Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/05/05 00:00

EL AVARO

Dos biografías sobre Paul Getty, el hombre más rico del mundo, revelan que su tacañería no tenía límites: si sus invitados querían llamar por teléfono, debían usar una moneda.

EL AVARO

En 1957, Paul Getty fue declarado el hombre más rico del mundo y aunque nunca puso atención a todos los rumores, todos los chismes reales o malintencionados que nacían, crecían y morían alrededor de su fortuna, en esa ocasión le confesó a un amigo: "Si uno es capaz de contar el dinero que tiene, entonces no puede pasar del billón de dólares". En una de las pocas casas que tenía en el mundo, localizada en Sutton Place, en las afueras de Londres, obligaba a los huéspedes a que usaran un teléfono público instalado a la entrada, mantenía la calefacción apagada para ahorrar combustible y era un espectáculo ridículo contemplar a familiares y amigos usando gabardinas y abrigos para defenderse del invierno... dentro de las habitaciones.
Avaro, sucio, descuidado en sus relaciones familiares, esa es la imagen que el mundo guarda de Paul Getty, imagen que ahora recibe nuevos elementos de curiosidad con la aparición simultánea de dos libros sobre su vida, su fortuna, sus obsesiones, su avaricia: The Great Getty de Robert Lenzner y The House of Getty de Russell Miller. Leyendo estas biografías sobre un hombre que murió en 1976 a la edad de 83 años, queda la sensación de asistir al terrible espectáculo de alguien obsesionado con el petróleo, el sexo, y la cacería de obras de arte a precios reducidos .
Muchos lo siguen considerando un genio, uno de los más grandes genios de las finanzas mundiales, alguien que a los 23 años de edad ya habia consolidado una considerable fortuna y quien en 1957 al recibir el título de la revista Fortune como el más rico del mundo, emprendió un auténtico peregrinaje por numerosas capitales europeas, alojándose en las habitaciones más baratas de los hoteles, comprando y abandonando casas en distintas ciudades, imponiendo un régimen de economía de gastos que espantaba a empleados y sirvientes. Las anécdotas sobre su tacañería han pasado de generación en generación y en ambos libros se reconstruye con sevicia la serie de momentos en los que invitados y amigos, presenciaban cómo Getty se echaba al bolsillo algunas de las propinas dejadas en las mesas de los restaurantes a donde poco asistía. Usaba los sobres de correo que le llegaban y apenas se molestaba en escribir sobre la leyenda original. En una ocasión durante una cena en Maxim's con la columnista Elsa Maxwell y otras celebridades y siguiendo el impulso que lo caracterizaba de defenderse de quienes, según él, sólo buscaban sacarle dinero, tomó la cuenta de gastos, descubrió qué plato había consumido y cuánto costaba, puso el valor respectivo en la mesa y se largó. Cuando apareció la publicación de Fortune se quejó de que ya no podria seguir dando propinas de quince centavos de dólar: ahora tenía que dejar treinta y cinco. Los sirvientes no le duraban porque la comida era pésima y el mayordomo era pagado de acuerdo al número de veces, según Getty, que la puerta de la mansión en Londres era abierta y cerrada. En algunas ocasiones rechazó regalos de amigos en el extranjero porque temía los impuestos que le cobrarían los ingleses. Todo, absolutamente todo en sus empresas estaba bajo su vigilancia: desde la inversión de un millón de dólares en un nuevo proyecto hasta el tamaño de las latas utilizadas para almacenar comida con destino a los obreros de sus campos de petróleo.
El colmo de su tacañería llegó cuando en los campamentos que tenía en el Medio Oriente, descubrió que estaban usando agua desalinizada para limpiar los inodoros, hizo cálculos y llegó a la conclusión de que cada bajada le costaba seis centavos y medio, y ordenó que utilizaran agua sin procesar. Con una de las colecciones de arte más grandes del mundo, construyó un museo en California a un costo de 17 millones de dólares pero nunca lo conoció ya que desde 1957 no regresó a su país. Desde su mansión en las afueras de Londres supervisó la construcción: tenia un modelo a escala de cómo avanzaban las obras y de acuerdo a las películas y fotos que le iban enviando, vigilaba a medida que progresaba la obra. Todos los gastos le eran informados y cuando supo que habían invertido 17 dólares en un tajalápices eléctrico, llamó al arquitecto y le dijo que se dejara de derrochar el dinero de los demás. Ni siquiera el ministro que ofició en su funeral recibió su paga: Getty había logrado convencer a una funeraria para que no le cobrara nada en esos momentos a cambio de usar su nombre como cliente.
Obsesionado con la idea de que todos querían sacarle dinero, la mayor prueba de su tacañería la tuvo en 1973 cuando su nieto, Jean Paul III, fue secuestrado en Italia. Públicamente el millonario dijo que no pagaría el rescate exigido porque tenía otros catorce nietos que bajo esas circunstancias también podrían ser secuestrados. Cuando recibió una oreja ensangrentada del chico, quien vivía como un hippie en Roma, entonces entregó 850 mil dólares a su hijo Jean Paul II para que rescatara al muchacho. Pero tanta generosidad era apenas aparente: Getty soltó ese dinero con la condición de que le fuera devuelto con intereses del cuatro por ciento mensual.
Casado cinco veces, tuvo cinco hijos, y de éstos, sólo dos, Jean Paul II y Gordon Peter eran hermanos de padre y madre. Los destinos de estos descendientes no han sido fáciles: el mayor, George F. II, presidente de la compañía Tidewater Oil, murió de un aparente suicidio en 1973. Jean Ronald, hijo de una mujer alemana y nacido en 1929 se dedicó a la producción de películas baratas, algunas de ellas con Ursula Andress. Cada vez que tiene ocasión le dice a quien esté cerca que de su padre sólo heredó el amor por los animales. Jean Paul Jr., con 53 años actualmente, durante los años sesenta fue uno de los más escandalosos playboys y ahora se dedica a la colección de libros raros en Londres. Al funeral del anciano asistió con zapatos de colores: una biografía dice que amarillos y la otra que blancos. Gordon Peter, tiene 52 años, es un compositor clásico y estuvo involucrado con la Getty Oil hasta venderla a la Texaco. El nieto secuestrado y liberado con una oreja menos, siguió dedicado a las drogas y el alcohol hasta quedar ciego y practicamente paralizado.

