Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2015/09/12 22:00

Estados Unidos no quiere más dinastías en el poder

Si algo demuestra el ascenso en las encuestas de figuras como Donald Trump y Bernie Sanders es que los votantes en EE. UU. están hastiados de las familias tradicionales.

Para muchos, los Bush son la única dinastía política con vida en Estados Unidos. Foto: Getty Images

Hay muchos tipos de dinastías. Las hay económicas, las hay deportivas, las hay en el mundo del espectáculo. Pero en épocas de elecciones, las políticas son las que dan de qué hablar. Y ni siquiera Estados Unidos, la mayor democracia del mundo, se salva del fenómeno: como cuenta el historiador Rick Perlstein, dominaron la escena en el siglo XX: “Franklin Roosevelt se inspiró en su primo Theodore para entrar a la política. Los Long (mínimo 14 de ellos) gobernaron el estado de Luisiana; los Russell gobernaron Georgia, los Chafee, a Rhode Island. Mitt Romney, exgobernador y excandidato presidencial, es hijo de George Romney, exgobernador y excandidato presidencial. Y luego vinieron los Kennedy, demasiados para enumerarlos”. Y se puede ir más atrás. Sin embargo, las actuales circunstancias hacen inevitable la pregunta de si ya entrado el siglo XXI comienzan a perder peso en ese país.

Motivos no hacen faltan para pensarlo. Ni en el Partido Republicano ni en el Demócrata las cosas marchan con lógica. Hasta hace pocos meses, la carrera a la Casa Blanca de cara a las elecciones de 2016 pasaba por dos apellidos muy conocidos: Clinton y Bush. En una reedición de disputas electorales de los años noventa, los votantes se preparaban para elegir a un tercer Bush presidente, o una segunda Clinton, decidir entre una dinastía establecida y una que busca ratificarse. Pero el verano llegó y con su calor pateó el tablero. En el panorama actual, la opinión pública le está cobrando el pasado político y familiar a sus candidatos. Sobre ese hecho, Perlstein anota en el Financial Times que “Estados Unidos, al parecer, se hastió de sus dinastías políticas”.

Para el portal Vox, los Bush representan la verdadera dinastía política del país. Se consolidó cuando el patriarca Prescott reemplazó en el Senado a un demócrata que murió en 1952. Regresó por otro periodo en 1956 y luego retomó su camino como banquero de inversión. Su hijo George H. W. llegó a la Presidencia en 1989 luego de ser vicepresidente de Reagan. Entre 2001 y 2009 lo siguió en la Casa Blanca su nieto George W., y ahora Jeb, a quien se considera el político más preparado de la familia, parece el menos opcionado. Los Clinton, por su parte, llegaron a la Presidencia con Bill entre 1993 y 2001 y buscan ratificarse con la primera presidenta de la historia.

En un diálogo con el periodista Larry King, el actor Robert Redford (de tendencia demócrata) describió la campaña presidencial en Estados Unidos como una locura digna de las caricaturas Looney Tunes. Y ni siquiera lo dijo a modo de crítica. Añadió que, frente a un escenario tan predecible y estéril, es como mínimo refrescante que un tipo que “piensa con los pies” como Donald Trump añada un poco de caos.

Así piense con los pies, Trump, el magnate de finca raíz, el creador de la serie de televisión The Apprentice, ha dejado atrás en varias encuestas a John Ellis (Jeb) Bush en un tercer lugar. Por encima del hijo y hermano de expresidentes también aparece el candidato Ben Carson, un neurocirujano negro que desde una posición más controlada que la de Trump se distancia del prototipo político del que huyen los votantes actualmente. El diario El País de España califica esto como “el triunfo de los antipolíticos”. “No soy un político”, dijo un Carson orgulloso en mayo al anunciar su candidatura presidencial, y luego añadió, “No tengo mucha experiencia malogrando presupuestos, haciendo las cosas que nos han llevado a los problemas actuales. Pero sí tengo mucha experiencia solucionando problemas complejos”. El doctor confiesa ser beneficiario directo de la candidatura de Trump, pues gracias a él la experiencia política ha pasado a un segundo plano en la conversación. Otra precandidata del partido republicano, Carly Fiorina, que viene del mundo corporativo, gana campo lentamente especialmente desde que entró en confrontación con Trump.

