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| 6/27/1988 12:00:00 AM

"DETESTO ACABAR LAS COSAS"

ARTHUR MILLER:ENTREVISTA

Hace tres semanas, cuando se encontraba en Londres dirigiendo el montaje de su reciente pieza "Dangar Memory", el dramaturgo norteamericano Arthur Miller concedio su más reciente entrevista a la revista italiana Panorama. A sus 72 años, Miller habla sobre su obra, sobre el trato que le ha dado la crítica norteamericana y sobre su vida familiar. Por considerarlo de interés para sus lectores, SEMANA reproduce a continuación el diálogo con el autor de "La muerte de un agente viajero", quien acaba de publicar su polémica autobiografía.
PREGUNTA: Usted ha envejecido bien: es más, en un cierto sentido todavía debe envejecer, en su libro dice que nunca logra estar realmente consciente de tener la edad que tiene. En todo caso, su autobiografia cuenta una historia con final feliz ¿no le parece?
ARTHUR MILLER: En cierto modo, sí. No lo tenía programado, pero al final resultó así. Debe ser porque mientras esté vivo, estoy feliz.
P.: ¿Pero siempre fue feliz?
A.M.: Ah, no, no. Pero ahora sí, creo que me gozo más la vida... por alguna razón.
P.: Ha tenido la fortuna de vivir lo suficiente para ver la solución de ciertos problemas. ¿Ha seguido alguna táctica? ¿Se ha mantenido en forma mientras esperaba?
A.M.: Ah, no. Por fortuna he tenido buena salud. Nunca he tenido ganas de fumar demasiado... siempre preferí evitar las cosas que me hacían sentir mal.
P.: Y dedicarse mejor a trabajos manuales. ¿Ha vuelto a trabajar en carpintería?
A.M.: Claro. Además, apenas regreso a casa me dedico a la jardinería. Tengo una linda huerta... creo que estas actividades me han ayudado a no volverme loco.
P.: ¿Usted no escribe con regularidad?
A.M.: Escribo mucho más de lo que se cree, pero descarto muchísimo. Tal vez las cosas que no me gustan no las boto, pero no las publico. Siempre me parece que estoy en un corredor muy largo. Abro las puertas, miro lo que hay adentro. Después las cierro. En este momento, sobre mi escritorio en Connecticut hay una comedia que empecé a escribir hace ocho años. Y todavía no la he terminado. Me cuesta siempre trabajo decidir un final. Lo busco y mientras tanto estoy bloqueado. Sucede también que detesto acabar las cosas.
P.: En efecto, algunos de sus trabajos comienzan por el final, y luego van hacia atrás.
A.M.: Es cierto. Si no sé cómo acaba, no estoy realmente listo para contarla. Asi continúo buscando el final de las historias. Y es difícil encontrar una solución satisfactoria a cualquier experiencia humana. No existe.
P.: ¿Por qué decidió dedicarse al teatro?
A.M.: Más por instinto que por un decisión racional. Racionalmente habría habido justificaciones, porque en los años 30 el teatro era una de la formas más revolucionarias en New York. Era muy excitante, había todo un teatro nuevo y radical, lleno de empeño social. Pero además hay otra razón. Para mí, el comediógrafo es como un actor frustrado, un actor que por alguna razón no quiere ser actor, y entonces se pone a actuar en muchos papeles con distintos nombres.
P.: En sus comienzos usted escribió muchas comedias radiofónicas. ¿Le pareció un buen ejercicio?
A.M.: Había límites muy rígidos. Un texto tenía que durar por ejemplo media hora exacta, o 28 minutos. Ni un segundo más. Yo escribí varias docenas para vivir. Los argumentos eran ridículos, pero aprendí a contar una historia en forma económica.
P.: Si usted fuera un joven escrito que debuta hoy, ¿cree que se dedicaría otra vez a escribir para el teatro 7
A.M.: Lo dudo mucho. El teatro en New York está en tales dificultades que se ha vuelto prácticamente imposible. Probablemente hoy sería novelista. E] desperdicio de material y de personas que se ve hoy en los escenarios neoyorquinos es intolerable. Desperdicio y estupidez siempre han existido, pero nunca en estas proporciones. Yo llevo 30 años protestando, que digo que el teatro se va a morir, que perderemos al público, por muchas razones... una de las causas es nuestra avidez, todos nos queríamos enriquecer rápidamente, y así hicimos subir los precios a las estrellas... hasta que hoy día, una persona normal, digamos un profesional no rico, simplemente no se puede permitir ir al teatro. Cuesta demasiado. Y no se puede administrar un teatro excluyendo a la gente normal. Se convierte en una atracción para turistas y para gente rica. Ya no es una situación interesante para un escritor. Y hemos llegado al punto en que los empresarios no aguantan ni siquiera ellos mismos. Se ven en la necesidad de unirse dos o tres para montar un espectáculo. Se necesitan millones de dólares. Tal vez el teatro logrará sobrevivir a pesar de todo, pero a costa de transformarse. ¿Cómo?, no lo sé; no hay duda de todas formas de que se trata de una forma de comunicación humana, fundamentalmente tan simple, que por fuerza tendrá que regresar.
