Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/06/13 00:00

Cuando Ernesto no era el Che

Una película galardonada en Cannes y patrocinada por Robert Redford recrea el épico viaje que partió en dos la vida del revolucionario más idolatrado de América Latina.

La historia del viaje es relatada en el libro 'Diarios de motocicleta' y en la película del mismo nombre protagonizada por Gael García y Rodrigo de la Serna.

El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, 'yo', no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Ese vagar sin rumbo por nuestra mayúscula América me ha cambiado más de lo que creí". Con estas palabras el Che Guevara explicó en su libro Notas de viaje una de las experiencias que más le cambió la vida. En diciembre de 1951 emprendió, junto con su amigo Alberto Granado, un viaje de 12.000 kilómetros en una destartalada moto por cinco países de Suramérica, desde Argentina hasta Venezuela. Los destinos de esos ocho meses de travesías fueron pueblos que ni siquiera figuraban en los mapas, un recorrido que los hizo conscientes de la difícil situación de esas naciones.

La odisea juvenil del ícono de la revolución cubana acaba de ser llevada al cine con el título Diarios de motocicleta. La película, dirigida por el brasileño Walter Salles y producida por el actor Robert Redford, recibió uno de los premios más importantes del Festival de Cannes. Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna dieron vida al Che y a Granado respectivamente, basados en los diarios de los viajeros. "La cinta muestra fielmente a dos hombres con inquietudes sociales y con ideales revolucionarios, aunque para entonces no lo eran. Fuimos a los sitios que ellos visitaron y nos dimos cuenta de que el problema de la miseria y las desigualdades permanecen como entonces y ese es uno de los mensajes de la película", dijo a SEMANA Alberto Granado Duque, hijo del compañero de travesía del Che.

Cuando empezó el viaje, Guevara no era el Che, era simplemente Ernesto, un estudiante de medicina de 23 años de origen burgués, aburrido de la facultad y de los exámenes. Alberto era seis años mayor, doctor en bioquímica, trabajaba en un hospital y estaba decepcionado por la frialdad con que se practicaba la medicina. El descontento unió a estos viejos amigos y por ello una tarde arrancaron desde Córdoba, Argentina, en la moto Norton de 500 centímetros cúbicos, bautizada La Poderosa II, armados con una carpa, dos bolsas de dormir, una parrilla y un arma calibre 38 de Ernesto. Pero lo que empezó como una aventura de rebeldes mochileros se convirtió en una experiencia reveladora. "Tres elementos han marcado mi vida: el primero, haber conocido a Ernesto; el segundo, este viaje y el tercero, haberme incorporado a la revolución cubana. Y todos se relacionan. Sin el viaje nunca hubiera tenido la medida justa de lo que era la explotación del campesino y el minero en Chile, la discriminación del indígena en Perú y la violencia de Colombia. Me enseñó que existía un mundo que había que mejorar", contó a esta publicación Granados, quien ya tiene 82 años.

El primer destino fue Miramar, un balneario donde pasaba vacaciones la novia de Ernesto, a la que llamaba cariñosamente Chichina. Así como le prometió a su madre que regresaría para terminar sus estudios le juró a su amada que volvería y como símbolo de su promesa le regaló un perro al que llamó Come back (en castellano, 'Vuelve'). Los frecuentes ataques de asma del futuro Che, las caídas de la moto que poco a poco se iba deteriorando, la falta de dinero y el hambre fueron constantes de su viaje. Ernesto y Alberto se mimetizaron en la miseria. Aprendieron a mendigar comida y refugio, que por lo general obtenían en estaciones de policía, hospitales o en el rancho de algún buen samaritano.