Mientras tanto, del lado demócrata, en el que la candidatura de la esposa del expresidente Bill Clinton parecía tallada en piedra, las grietas no solo aparecen, sino que se pronuncian. El escándalo que rodea a Hillary por enviar correos oficiales desde su cuenta privada escala lentamente y la pregunta es cuánto le va a costar. Si bien entregó sus correos al FBI para que los revise, la investigación ha enturbiado su campaña. En un comienzo, muy a su estilo, Hillary minimizó el hecho en un intento de apagar los fuegos, pero no tuvo éxito.

Solo la semana pasada, después de que la mayoría de sus asesores y consejeros le insistieron en arrepentirse, Hillary Clinton se disculpó. Porque no hay duda de que cayó en esa grave imprudencia cuando era secretaria de Estado, lo que tiene varias implicaciones. Una, por ejemplo, es que lo habría hecho para que sus actos oficiales quedaran por fuera de los archivos oficiales y en consecuencia del escrutinio público; otra, que al hacerlo puso en peligro la confidencialidad de sus comunicaciones. Hillary ya no parece invencible. En el escenario demócrata empezó a sonar el apellido del vicepresidente Joe Biden (de 72 años) como posible rival, y luego los temores tomaron fuerza: la subida en las encuestas de Bernie Sanders, un senador neoyorquino (de 73 años) que se declara ‘socialista’ en un país en el que el rótulo es casi sinónimo de ‘comunista’, la tiene temblando. La más reciente medición vio a Sanders por encima de su competidora en el estado de Iowa.

El verano que tan horriblemente ha tratado a Jeb y a Hillary ya termina. Pero de la reacción de estos candidatos dependerá si se meten de nuevo en la pelea o se desvanecen. Es probable que el peso de la tradición actúe, y con la llegada de temperaturas más bajas los votantes dejen atrás la utopía de un candidato ‘refrescante’. La historia dice que a la Presidencia de Estados Unidos solo ha accedido un hombre ajeno a la política, el general Dwight E. Eisenhower, un héroe de la Segunda Guerra Mundial al que recurrieron los ciudadanos cuando escalaba la Guerra Fría.

Pertenecer a una dinastía política solía tener ventajas: el magnetismo de los votantes por lo conocido, la capacidad de recoger fondos con tan solo postularse. Pero esos extras han cedido frente al aburrimiento de los votantes, que ha llevado a los partidos a reaccionar y reacomodarse. Spiro Kiousis, experto en relaciones públicas políticas de la Universidad de Florida, dijo a SEMANA que en medio de tanta zozobra, “Lo que más sentido tiene para ellos es enfatizar en sus calificaciones personales”. Mientras que la columnista Peggy Noonan aseguró en el The Wall Street Journal que veía una inevitable erosión en la campaña de Clinton y que el escenario actual prueba que “ninguno de los dos partidos parece realmente interesado en perpetuar dinastías”.

Dinastías de ayer y hoy

Los Adams: John Adams (electo de 1797 a 1801) y John Quincy Adams (electo de 1825 a 1829), provenientes de Boston, fueron la única dupla de padre e hijo presidentes hasta la llegada de los dos Bush.

Los Roosevelt: son la tercera familia estadounidense en tener dos presidentes, curiosamente, de partidos distintos. Theodore entregó la Presidencia en 1909 y su primo Franklin Delano la asumió en 1933.

Los Kennedy: solo John alcanzó la Presidencia (asumió en 1961 y fue asesinado en 1963), pero la familia tuvo una sostenida figuración política desde 1956 hasta 1980, cuando Ted le disputó la candidatura de los demócratas a Jimmy Carter. Robert, quizás el más cercano a llegar a la Casa Blanca, también fue asesinado en 1968.

Los Romney: tanto George como Mitt fueron gobernadores, el padre del estado de Michigan y el hijo del estado de Massachusetts. Luego ambos fueron candidatos presidenciales pero ninguno ganó.

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