Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1987/09/28 00:00

DERECHO Y HUMANO

Héctor Abad Gómez un hombre que dedicó su vida a defender la de los demás

DERECHO Y HUMANO

Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde del martes 25 de agosto, cuando Héctor Abad Gómez dio por terminado su día de trabajo. Esa tarde había releído un memorando de los habitantes del barrio Villa Guadalupe, al que había visitado unos días antes en su campaña de precandidato a la Alcaldía de Medellín. Su consultorio, después de haberse jubilado como profesor de la Universidad de Antioquia, se había convertido en la sede de su campaña y en la del Comité de Defensa de los Derechos Humanos. A esa hora llegó allí Leonardo Betancur, antiguo discípulo suyo, también profesor de Salud Pública y uno de sus colaboradores en la causa de los Derechos Humanos. En ese instante los dos pusieron en un comunicado las que serían las últimas firmas de su vida. El documento, que debían firmar los otros integrantes del Comité y en el que se denunciaban los últimos hechos de violencia, quedó sobre el escritorio de Abad, junto al libro de los "violentólogos", que ya llevaba por la mitad. Los dos médicos decidieron entonces caminar dos cuadras y media hasta la sede de la Asociación de Institutores de Antioquia, Adida,en donde se velaba el cadáver de su presidente Luis Felipe Vélez, asesinado allí mismo en la mañana de ese martes sucio.
Abad y Betancur llegaron a la casa de Adida y como el cadáver del dirigente del magisterio lo habían llevado al Coliseo de Medellín, se demoraron allí sólo unos minutos y volvieron a salir a la calle. En ese instante dos jóvenes que, según testigos llevaban varias horas rondando por el lugar, se bajaron de una moto y comenzaron a disparar contra los dos médicos.
Mientras Abad caía instantáneamente, Betancur pudo reaccionar y, herido, entró a refugiarse a la sede de los maestros pero hasta allí fue perseguido y rematado por los sicarios, quienes en la huída "rociaron" con metralleta el lugar e hirieron a dos transeúntes.
Una hora después, cuando los noticieros de televisión registraban los tres asesinatos ocurridos en el mismo sitio con once horas de diferencia la opinión aparentemente endurecida con los muertos diarios, se conmovió con la imagen de archivo de una de las víctimas: un señor de saco y corbata, de aspecto bonachón, con una pancarta en la mano, que desfilaba como cualquier joven universitario en una marcha por el respeto a la vida, realizada en Medellín el 19 de agosto.
Pero su figura venerable no fue lo único que impactó al país. Sus palabras, desprovistas de cualquier tinte político, que proclamaban "el derecho a la alegría, a la felicidad y a esa maravilla que es la vida humana", dejaban la sensación de que no se trataba de un muerto más.
Y no era sólo una sensación. Su figura y sus palabras eran la síntesis de una persona que por su profesión de médico, su vocación por la investigación científica, su ausencia de fanatismo, su ponderación y su vida dedicada a la defensa de la vida desde todos estos ángulos, lo habían convertido en un símbolo de bondad para los antioqueños y para quienes lo conocían en Colombia. No había huelga, paro cívico, protesta estudiantil, tomas de iglesias o de oficinas públicas en la que Héctor Abad no fuera llamado como árbitro de las partes (derechas o izquierdas), ya que era un ciudadano por encima de toda sospecha. Este reconocimiento y la credibilidad que inspiraba en todos los sectores, lo alejaban muchos kilómetros de la posibilidad de caer víctima de la "guerra sucia" desatada en Colombia (ver artículo principal).
Amigo íntimo de todas las causas que significaran libertad y vida, era un liberal rancio, miembro del numeroso clan de los Abad que pobló el suroeste de Antioquia. Había nacido en diciembre de 1921 en Jericó, una de las poblaciones de esa zona cafetera, y su mayor anhelo, más que ser el candidato a la Alcaldía por el Directorio Liberal de Guerra Serna, era llegar con vida al año 2000 "Me estoy sintiendo tan bien que creo que voy a aguantar hasta el 2000 y con buena salud", le dijo el domingo antes de su muerte a su esposa Cecilia.
Después de terminar bachillerato, Abad se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia y desde su graduación en 1946 se dedicó a hacer cosas: atender su consultorio personal, hacer estudios de posgrado en varias universidades norteamericanas, organizar la Escuela de Salud Pública de Medellín, desarrollar campañas de prevención y dotar de servicios públicos a las zonas marginadas. Como liberal de avanzada no escapó a la tentación del MRL y bajo estas banderas llegó a la Cámara de Representantes.
