mamá, en su casa en Bendiciones, una vereda del Valle del Cauca. Y cuando lo hace, queda claro que ella es consciente de su dolorosa realidad. Garabatea dos figuras, pero a la más pequeña sólo le pinta una pierna. Esa es la única manera como Lina se conoce, pues a los 4 meses, durante un enfrentamiento entre el Ejército y la guerrilla, cerca de Buenaventura, una bala perdida le amputó la pierna izquierda.

Pero de ahora en adelante sus dibujos van a ser diferentes. Lina acaba de obtener su primera prótesis, pues se convirtió en uno de los beneficiados por la fundación United for Colombia, que ayuda a los colombianos que por cuenta del conflicto presentan una discapacidad compleja. “Es una pierna mágica”, solía decirle su mamá para animar a la niña a usarla. Y tenía razón: “Ella se había acostumbrado a andar dando brinquitos desde los 2 años y ahora camina normalmente y puede jugar. Ya todo es más fácil, es mejor”, dijo a SEMANA Carmen Elisa Congo, madre de Lina.

Tan feliz como ella de ver a la niña dar sus primeros pasos está Gabriela Febres-Cordero, directora de la fundación. La idea de crearla surgió en 2002, cuando la entonces esposa del embajador en Washington, Luis Alberto Moreno, conoció uno de los rostros más dramáticos de la realidad del país. Su inspiración fue un soldado de 21 años llamado Argemiro Cuéllar que encontró en un hospital de Virginia donde había sido trasladado para que especialistas pudieran tratarle las quemaduras en todo su cuerpo, producto de un accidente en helicóptero mientras patrullaba. “Lo que más me impactó fue su soledad. Estaba lejos de los suyos, en un país extraño y no hablaba su idioma”, cuenta. Gabriela empezó, junto con otra compañera de la embajada, a verlo todas las semanas, le llevaba comida típica colombiana e incluso invitó a Juanes a que la acompañara a visitarlo. Su objetivo era que se sintiera como en casa. Por eso se le ocurrió buscar el apoyo de colombianos radicados en Estados Unidos que hicieran lo mismo y se convirtieran en una especie de familia para él. Argemiro fue sometido a unas 40 cirugías, pero en ese proceso nunca estuvo solo. “Antes pensaba que haber sobrevivido era un castigo, pero su perspectiva cambió y empezó a creer que había tenido una nueva oportunidad. Sin embargo, le dolía que sus compañeros no la tuvieran”.

Pensando en eso Gabriela sintió que era hora de aprovechar su estada en la embajada para impulsar una fundación. Sin pelos en la lengua, la forma como siempre se expresa, asegura que ya “estaba cansada de dedicarme a organizar cocteles y estar rodeada de flores y manteles. Mi proyecto de vida iba más allá. Sentía que tenía una deuda con esos muchachos que estaban en esas condiciones por protegernos a nosotros”, explica esta venezolana que siempre se ha sentido una colombiana más. Y es que su amor por el país viene de tiempo atrás. De niña se acostumbró a oír los relatos de su padre, Ciro Febres-Cordero, un reconocido empresario en el vecino país que sabía y le relataba de memoria la historia de las gestas libertadoras, pues sus antepasados habían luchado junto a Bolívar en territorio colombiano. Por eso cuando se convirtió en la ministra más joven durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, como jefe de la cartera de Comercio Exterior, hizo énfasis en la integración con el país que tanto conocía. “Ahora podía capitalizar tantos años de conocimiento y contactos para ayudar a los afectados por el conflicto”.

Empezar no fue fácil, especialmente por lo costoso de tratamientos de miles de dólares. Por eso algunas empresas a las que les expuso el tema de ayudar a los soldados discapacitados se negaban a colaborar, con el argumento de que con esa cantidad de dinero podían dar comida y educación a una gran cantidad de niños, en vez de invertirla en una sola persona. Entonces Gabriela se dio cuenta de que el éxito de su causa dependería de voluntarios, especialmente de médicos que donaran su trabajo.

Uno de ellos fue el doctor colombiano Pedro Felipe Franco, cirujano maxilofacial del Hospital Baylor en Dallas, la primera institución médica de Estados Unidos que se ofreció a operar gratuitamente a los heridos cuyos casos eran más complicados. “Me sorprendió el entusiasmo de mis colegas norteamericanos cuando les hablé de la iniciativa. De 10 especialistas que empezamos en el hospital, yo era el único colombiano”, cuenta Franco, “acá los soldados son considerados héroes y como tales fueron recibidos los cuatro pacientes que hemos tratado”. Por eso había que darles gusto y en las salas de cirugía era normal ver a las enfermeras chapuceando español o haciendo sonar salsa para que se sintieran cómodos.

Y es que cada colaborador de la fundación tiene claro que el estado de ánimo de los pacientes es vital para su recuperación. De ahí que la experiencia de Argemiro Cuéllar sirviera para crear la ‘Red de cariño’, formada por un grupo de colombianos radicados en distintas ciudades de Estados Unidos, y quienes donan su tiempo a los soldados. “La idea es que se distraigan y que conozcan el nuevo país. Por eso les ayudamos a que aprovechen sus ratos libres en clases de inglés y de sistemas”, comenta Pilar Duque, sicóloga y coordinadora de la red en Rochester, donde se encuentra la Clínica Mayo, otra de las instituciones que ha hecho aportes a este proyecto.

El otro frente de batalla de la fundación está en Colombia. Desde hace cuatro años, la compañía alemana Otto Bock, trabaja en llave con Gabriela para darles prótesis de alta tecnología a niños y soldados como el infante de marina Enrique Pérez, quien perdió las piernas durante el operativo en que escapó el canciller Fernando Araújo, en Corozal, Sucre. Él fue una de las 1.103 víctimas de las minas el año pasado. “Lo más difícil fue llegarles a mis niños en esas condiciones. Uno sueña con volver a caminar, volver a jugar con ellos, pero cree que es imposible”, explica. Sin embargo, hace pocos días lo logró, “ahora me siento libre”.

El año pasado, Gabriela consiguió que el Congreso norteamericano destinara 500.000 dólares a United for Colombia. En total, gracias al aporte de la empresa privada, de otras fundaciones y la colaboración del sector público, ha recibido más de tres millones de dólares para 72 pacientes. “Esto de las prótesis es como los carros: todos andan, pero para mis muchachos yo quiero un Rolls-Royce”, advierte con la exigencia que la caracteriza. Esa persistencia incansable se ha convertido en la clave para sumar voluntades porque para ella todo funciona “cuando uno trabaja como un soldado más”.
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