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| 7/8/1985 12:00:00 AM

DE TECLA EN TECLA

Pudo haber sido pianista... o chef de cocina, pero se decidió por los computadores.

Cuando hace ya varios años ingresó a estudiar economía en la Universidad de los Andes, Gabriel Cuéllar, 33 años nunca penso que el futuro le depararía insospechables sorpresas y que el previsible puesto para iniciarse en las lides del trabajo no sería precisamente Planeación Nacional. No sólo no terminó la carrera, de la que apenas si cursó un año, sino que se fue para Inglaterra a hacer un curso de algo que nadie en su familia había soñado: hotelería. Pero tampoco en este terreno iba a encontrar su caldo de cultivo, aunque sí fue practicando lo que había aprendido en materia gastronómica lo cual le permitió, a su regreso a Bogotá, tener sus primeras entradas.
No precisamente por estar en la olla, con una inversión de 400 mil pesos inauguró en 1974 un restaurante "La Cacerola". Allí, en medio de ollas, sartenes, platos, cubiertos, especies y viandas, alternaba la cocina con la música, una afición heredada de sus padres. Miembro de una familia de 8 hermanos, en el pasado habian conformado un conjunto, papá incluido, dentro del cual él era el virtuoso del piano. Siguiendo la nota, en "La Cacerola" todas las noches, durante los tres años que estuvo funcionando, los visitantes del restaurante podían disfrutar de unos ratos de jazz, escuchando el conjunto en el que Cuellar tocaba el piano.
No satisfecho con estas actividades, Cuéllar resolvió volver a la Universidad. Esta vez fueron las matemáticas la mira de su elección, y adelantando estos estudios durante dos años y medio, sintió el "golpe de gracia". Dentro de las materias que veía, la programación de computadores lo sedujo desde el comienzo. Viajó a Los Angeles a estudiar ingeniería de sistemas, el campo donde hoy es más conocido allá que en Colombia. "Desde el primer año, apenas empecé, cuenta Cuéllar, me contactó un editor de la Prentice Hall para que escribiera un libro. Me oyó hablar durante una convención de computadores en la que yo apenas era un asistente más". Sorprendido por la oferta, no sólo por el hecho de que no era gringo, sino por la sencilla razón de que nunca había escrito algo así, Cuéllar resolvió, sin embargo, aceptar el reto de escribir el primer libro sobre programación en microcomputadores. El comienzo fue duro: le mandó al editor la tabla de contenidos del libro, pero los capítulos no salían. El editor, tal vez pensando que "la cuestión es con dinero", como dice la canción, lo llamó para hacerle un contrato y le hizo un adelanto de 10 mil dólares. "Entonces arranqué", dice Cuéllar "El comienzo fue durísimo, pero después como de un año, salió el primer libro: "Fancy Programming. In Apple Soft" con cuya carátula fui el primero en sorprenderme: una mano enguantada sostiene una bandeja con fondo de lechuga y encima una manzana dorada. Era como si el diseñador hubiera sabido algo de mi experiencia en restaurantes". Después fueron saliendo otros más, seis en total, que le han valido comentarios elogiosos en revistas especializadas. Con respecto al primero, apareció en la revista Incider una reseña que entre otras cosas, decía: "Este puede ser descrito como el registro del apasionado romance del autor con un Apple. (...). La palabra clave que puede aplicarse al material en este libro es "accesible". A pesar de errores menores de imprenta y aunque ocasionalmente es evidente que el inglés no es la lengua nativa del autor, en general el contenido puede compararse en claridad con cualquiera de los que he leído en niveles técnicos similares".
Escribiendo libros sobre programación en microcomputadores, Cuellar parece haber encontrado no sólo la forma de vivir holgadamente -sus entradas promedio están por los 40 mil dólares anuales-, sino de desarrollar la creatividad que desde muy joven aplicaba a la música. Acredita composiciones para jazz, jingles y música para dos películas, " Reencuentro" de Jorge Sáenz, y "Préstame tu marido", de Julio Lizardo. Pero aunque sus dedos durante los ultimos cuatro años han estado más sobre las teclas de los tableros de computación que sobre las de un piano, no ha dejado de pensar en notas y tiene en mente la idea de utilizar técnicas de gráficas para hacer música, lo mismo que para aplicarlas a películas de animación.
Así, este colombiano, a quien en varias oportunidades lo han tentado para importarlo como cerebro fugado, ha hecho de la programación en computadores su mina de plata. Tiene el convecimiento de que en este momento el reto está en el software:
"Para cualquier nación, afirma, si logra un software bueno, si logra desarrollar programas, puede generar una industria altamente competitiva. Fíjese que en los Estados Unidos, no más, la industria del Software registró este año 100 mil millones de dólares. Lo importante es el talento, la imaginación y mucha información". Indudablemente es lo que tiene Cuéllar, quien ahora trabaja en el diseño de programas para los computadores personales IBM. Como decía alguien que lo conoce, "Cuéllar es un tebas del software y tiene la habilidad de saber con anticipación lo que en un tiempo necesita el mercado. Pero es un caso típico del que no es profeta en su tierra".
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