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| 2/2/2006 12:00:00 AM

El abuelo sicodélico

Albert Hofmann, el descubridor del LSD, cumple 100 años. El anciano que puso a 'viajar' a la juventud de los 60 defiende el uso terapéutico del ácido.

Para algunos es una droga sagrada, mientras que para otros es "la bomba atómica de la mente". Desde su aparición, el ácido lisérgico o LSD siempre se ha movido entre la orilla de lo místico y la del peligro. Por un lado, es una "medicina para el alma" estimulante de la percepción sensorial, que inspiró la creatividad de artistas, que se hizo popular de la mano del movimiento hippie y que incluso, se ha sugerido, tiene su himno en Lucy in the Sky with Diamonds, la canción de The Beatles, no sólo por sus iniciales, sino por una letra que describe cielos de mermelada y una niña con ojos de caleidoscopio. Pero la visión más generalizada del LSD habla de accidentes, suicidios y crímenes cometidos bajo su influencia.

El causante de todo este alboroto es el doctor Albert Hofmann, considerado el padre de la era sicodélica desde que en 1943 descubrió los efectos del ácido lisérgico. Por estos días la discusión sobre esta droga prohibida ha tomado un nuevo aire pues el científico está celebrando su cumpleaños número 100. Y lo ha hecho con la fuerza suficiente para reafirmar que no sólo se debería legalizar su uso médico sino crear centros de meditación en la naturaleza donde se pueda consumir la sustancia para lograr una mayor conciencia del entorno. "Mi vivencia con el LSD ha sido lo que en terminología religiosa se ha calificado como iluminación", explicó en una entrevista el suizo centenario.

La experiencia de Hofmann con su "hijo problemático", como lo llama en su biografía, comenzó en 1938, en los laboratorios de la farmacéutica Sandoz (hoy Novartis). Cuando buscaba un estimulante circulatorio, empezó a investigar un derivado del cornezuelo del centeno, un hongo conocido como ergot, del que logró sintetizar el principio activo: la dietilamida del ácido lisérgico. Los laboratorios decidieron dejar el compuesto a un lado, pues no le encontraron utilidad práctica. Cinco años después, por una corazonada, decidió volver a él, pero una tarde tuvo que suspender su experimento porque lo invadió una extraña sensación: "Me recosté y me hundí en un estado de ebriedad nada desagradable, caracterizado por una imaginación extremadamente activa. En la penumbra y con los ojos cerrados -la luz del día me parecía desagradablemente brillante- percibí una cadena ininterrumpida de imágenes fantásticas de un intenso juego de colores caleidoscópico".

La poderosa sustancia había entrado a través de su piel y a los pocos días, el 19 de abril, decidió experimentar en sí mismo con 0,25 miligramos. Los aficionados celebran la fecha como "el día de la bicicleta", porque debido a las restricciones de uso de automóviles en época de guerra, su asistente lo llevó en bicicleta hasta su casa. "Todo en la sala daba vueltas, y los muebles asumían formas grotescas y amenazadoras. Estaban en continuo movimiento. Mi vecina, a la que casi no reconocí, me trajo leche. Ella no era la señora de al lado, sino una bruja malévola con una máscara de colores".

La droga se produjo bajo la marca Delysid y su uso se popularizó en la siquiatría para ayudar a los pacientes a liberar experiencias reprimidas. Los médicos también la usaron para inducir en ellos mismos sicosis cortas que les permitieran entender mejor las enfermedades mentales de sus pacientes. Al mismo tiempo, Hofmann decidió investigar los efectos en el arte e invitó al escritor Ernst Jünger a realizar un viaje sicodélico juntos. La avalancha mediática hizo que intelectuales y artistas se dejaran seducir por el ácido. En 1959, Cary Grant confesó a la revista Look: "Nací de nuevo", y Marilyn Monroe y Stanley Kubrick siguieron sus pasos. El escritor Aldous Huxley fue más lejos: luego de consumirla habitualmente, pidió que le administraran LSD en su lecho de muerte y bajo sus efectos hizo su viaje al más allá.

Por ese camino la línea entre el uso terapéutico y el recreativo quedó casi borrada. Más aun con la aparición de Timothy Leary, un profesor de sicología de Harvard que en palabras de Hofmann "fue despedido porque sus investigaciones perdieron el carácter científico y se transformaron en fiestas de LSD". Leary promovió su uso indiscriminado, lo que inquietó al padre de la sustancia. Tenía razón: "La falta de supervisión médica se convirtió en un problema para mí y para Sandoz. Como el LSD tiende a intensificar las sicosis, en personas depresivas hubo un incremento de los 'viajes de horror', caracterizados por visiones aterradoras y pánico", escribió Hofmann.

Las historias de suicidios y crímenes empezaron a alertar a Sandoz y en 1965 descontinuó la producción. "Ojalá no la hubieras descubierto", le dijo su jefe a Hofmann. Se ha afirmado que por esa época la CIA creó un proyecto llamado MK-Ultra destinado a elaborar un suero de la verdad con base en LSD para utilizar en prisioneros de guerra. Según esta teoría, se experimentó con personas a las que se les dio la droga sin que lo supieran, lo que habría tenido consecuencias nefastas. Por esos años, además, el Pentágono le sugirió a Hofmann colaborar en sus proyectos de armas químicas. En 1968 la droga fue prohibida. "Era la sustancia de culto de los hippies y los movimientos antiguerra de Vietnam. Por esos motivos políticos fue ilegalizada".

El científico aún defiende a su hijo problema. Asegura que el LSD no provoca adicción y es poco tóxico y hoy lucha por reivindicarlo. Según explicó a SEMANA Myron Stolaroff de la Fundación Albert Hofmann, "La FDA aprobó recientemente tres investigaciones para tratar con drogas sicodélicas el desorden obsesivo compulsivo, el estrés postraumático y disminuir la ansiedad en pacientes con cáncer terminal. Israel, Suiza y España pronto empezarán estudios".

Cuando le hacen bromas a Hofmann sobre si el LSD ha sido el secreto de su longevidad, dice que no ha vuelto a consumirlo: "Todo lo que me ha podido dar ya me lo dio y ahora intento vivir de acuerdo con estas vivencias. El LSD me abrió los ojos". n
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