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| 11/7/2009 12:00:00 AM

Creaciones Nancy

Nancy González, una caleña de bajo perfil revolucionó el mundo de la moda con sus carteras de cocodrilo, por las que las figuras de la alta sociedad mundial pagan sumas astronómicas.

Salma Hayek, Victoria Beckham, Eva Longoria y Britney Spears se mueren por los bolsos que fabrica y los lucen orgullosas donde quiera que van. Las estrellas de Sex and The City también los han exhibido, lo mismo que Miranda, la protagonista de The Devil Wears Prada, esa diseñadora implacable cuyo papel desempeñó brillantemente Meryl Streep. Sus carteras se encuentran en las tiendas más exclusivas de Nueva York, París o Tokio junto a los de Hermès, Chanel y Louis Vuitton, y los precios por unidad oscilan entre los 700 y los 25.000 dólares. La locura.

Lo increíble de este cuento es que quien diseña y fabrica semejantes bolsos, en su totalidad de cuero de cocodrilo, es Nancy González, una economista caleña que hace 25 años empezó a producir cinturones en su ciudad natal y que con el paso del tiempo se ha convertido en un símbolo de la moda femenina de altísimo nivel. Las revistas especializadas como Vogue y Elle le han dedicado páginas enteras, y hace un año el Museo Metropolitano de Nueva York incluyó uno de sus bolsos entre los 65 artículos más sobresalientes de la moda desde el siglo XVIII. "Esa exposición ha sido el mayor honor de mi vida. No había más carteras en la muestra", le dijo Nancy a SEMANA en una de las poquísimas entrevistas que ha concedido.

Es curioso, pero a esta caleña de 54 años jamás se le ocurrió que iba a ser famosa. Nunca le gustaron las carteras ni pensó en diseñar bolsos. Le gustaba pintar, cocinar y bailar. Se casó muy joven -no había cumplido 19 años-, y cuando terminó economía en la Universidad del Valle ya tenía dos hijos y quería un puesto de medio tiempo. "Nadie te va a dar trabajo", le decía su suegro, el empresario vallecaucano Francisco Barberi Zamorano, con quien se la llevaba muy bien y quien finalmente la nombró gerente de una de sus firmas, Corredores de Seguros del Valle.

Al cumplir los 30 años le cambió la vida porque partió cobijas con su marido y decidió independizarse en el trabajo. Atraída por la culinaria, en un principio quiso hacer galletas pero una de sus cuñadas, Diana Zarzur, la convenció de escoger otro camino. "Usted, que se ha distinguido por vestirse bien. ¿por qué no hace cinturones?", le sugirió una tarde. Dicho y hecho. Al poco tiempo, Nancy fabricaba correas de cuero de becerro en el patio de la casa de su madre, a la que admira mucho. Pero luego se lanzó a experimentar con otro material: la piel de cocodrilo. "Fue todo un reto", dice, "pues se trataba de diseñar algo que ya tenía diseño".

El éxito de los cinturones fue instantáneo y a Nancy González no le quedó más remedio que abrir una tienda en Cali, a la que bautizó con el nombre de Encueros. La acogida no cesaba y dos años después abrió otros nueve almacenes en Bogotá, Barranquilla y Cartagena. La demanda crecía, aumentaba el número de compradores nacionales y extranjeros y fue justamente una clienta que le hacía pedidos por teléfono desde Nueva York quien la abrió la puerta de las grandes ligas. "Tú tienes que vender en Manhattan. Yo te puedo conseguir una cita con las directivas de Saks Fifth Avenue y de Neiman Marcus", le ofreció. Nancy fue más allá. "Yo lo que quiero es vender en Bergdorf Goodman", le contestó.

La clienta, lejos de dejar a Nancy con los crespos hechos, le consiguió entonces una cita con la presidenta de esa tienda, una de las más elegantes de la Quinta Avenida. Ese día la diseñadora colombiana estaba en Nueva York y sólo alcanzó a llevarle dos carteras que le encantaron a la empresaria. La presidenta de Bergdorf Goodman le pidió que no le mostrara los bolsos a nadie más y le preguntó cuándo tendría lista "la colección". Nancy González, que no se había soñado eso, se lanzó al agua y se comprometió a llevarle en dos semanas ocho carteras en cinco colores.

Quince días más tarde se produjo el segundo encuentro en Bergdorf Goodman, que fue determinante en su vida. Era mayo de 1998 y un grupo de directivos y especialistas de la tienda le solicitaron exclusividad en Manhattan, aprobaron el primer pedido para octubre y le dijeron que el nombre de ella debía ser la marca del producto. Consciente de lo que le había pasado, Nancy salió volando a donde Robert Ballantine, director creativo del Museo Metropolitano de Nueva York, para que le diseñara las etiquetas con su nombre y regresó a Colombia a cerrar sus almacenes para concentrarse en el mercado internacional.

No fue una mala idea. Sus bolsos se vendieron enseguida en Nueva York y las clientas, entre las cuales había varias celebridades, se enloquecieron con ellos. Antes de una Navidad, Oprah Winfrey llegó a comprar nada menos que 250 para regalar a sus amigas. Hoy, 11 años después de que Nancy González sacó a la venta su primera colección, sus carteras se exhiben junto a los de Yves Saint Laurent y Christian Dior y se consiguen en boutiques tan sofisticadas como Isetan en Tokio, 10 Corso Como en Milán y el Montaigne Market en París. Nancy diseña tres colecciones al año -150 modelos en total- y ha contratado asesores en Francia y Estados Unidos. El mes entrante se publicará un libro sobre su vida y su obra, escrito por Pamela Golbin, la curadora de Moda del Museo del Louvre.

No obstante el énfasis en el mercado externo, la fábrica principal de Nancy González se encuentra en Cali. De los 400 empleados, casi todas son madres cabeza de familia que pueden dejar a sus hijos en una guardería en el lugar de trabajo. ¿Y los ecologistas? ¿No se quejan por el uso de cuero de cocodrilo? Nancy afirma que no y sostiene que todas las pieles proceden de animales criados en sitios donde tienen más y mejores posibilidades de vivir y ser sacrificados cuando alcanzan cierto tamaño. "Cada cartera o cada llavero que produzco va con un certificado expedido en Suiza que dice a qué cuero pertenece", dice.

Aunque pasa temporadas en Nueva York, donde vive su hijo Santiago, Nancy viaja mucho con una libreta y un lápiz. Su mayor obsesión es que sus bolsos sean cómodos. Pero lo que más le gusta es la felicidad de quienes los compran. Lo dice claramente: "Yo sé que nadie necesita una cartera. Lo que me encanta es ver cómo un bolso mío hace sonreír a una mujer".
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