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| 6/28/1982 12:00:00 AM

DE "HIPPIE" A GODO

Y a godo importante.Es el "alter ego" de Alvaro Gómoz Hurtado.

Juan Diego Jaramillo, actual Sub-director de "El Siglo", descendiente de Maximiliano Grillo, el último de los radicales colombianos, es considerado por muchos, y a pesar de las naturales resistencias de los veteranos en la arena política, ideólogo del partido conservador.
Este joven, que apenas sobrepasa los 30 años, y que "pontifica" en los editoriales del matutino alvarista, tuvo en su temprana juventud veleidades de izquierda, producto más bien de una postura intelectualoide que de una clara conciencia de la lucha de clases, "No fui realmenTe de izquierda". No podía serlo, por probabilidad y estadística, por que fue formado en el seno de una familia conservadora, antioqueña y tradicional, terrateniente por más señas. Con el actual Superintendente de sociedades, Luis Alejandro Dávila, formaba en el colegio el dúo de "Los despechados", cabeza rapada en señal de protesta, consignas y frases de cajón.
Dueño de una mentalidad inquisitiva y de una inteligencia aguda sacaba de quicio al profesor de filosofía, que no aceptaba el ejercicio de la mayéutica socrática ni resistía el permanente cuestionamiento del insolente "cocacolito". El profesor, cuyo nombre se reserva, "un jesuita rígido e inflexible, frustrado, recién llegado de Lovaina, hizo conmigo un pacto vergonzoso para él: me propuso que si no volvía a clase me pasaba en la materia". Y así sucedió. Pero los extremos se juntan y las polaridades cambian: Jaramillo terminó militando en las filas del más ortodoxo conservatismo y el cura, hoy en uso de buen retiro, se convirtió en destacado ideólogo marxista.
Por una de esas ironías del destino llegó, sin buscarlo, a la posición que hoy ocupa. Interrumpió en 1971 su carrera de economía y viajó a París "a leer, a ver museos, a estudiar historia.. Me inscribí en la Sorbona, pero a la universidad la habíán destruído en mayo del 68; no había equilibrio académico, los profesores no iban a clase. No terminé". Medio "hippie" y medio estudiante, se fue un verano a trabajar en una finca en Gales.
Allí escribía cuentos y cartas, más bien ensayos cortos, a su amigo Mauricio quién se las leía a su papá, Alvaro Gómez. De Regreso a Colombia, para camuflar su desempleo y ganarse la vida, Jaramillo vendía huevos de casa en casa y pasaba largas noches de desvelo y vino haciendo artesanías con uno de sus también desorientados amigos. Pero un día de 1976, Alvaro Gómez, que trabajaba en la reapertura de "El siglo", encontró que en la plana de columnistas y colaboradores le hacía falta un humorista. Se acordó, entonces, del humor caústico que destilaban las cartas de Jaramillo y lo llamó a colaborar. "Comencé a escribir, pero resulté trascendental, aburridor, pesado, serio...si uno no es humorista acaba de sub-director" Los jueves maneja el periódico a control remoto es el día de salida de la muchacha y como su señora trabaja, él se hace cargo de su hija, a quien le cambia pañales y le suministra teteros y compotas sin un gramo de complejo o desgano.

CANSADO DE PERDER
Tildado como anti-belisarista es sinembargo, quien ha escrito los editoriales más belisaristas y afirma, más por disciplina de partido que por convicción, que "Belisario fue la forma política que adoptó la esperanza conservadora. El conservatismo está cansado de perder y la gente de mi generación está cansada de participar en un partido rotulado con la derrota " Por eso, y porque cree firmemente en el poder de las ideas y en la dialéctica de la máquina de escribir, porque sabe que su mayor capital es el dominio del oficio, se ha convertido en aguerrido polemista, recalcitrante muchas veces, en periodista político que busca el liderazgo de su partido en el gobierno y que acepta la unión, de dientes para afuera, con un escepticismo que no consigue disimular. No se siente político ni le gusta la práctica política de barrio y plaza pública, aunque las circunstancias lo llevaron a figurar y pronto empezará a ejercer como concejal de Bogotá. "En Colombia no se hace política. En lugar de exponer ideas para lograr adhesiones, los políticos dan recomendaciones para puestos", como lo corroboró hace poco cuando visitó, por primera vez, la que sería su oficina y en el cajón del deteriorado escritorio que le tocó en suerte encontró unos papeles para recomendaciones y el modelo para expedirlas.
Perfeccionista hasta la intransigencia, al borde de la pedantería y la autosuficiencia que excusa como timidez, ha terminado por tomarse demasiado en serio y no le tiembla la voz cuando critica acerbamente a la clase dirigente colombiana "corrompida, egoísta, no piensa sino en términos de su propio beneficio, no en interés del país" Y con pataleos de ahogado intenta salvar, porque pertenece a ella, a la clase política. "En un país con grave tendencia al abstencionismo, la poca participación que hay se le debe a la clase política que, mal que bien, sostiene la democracia" Lo negativo: la corrupción, el tráfico de influencias, el clientelismo institucionalizado... "puede cambiarse con mecanismos como la reforma administrativa", tesis cuya paternidad pelean tirios y troyanos.
Cayó en las garras de la política, aunque su más íntima vocación es la historia, como lo demostrará con la publicación de la obra "Bolívar y Canning", que próximamente saldrá al mercado editada por el Banco de la República. Y hay rumores de que su nombre ha sido propuesto para ser aceptado como miembro correspondiente de la Academia de Historia y de la Sociedad Bolivariana.
Aristócrata en sus actitudes, en sus nostalgias prematuras, hay un ideal romántico en su vida, algo de ese romanticismo agrario decadente consagrado en la novela de Isaacs. Porque la tierra, el campo, donde transcurrió la primera parte de su vida, lo marcó definitivamente. Aspira a terminar sus días, retirado del mundanal ruido escribiendo como Jiménez de Quesada escribió sus "Ratos de Suesca". Pero eso sí, no sin antes lograr su máxima ambición: "Ser presidente e la República como cualquier colombiano que se respete"
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