Sábado, 21 de enero de 2017

| 2000/09/18 00:00

El ángel caído

Hace un mes Mario Farfán cayó desde 11.000 pies de altura prácticamente sin paracaídas. Su milagrosa salvación es sólo comparable con la rapidez con la que se ha recuperado.

El ángel caído

Cuando Mario Farfán miró hacia arriba comprendió que era el fin. A 11.000 pies de altura los pines de seguridad del paracaídas de reserva se habían liberado, lo que provocó que el paracaídas se abriera violentamente y se reventaran varias de sus líneas. Un accidente que sólo se presenta una vez en un millón le había tocado a él. ¿Qué hacer ahora? El paracaídas principal estaba intacto pero eso y nada era lo mismo. Si lo abría corría el riesgo de que se enredara en la reserva ya que ambos objetos no podían ocupar el mismo lugar en el espacio.

Mario pataleó, maldijo su suerte y gritó de rabia. La exhibición de paracaidismo organizada en la base militar de Tolemaida para conmemorar el grito de Independencia había dado un giro inesperado. Mario era uno de los paracaidistas invitados para realizar la acrobacia y antes de subir al helicóptero él y sus compañeros, venidos de diferentes partes del país, habían practicado la formación en tierra. La sensación de volar y la tranquilidad del paisaje lo hicieron olvidar sus problemas en su fábrica y las discusiones familiares. Habían transcurrido más de 25 años desde su primer salto al vacío, pero la pasión por estar en el cielo seguía tan voraz como el primer día. Por eso no le importó que le hubieran avisado a última hora del viaje a Tolemaida.

El pasado 20 de julio el ingeniero industrial, de 43 años, se levantó de madrugada, salió a correr sus habituales 15 kilómetros y después abordó un bus desde Bogotá hasta la base en donde lo esperaban sus amigos. El día era soleado y los pronósticos auguraban un salto perfecto. Para Mario no había nada mejor que la caída libre. Cincuenta segundos en medio del azul profundo eran suficientes para sentirse parte de la creación y percatarse de la fragilidad del ser humano ante la furia de los elementos. Era el éxtasis fundido con el miedo.

Pero aquel jueves la pasión se convirtió en pánico. La caída libre se prolongó más allá de los límites de seguridad. Su cuerpo giraba y descendía vertiginosamente a más de 200 kilómetros por hora. Arriba el viento jugaba a su antojo con el pedazo de tela del que pendía su vida mientras abajo lo esperaba la madre tierra dispuesta a acogerlo nuevamente en su seno, así fuera en mil pedazos. Mario asumió su destino: la muerte le sonreía a pocos metros de distancia.

En medio de su desespero sólo atinó a realizar las maniobras de emergencia que conocía de memoria para asumir el impacto. Soltó el paracaídas principal, liberó completamente el de reserva e intentó atrapar alguna de sus esquivas cuerdas. Con suerte una se le enredó en los dedos y poco a poco la fue jalando para tratar de darle equilibrio al paracaídas. La enrolló entre las manos y cambió el rumbo para evitar que su cuerpo cayera encima de una granja. A 2.000 pies del piso se preparó para descomponer la caída. Debía hacer una semiflexión de las extremidades inferiores, inclinarse hacia el mismo lado que la fuerza lo llevaba, poner primero los pies luego la pantorrilla, la pierna, la cola, la espalda y los brazos. Una armoniosa secuencia para la muerte.

Segundos después la tierra se estremeció con un golpe duro y seco. Mario sintió que el alma se le salía y que regresaba con fuerza sobre su maltrecho cuerpo a medida que un dolor indescriptible emergía por cada uno de sus miembros. De un accidente que ocurre una vez en un millón, Mario sobrevivió.

Durante largo rato esperó inmóvil la llegada de los organismos de socorro sin perder el sentido. Sabía que estaba roto por todas partes y que un mal manejo podía dejarlo postrado en una cama para siempre. Cuando llegaron los soldados de la base a auxiliarlo Mario les advirtió que no lo movieran.

Con órdenes severas y claras les explicó a sus colaboradores cómo debían quitarle el uniforme, cómo subirlo a la ambulancia y a qué velocidad debían conducir. En la base de Tolemaida y en el hospital de Girardot siguió vociferando y sólo se dejó tocar por expertos. Su traslado a la Clínica Palermo en Bogotá era urgente pero no había un vehículo que realizara el viaje. Sus compañeros tiraron la toalla ante la impotencia y Mario, en un arranque de ira, les pidió un celular y llamó a Bogotá para que contactaran a un amigo suyo que tenía una empresa de ambulancias y fuera a recogerlo.

Dieciocho horas después del accidente Mario llegó por fin a la capital, en donde se puso en manos de un grupo de especialistas encabezados por el traumatólogo Jorge Barbosa. El diagnóstico fue alentador. Pese a tener fracturas múltiples en el fémur izquierdo, la tibia, el peroné y el pie derecho y la primera vértebra lumbar, ninguno de los destrozos tuvo compromiso neurológico. Después de una cirugía reconstructiva de 12 horas Mario quedó convertido en el hombre biónico: las piezas metálicas en su cuerpo tienen un valor de nueve millones de pesos.

La comparación, además, le queda como anillo al dedo pues desde que le dieron de alta ha asumido su rehabilitación con una tenacidad asombrosa. Diez días después de salir del hospital Mario recorrió en silla de ruedas varias de las principales vías de la ciudad en el maratón que se llevó a cabo el 7 de agosto. Ese lunes festivo llegó a la meta de último cuando la carrera ya había terminado y, aún así, un funcionario del Instituto Distrital de Recreación y Deporte lo esperó para entregarle una medalla. Un modesto premio por haber vencido a la muerte.

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