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| 4/12/2014 2:00:00 AM

Cuando los técnicos del fútbol son las estrellas

De ser personajes oscuros que nadie conocía, han pasado a ser estrellas capaces a veces de opacar a los futbolistas. Son los directores técnicos, verdaderas ‘vedettes’ dentro y fuera del estadio.

José Mourinho, Pep Guardiola, sir Alex Ferguson, Diego Simeone, Joachim Löw, Diego Maradona, Marcelo Bielsa, Johan Cruyff, Franz Beckenbauer, Francisco Maturana… Hoy en día es imposible imaginar la escena del fútbol mundial sin la omnipresencia de los directores técnicos de los grandes equipos de élite en los diarios y las pantallas de televisión e internet. Así triunfen o fracasen, sus declaraciones le dan la vuelta al mundo y compiten no solo en el terreno de las tácticas y las estrategias, sino que algunos de ellos también lo hacen en el de la moda masculina.

Sin embargo, esta es una tendencia relativamente reciente. Hubo un tiempo en que los directores técnicos eran unos personajes de muy bajo perfil que estaban sentados en un banco, y que las raras veces en que aparecían en la pantalla de televisión en una posición distinta era felicitando o consolando a algún jugador al terminar un partido. Casi nadie conocía sus nombres.

Ni siquiera grandes revolucionarios de las tácticas, como Herbert Chapman, director técnico del Arsenal de Londres en los años treinta, o Rinus Michels, inventor a finales de los sesenta del llamado fútbol total que deslumbró al mundo con el Ajax de Ámsterdam y con la selección holandesa (la Naranja Mecánica) a finales de los sesenta y a comienzos de los setenta, tuvieron la trascendencia y el despliegue mediático que puede lograr hoy cualquier director técnico medianamente destacado.

La historia se ha encargado, muy a posteriori, de enaltecer algunos nombres, como los de Vittorio Pozzo, bicampeón del Mundo con Italia en 1934 y 1938, o de Sepp Herberger, director técnico de Alemania Federal entre 1936 y 1964. A partir de los años sesenta los técnicos comenzaron a adquirir más notoriedad. Pero jamás vivieron estos tiempos en que las cámaras de televisión y los comentaristas están pendientes del eterno chicle de sir Alex Ferguson, de los foulards de José Mourinho, de los arrebatos de Joachim Löw, de las pataletas de Diego Maradona.

Tal vez el primer director técnico con estatus de estrella (al menos en el ámbito de América Latina) fue César Luis Menotti. Desde que asumió la dirección técnica de Argentina en 1974, y sobre todo después de ganar el mundial cuatro años más tarde, Menotti se hizo notar por su melena (que se volvió canosa en apenas cuatro años) y por su compulsivo vicio de fumador. Pero Menotti daba extensos reportajes muy reflexivos, escribía libros, opinaba sobre la dictadura y la democracia, y tenía un programa de televisión, El fútbol de Menotti, en el que explicaba sus ideas durante los entrenamientos de la selección argentina.

En los ochenta, las diferencias entre Menotti y Carlos Salvador Bilardo, su sucesor a partir de 1982 y campeón del mundo en 1986, dividieron a Argentina como si se tratara de Hitler contra Stalin. Y a partir de Menotti se hicieron cada vez más comunes los técnicos con discurso. Llegó la era de los filósofos, como Francisco Maturana, pero también de los grandes escritores, como Jorge Valdano. Y de técnicos que hablan más enredado que Habermas o Adorno, como el loco Marcelo Bielsa.

A mediados de aquella década también se volvieron moneda corriente los técnicos famosos por sus pintas. Uno de ellos, sin duda, el yugoslavo (hoy serbio) Velibor ‘Bora’ Milutinovi’, quien además de lograr la hazaña de dirigir a cinco selecciones nacionales diferentes en mundiales consecutivos (a México en 1986, a Costa Rica en 1990, a Estados Unidos en 1994, a Nigeria en 1998 y a China en 2002) se hacía notar por su vestimenta digna del dueño de un yate.

Lo mismo puede decirse de Héctor ‘el Bambino’ Veira y, en tiempos mucho más recientes, de Arsène Wenger, director técnico del Arsenal; de Pep Guardiola y de José Mourinho. Este último, además, genera toda clase de amores y de odios, y no pierde oportunidad de ser el centro de las noticias con sus comentarios polémicos y decisiones tan arriesgadas como, siendo técnico del Real Madrid, haber puesto en la banca a Iker Casillas, considerado el mejor arquero del mundo.

Pero tanto estrellato también tiene su lado malo. La prensa y los hinchas, estos últimos a través de las redes sociales, condenan de manera implacable sus decisiones. A los técnicos se les exige que sean adivinos y les caen con todo por no haber convocado a determinado jugador o por haber realizado un cambio que no dio los resultados esperados. En más de una ocasión el papel (y la responsabilidad) de los jugadores pasa a un segundo plano: “Real Madrid perdió por culpa de la terquedad de Mourinho”, “Wenger no supo leer el partido”.

Un caso muy particular se dio en las semanas previas al Mundial de Corea-Japón de 2002, cuando Luiz Felipe Scolari decidió no convocar a Romario. Medio Brasil se le vino encima, lo acusaban de burro, de ignorante. Por suerte para Brasil, Scolari se mantuvo en sus trece y salió campeón del mundo. Carlos Salvador Bilardo salió al Mundial de México de 1986 vilipendiado por la prensa y regresó con la Copa del Mundo como un héroe nacional. “Perdón, Bilardo”, se leía en enormes pancartas en las tribunas.

Así que, en estos tiempos, los directores técnicos más exitosos son figuras casi tan importantes como los primeros ministros o los presidentes, pero se exponen a toda clase de escrutinios y juicios por lo que deciden o dejan de hacer. Como les sucederá en estas semanas que faltan para el Mundial de 2014 a los técnicos de las selecciones favoritas, cuyo éxito o fracaso dependerá en gran parte del grupo de jugadores que escojan, o de las variantes que encuentren para reemplazar a los jugadores clave que no jugarán el torneo por estar lesionados. Unas por otras.
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