En Bariloche, Ernesto recibió uno de los golpes más duros del viaje: una carta de Chichina en la que le decía que ya no lo esperaría. A pesar de la tristeza, las cosas mejoraron un poco al llegar a Chile. Llegaron a Valdivia justo el día en que se celebraba el cuarto centenario de la ciudad. En medio de los festejos los jóvenes le dijeron a un periodista del periódico Austral que dedicaban su viaje al aniversario. Además relataron que habían trabajado con enfermos de lepra y que su objetivo era llegar a la Isla de Pascua para conocer su leprosorio. Al día siguiente el diario publicó un artículo inundado de exageraciones titulado: "Dos expertos argentinos en leprología recorren Suramérica en motocicleta". De pronto habían dejado de ser un par de vagos para convertirse en 'expertos'. Y como la fama los precedía les fue más fácil encontrar posada y en algunos lugares ser atendidos a cuerpo de rey.

En Santiago de Chile sobrevino otro duro golpe: los viajeros tuvieron que decirle adiós a la destartalada Poderosa, que no soportó más las inclemencias del viaje. De ahí en adelante fueron largos trechos a pie por parajes desérticos y entre la nieve. Fue entonces cuando hicieron su debut como polizones en el barco San Antonio. Ambos esperaron en el muelle hasta que en la madrugada lograron encerrarse en uno de los baños. "De ahí en adelante nuestra tarea se limitó a decir con voz gangosa 'no se puede' o 'está ocupado', en la media docena de oportunidades en que alguien se acercó", escribió el Che. Sin embargo, el hambre los motivó a presentarse ante el capitán, que les dio por trabajo pelar papas y limpiar las letrinas a cambio de comida.

El 14 de junio de 1952 Ernesto celebró su cumpleaños número 24 en un lugar poco convencional: el leprosorio de San Pablo, en el departamento de Loreto, Perú. Festejó con los enfermos con un partido de fútbol y una cena. Pero sin duda el momento más significativo fue la despedida con serenata. "Un acordeonista no tenía dedos en la mano derecha pero los reemplazaba por unos palitos que ataba a su muñeca. El cantor era ciego y casi todos con figuras mostruosas provocadas por la forma nerviosa de la enfermedad", relató Ernesto en una carta dirigida a su mamá. Como muestra de gratitud, los enfermos les arreglaron una balsa a la que llamaron Mambo-Tango para que continuaran su travesía por el río Amazonas. Con nostalgia se marcharon mientras escuchaban ya lejanos los cantos de sus nuevos amigos. "Ha pasado más de medio siglo y muchos lazos siguen intactos. Hace poco con motivo de la película viajé a ese lugar y algunos enfermos que entonces eran niños me reconocieron y abrazaron felices porque siempre los cuidamos con cariño, sin ningún prejuicio", cuenta Alberto.

Cuando llegaron a Leticia, Colombia, no les quedaba ni un centavo. Pero consiguieron un breve empleo como entrenadores del equipo de fútbol Independiente Sporting, que disputaba un campeonato relámpago. Después de haber sido cocineros y hasta bomberos voluntarios, el reto les pareció atractivo. El equipo llegó a la final y perdió por penales, pero ambos recibieron 40 pesos por su exitosa labor. "Alberto se ganó el apodo de Pedernerita y yo me atajé un penal que va a quedar para la historia de Leticia", escribió Ernesto. Sin embargo no todo fue bueno en Colombia pues en Bogotá los detuvieron tras argumentar que Ernesto había irrespetado a un policía. "Este país es el que tiene más suprimidas las garantías individuales. La policía patrulla las calles con fusil al hombro, es un clima tenso que hace adivinar una revuelta (...) El recuerdo del 9 de Abril pesa como plomo en todos los ánimos".

En Venezuela llegó la hora de cumplir la promesa de regresar a Buenos Aires para terminar los estudios. Como Alberto tenía posibilidades de conseguir un empleo en Caracas, también era el momento de decirse adiós. Antes de que Ernesto subiera al avión, los dos amigos se apretaron fuerte las manos. Sin decirlo, una nueva promesa había nacido entre ellos y desde entonces ninguno de los dos volvería a ser el mismo.

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