Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 4/8/1985 12:00:00 AM

DOS ALFILES Y UNA DAMA

Con Isolina, Javier Norberto y Carlos Andrés, los colombianos se apasionan por el ajedrez infantil

"El fenómeno no son ellos --dice a SEMANA el gran maestro Alonso Zapata--: si hay un fenómeno, es más bien de propaganda". Zapata sabe por experiencia propia que en Colombia no se le ha dado nunca mucha publicidad al juego del ajedrez. Y sin embargo en las últimas semanas tres ajedrecistas copan tanta prensa como si fueran precandidatos liberales: Isolina Majul, Javier Norberto García y Carlos Andrés Perdomo. La razón es que tienen once, diez, y nueve años, y los tres son ya campeones juveniles de ajedrez en sus respectivas ligas regionales (Atlántico, Bogotá y Meta).
Isolina, morena y pálida, delgada y triste, es además campeona nacional juvenil y prejuvenil femenina. Javier Norberto, silencioso y serio, ha sido por dos años consecutivos campeón distrital infantil y ocupa el quinto lugar en el campeonato nacional prejuvenil. Carlos Andrés, el menor de los tres, es también el más extrovertido y ambicioso: no contento con ser el mejor infantil clasificado en el Nacional Pre-juvenil, anuncia su intención de ser campeón mundial infantil a los once años, juvenil a los catorce y de mayores a los veinte, "para darle a Colombia ese récord de ser el campeón más joven de la historia".
La verdad es que, tratándose del ajedrez, el caso de estos tres niños no es nada extraordinario: todos los grandes campeones han empezado a jugarlo desde la más tierna infancia. Lo que verdaderamente resulta excepcional es, como señala Zapata, "su situacián económica, porque en nuestro medio hasta ahora no se ha popularizado el ajedrez". El padre de Javier Norberto, Luis Antonio Garcia, es técnico electricista sin empleo fijo, y su madre es obrera en la fábrica Panam. El padre de Isolina, Jorge Majul, trabaja como mesero en un restaurante de Barranquilla donde no tiene salario fijo, sino que vive de las propinas. Ha sido indocumentado en Venezuela, polizón a Nueva York en un buque de la Grace Line, encargado de la limpieza de un salón de ajedrez, y hasta hace una semana sólo podía mantener a su familia en un cuarto de diez metros cuadrados, sin ventilación, compartiendo los servicios sanitarios con todos los vecinos. Sólo Carlos Andrés viene de una familia sin grandes problemas económicos, que vive en una finca en los alrededores de Alto Cumaral (Meta). En cambio, a diferencia de los otros dos, no va a la escuela: su padre, Alvaro Perdomo, le da clases en la casa.
También en eso coinciden los tres jóvenes ajedrecistas: a jugar les enseñaron sus respectivos padres. A Carlos Andrés Perdomo lo sentó su papá frente a un tablero cuando tenía seis años y medio, para descubrir asombrado que al cabo de pocos meses el niño le daba mate a él y a todos sus amigos. A Javier Norberto lo llevó su padre un día a la Liga de Ajedrez de Bogotá porque "andaba como mal en el colegio" (el Instituto Técnico Distrital Francisco José de Caldas, donde cursa actualmente primero de bachillerato) y "la bondad del ajedrez es la facilidad que se adquiere para ejercitar la mente", como le constaba a él por haber aprendido el juego, de joven, en la "Biblioteca Básica del Campesino".
Y en el caso de Isolina el hecho se repite: su padre, Jorge Majul, tiene la obsesión de enseñar el ajedrez. Fue profesor de dos de sus cuñados, que llegaron a ser campeones departamentales. Cuando vivía en Cartagena, en el antiguo mercado de Bazurto, veía jugar damas a los vendedores de ñame, y decidió que estaban perdiendo el tiempo. De modo que les enseñó ajedrez, y al poco tiempo el mercado parecía la sede de la liga departamental: le pusieron el nombre de "Club de Ajedrez del Ñame". A su hija Isolina empezó a llevarla a un salón de ajedrez a los cuatro años, y en vista del entusiasmo de la niña resolvió dedicarle todo su tiempo. Hoy Isolina consagra al juego seis horas diarias, al tiempo que hace primero de bachillerato --becada-- en el colegio María Inmaculada, y su padre le tiene el cuarto lleno de cartelones admonitorios: "El ajedrecista juicioso tiene especial cuidado respecto a las normas del ajedrez. El talentoso tiene presentes estas normas, pero observando que se da la excepción a la regla. Este es el genio"
El gran maestro Zapata considera que no se puede hablar de "genios", porque "en Colombia no hay parámetros para juzgar" en la categoría infantil, y todavía menos en la femenina "que está poco desarrollada". Isolina no se preocupa tanto por esas cosas.
Juega con sus cinco muñecas, que tienen nombres de campeonas de ajedrez, y le cuenta a SEMANA que lo único que la desconcierta de sus triunfos es "que le pidan autógrafos en la calle".--
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.