Sus grados, posgrados, investigaciones, los libros que escribió, los tres idiomas que dominaba y su posición social, no lo distanciaban de la gente. "Era amigo de medio Medellín", lo definió un colega y esto lo había logrado por la espontaneidad y dulzura con que trataba a Raimundo y todo el mundo. Su entierro, por su significado y multitud, no lo olvidará Medellín. Sin embargo, "por medidas de seguridad ", no se hicieron presentes representantes del gobierno.
El sentimiento de rabia e impotencia que se manifestó en el entierro por parte de una ciudadanía nerviosa y aterrada, fue un pálido reflejo al dolor que causó el asesinato en su familia. Si Abad Gómez era "el querido doctor Abad" para muchos, un "Tipo chévere" para sus amigos, en su familia era lo que se dice un "bacán". 37 años de matrimonio con Cecilia Faciolince, seis hijos y nueve nietos lo convirtieron en un típico patriarca antioqueño, aunque con rasgos múy peculiares. Al contrario de lo que sucede con la mayoría de los papás que frenan a sus hijos para que no asistan a manifestaciones, en su caso eran los hijos los que le pedían que no fuera a ellas. "No se perdía ninguna manifestación que se hiciera por las causas en las que creía", recuerda su hijo.
Su "bacanería" no se vestía de bluyín y camiseta, sino de riguroso traje entero, con la ritual excepción de los fines de semana en su finca de Rionegro. No "capaba" sábados y domingos para meterse en su cultivo de rosas, que era, después de los Derechos Humanos, su mayor goma.
No era un cultivador tradicional, sino un verdadero experimentador que cruzaba todo tipo de especies para lograr injertos de los que se ufanaba. "Todos los lunes llegaba a la oficina con rosas", dice una secretaria.
Pero su "bacanería" sí se vestía de Papa Noel todos los 24 de diciembre. Partidario de la natilla y el buñuelo, aunque poco amigo del licor ("se tomaba dos aguardientes en toda la noche, pero los saboreaba mucho"), Abad era de los que disfrutaban los diciembre por él, por sus hijos y por sus nietos. Por eso el disfraz de Papá Noel constituía el acto central de la nochebuena de los Abad Faciolince, cuando el médico hacía su entrada por el corredor de la finca cargado de regalos.
Ni en esas festividades ni en los fines de semana, se sentía liberado de su responsabilidad de defender la vida. El domingo antes de su muerte tuvo que dejar pendiente un injerto de rosas, para irse a Marinilla al entierro de un dirigente conservador que había sido asesinado. Su apostolado no tenia horario ni fecha en el calendario. "Podían ser las tres de la mañana y si lo llamaban para que sirviera de mediador en algún problema, allá iba". Con la única autoridad del respeto que le tenían y de la credibilidad que inspiraba, Abad llegaba a los sitios más lejanos de Antioquia a donde era llamado.
A pesar de ese permanente contacto con la violencia, nunca pareció temer por su propia vida. Cuando el lunes antes de su muerte le dijeron que su nombre estaba en una de las listas negras, sacó a relucir su tranquilidad y su humor negro: "No sabía que estaba en ellas, pero me siento muy honrado de estar al lado de personalidades tan distinguidas". Esta frase la soltó como soltaba cualquiera de sus carcajadas habituales, pero su preocupación por las muertes cotidianas era de fondo: manifestaba su dolor por los asesinatos de cualquier procedencia y llegaba hasta preguntarse por el tipo de sociedad que se estaba dando en Colombia. En una de sus últimas columnas para el periódico El Mundo (del que era colaborador, al igual que de El Tiempo), reflexionaba sobre el fenómeno de la violencia: "Uno se pregunta: ¿Qué está pasando en Colombia? ¿Qué podemos hacer para detener esta ola de sangre? ¿Quiénes están detrás de estos numerosísimos crímenes? Porque hay gente, personas, seres humanos que los conciben, los planean, los pagan, los mandan ejecutar. Son personas de carne y hueso, probablemente colombianos como nosotros, en uso de razón, plenamente conscientes de lo que hacen. Que seguramente lo hacen convencidos de que lo deben hacer, de que están ejecutando un deber, de que están haciendo un 'bien'. A veces me preguntó a quienes debemos compadecer más, si a los que caen muertos por estos 'bienhechores' de la sociedad o a los pobres y equivocados criminales y asesinos, que se creen a sí mismos 'bienhechores'.
Y fue uno de esos "bienhechores" quien le disparó a quemarropa certeramente, como el mismo Abad, como médico, había observado aterrado en conversaciones privadas: "los sicarios parecen saber cuáles son las partes vitales del cuerpo, para apuntar a ellas y no fallar nunca". Y con él tampoco fallaron. Una bala en el corazón y otra en la cabeza acabaron con la vida de este defensor de vidas, que nunca cargó un arma y que representaba tanto para la sociedad que, como dijo un paisa costernado, "es como si nos hubieran matado al abuelito de todos nosotros".

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