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| 6/2/2012 12:00:00 AM

Dios salve a la reina Isabel II

Pese a la imagen arcaica de la monarquía, Isabel II cumple 60 años en el trono como una de las figuras más populares del Reino Unido.

Isabel II no estaba destinada a reinar. Cuando nació el 21 de abril de 1926, en una casa del centro de Londres, Elizabeth Alexandra Mary era la tercera en la línea de sucesión al trono. Aún con el apellido Windsor a cuestas, sus posibilidades de llegar al poder eran muy lejanas. Pero el rumbo de su vida cambió la noche en que su tío Eduardo VIII abdicó para casarse con su amante Wallis Simpson y su papá automáticamente se convirtió en el rey Jorge VI. A partir de entonces, y con apenas 10 años, la pequeña Lilibeth, como la llamaban, se volvió la heredera directa de la corona británica.

Pero cuando su padre murió, el 6 de febrero de 1952, y ella asumió las riendas del Imperio Británico, pronto demostró que su ascenso no había sido una mera casualidad. Hoy Isabel no solo es la monarca más longeva de la historia, sino la segunda que más tiempo ha durado en ese cargo, después de su tatarabuela, la reina Victoria. Paradójicamente, su nombre es sinónimo de estabilidad en un mundo cambiante del que ha sido testigo excepcional durante los últimos 60 años. Porque, desde que la designaron jefe de Estado de una de las naciones más poderosas del planeta, desapareció el Imperio tras la Segunda Guerra Mundial, cayó el muro de Berlín, el hombre llegó a la Luna y Al Qaeda derribó las Torres Gemelas.

Esa habilidad para preservar una institución que, de puertas para afuera, es percibida como anacrónica y pasada de moda le ha merecido incontables elogios. Y aunque algunos no entienden cómo la soberana sigue siendo tan venerada en pleno siglo XXI, lo cierto es que cada vez que hay alguna efeméride los británicos son los primeros de la fila en celebrar. Prueba de ello son los suntuosos homenajes que han venido realizando todo el año por el Jubileo de Diamante, que será conmemorado oficialmente esta semana en un desfile con 1.000 embarcaciones a lo largo del río Támesis, fiestas en las calles y un gran concierto en el monumento a la reina Victoria.

"Los británicos saben que la reina no tiene poder, que es solo una figura decorativa -dijo a SEMANA Gyles Brandreth, experto en realeza y autor de varios libros sobre la monarquía-. Pero a diferencia de los políticos, la respetan porque durante años ha cumplido sus deberes constitucionales al pie de la letra y sin quejarse". Hasta su forma de actuar en público es imperturbable, pues rara vez deja asomar un gesto de emoción y jamás se le arruina el peinado cuando asiste a eventos al aire libre. Sus asesores cuidan cada detalle de su apariencia de viejita encantadora e inofensiva, que poco a poco se ha instalado en el imaginario colectivo.

Algunos, sin embargo, todavía la recuerdan como la joven de 25 años que ascendió al trono mientras dormía en una cabaña construida sobre la copa de un árbol. El día en que su papá murió de un cáncer de pulmón, Isabel se encontraba en una reserva natural de Kenia, como parte de una gira que había emprendido por los países de la Mancomunidad Británica de Naciones. Cuando su esposo, el incondicional Felipe de Edimburgo, le comunicó la noticia, la princesa regresó de inmediato a Londres para asumir los deberes de su progenitor.

La labor, como es de esperarse, no siempre ha resultado fácil. Por ejemplo, 1992 será recordado como el annus horribilis de su familia: tres de sus cuatro hijos se divorciaron y el emblemático castillo de Windsor casi acaba hecho cenizas por cuenta de un incendio. Los libros, películas y documentales que se han hecho sobre su vida también incluyen entre sus episodios más amargos la forma fría y distante como afrontó la muerte de su nuera Lady Di, en 1997. En esa ocasión, la reina tardó más de lo esperado en ofrecer sus condolencias y el pueblo enseguida le reprochó su falta de sensibilidad.

El debate sobre el dinero que recibe del bolsillo de los contribuyentes tampoco ha estado exento de polémica. Desde que sus súbditos se negaron a correr con los millonarios arreglos del castillo de Windsor, la reina se comprometió a pagar impuestos como cualquier mortal. En 2010, en medio de la recesión económica de Europa, se vio obligada a apretarse el cinturón y reducir su presupuesto anual de 62 a 57 millones de dólares. Aún así, documentos oficiales demuestran que su majestad, cuya fortuna personal se estima en 450 millones de dólares, es experta en despilfarrar la plata en empleos inoficiosos como una 'amansadora' de zapatos, un cuidador de cisnes o un gaitero que toca en su ventana todas las mañanas.

La oportunidad de oro para redimirse ocurrió hace un año con la boda de su nieto el príncipe William y la hermosa plebeya Kate Middleton. Casi todos los comentaristas reales coinciden en que el matrimonio refrescó la imagen anticuada de la corona al acercarla a las nuevas generaciones y volverla la comidilla de la prensa internacional. Quizás por eso hoy las encuestas que miden su popularidad arrojan tan buenos resultados. Según un sondeo realizado por el diario The Guardian en días pasados, el 69 por ciento de los británicos cree que el país estaría peor si no existiera la monarquía.

Si los antecedentes se cumplen e Isabel II llega hasta los 101 años, la edad que tenía su madre cuando falleció, superaría el récord de su tatarabuela como la soberana que más tiempo ha reinado. Y aunque en sus discursos se enorgullece de haber dedicado toda su existencia a servir a los demás, alguna vez dijo que, en lugar de la pompa y el protocolo, le habría gustado vivir simplemente como una mujer de campo, rodeada de muchos perros y de sus adorados caballos.
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