P.: ¿Usted se mantiene actualizado? ¿Lee mucho?
A.M.: Leo mucho, y mucha literatura contemporánea. A teatro nunca he ido mucho. Usted sabe. Yo no soy un crítico. Soy un escritor, voy a ver sólo aquello que creo me puede interesar realmente.
P.: ¿Qué piensa de los críticos?
A.M.: Esta es la gran época de la crítica. Se reseña todo: los restaurantes, los discos, los automóviles, los zapateros. Los críticos son una gran fuerza en el mundo no sólo de las artes, sino también de los negocios. Hay que aceptar que las cosas están así. Al menos yo pediría que hubiera un poco de debate entre los críticos no como en el teatro de New York, una ciudad en la que habiendo quedado sólo un diario importante, la opinión de una sola persona ha tomado una fuerza absurda. No reduzco la cosa a una cuestión de calidad, el crítico del New York Times podría ser un genio, pero es inmoral que la gente no pueda oír otras campanas. Yo personalmente, nunca he aprendido nada de un crítico pero ellos no están ahí para enseriar nada. Deberían representar un poco la conciencia del público. Hoy los críticos son frecuentemente académicos, vienen de las universidades, y muchas veces son autores fallidos. Una mala combinación.
P.: Hablando de historias sin fin, en el libro cuenta aquella de una película que nunca se hizo... Pero no cuenta que después la película sí fue realizada, y por el mismo director con quien la había preparado, pero sin usted: "Frente al puerto".
A.M.: Pero yo no tuve nada que ver con "Frente al puerto". No sé ni siquiera en qué momento Kazan decidió seguir adelante y hacer una película sobre las condiciones de los trabajadores del puerto en New York, es decir, sobre el ambiente que habíamos estudiado tantas veces juntos. Lo único que sé es que la película decía exactamente lo contrario que yo quería decir.
P.: ¿En el sentido en que Kazan exalta el personaje que denuncia a los explotadores, exactamente como él había denunciado a los colegas, delante de la comisión para las actividades anti-americanas?
A.M.: Precisamente. Pero como digo en el libro, no le tuve rencor aunque nuestras relaciones cambiaron. De todas maneras, después trabajamos juntos.
P.: A propósito de aquella comisión. Usted cita una anécdota increíble: que, según los investigadores, el juicio severo que usted expresó con respecto a las transmisiones de Ezra Pound durante la guerra, demostraban su filomarxismo y su antidemocracia. Cuenta además que escuchó una de estas transmisiones. ¿Qué efecto le hacían?
A.M.: Aterrador. Y le voy a decir por qué. Yo conocía la reputación de escritor de Pound, conocía también alguna de sus poesias... en América nadie escucha las transmisiones que vienen desde muy lejos, además en aquella época muy pocos contaban con aparatos lo suficientemente potentes. Yo tenía uno por casualidad, y cuando se oyó esa voz, pensé en ese momento que alguien estaba imitando a un americano, pero la imitación era demasiado perfecta. Ese señor hablaba con calma de la necesidad de destruír a todos los hebreos, y también a todos los hombres de izquierda, a los liberales. En ese momento pensé que tal vez fuera una broma, un número de night club. Después me di cuenta de que no era ninguna broma. Al final una voz dijo: "Este era Ezra Pound que les hablaba desde Roma". Me sentí como si me hubieran apuñalado por la espalda. No podía creer que un ser humano hiciera una cosa así... en ese momento yo no estaba enterado de su vida privada, no sabía que estaba un poco loco, mejor dicho, más que un poco...
P.: ¿Cómo es que en el libro, usted no habla de sus hijos? ¿Hay alguna razón, son malas sus relaciones con ellos?
A.M.: No, para nada. He estado siempre muy cerca de mis hijos. Quería hablar de ellos hacia el final del libro, pero después el material era demasiado y se quedaron por fuera. Tal vez para un segundo volumen. Tengo una hija de 43 años y un hijo de 41... y con Inge una hija de 25, pintora con talento hasta ayer, hoy actriz. Está actuando en "El Jardín de los cerezos" en Nueva York, en el espectáculo de Peter Brook, quien la escogió sin saber que era mi hija.
P.: Sea comprensivo por un momento... ¿cómo hago para no preguntarle por Marilyn Monroe?
A.M.: Hágalo. Pero lo que tenía que decir, ya lo dije en el libro.
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