DE SUS ABERRACIONES
Las dos biografías abundan en detalles sobre las relaciones eróticas de Getty, quien además del petróleo y el ahorro del dinero también sentía una enorme obsesión con el sexo, es más, con su virilidad, todos los días presenciaba su erección ante el espejo y la mansión en Londres la llenaba a veces con muchachas que se colocaban uñas largas para arañarle los genitales. Pocas veces pagaba por los servicios sexuales y les inculcaba a las muchachas el honor que era compartir la cama con un millonario.
La leyenda alrededor de este hombre cada vez se enriquece con nuevos detalles: cómo lavaba su ropa interior, cómo se sentia el emperador Adriano reencarnado, cómo la fortuna de los Getty arrancó en 1903 cuando el padre, George, un hombre de negocios que siempre habia sido pobre, viajó de Minnesota hasta Oklahoma para atender un reclamo de seguros y se vio envuelto en el boom petrolero de la época, compró algunas acciones, éstas aumentaron su valor, poco a poco fue adquiriendo una pequeña empresa petrolera que el hijo se encargaría de multiplicar. En los setenta cuando los árabes chantajearon con los precios del petróleo, la fortuna de Getty alcanzó límites irreales.
En medio de esos millones, Getty tenía una curiosa imagen de la felicidad y esa la aplicaba a su amigo Richard Nixon: "Es feliz, dise chistes malos y toca el piano y bebe cerveza". Estos dos nuevos libros aumentan la leyenda, también aumentan la confusión.

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