Jueves, 23 de febrero de 2017

| 2007/12/08 00:00

El ‘blues’ de la vida

Eric Clapton publica su autobiografía. En 343 páginas narra episodios como la muerte de su hijo y la experiencia de enamorarse de la mujer de su mejor amigo.

El ‘blues’ de la vida

Eric Clapton había hecho casi todo en la vida. Fue elevado a la categoría de dios de la guitarra, probó todas las drogas, convirtió en éxito la canción que le compuso a la esposa de su mejor amigo, se salvó de morir en un accidente de helicóptero, ganó seis premios Grammy en una noche. Tuvo hijos y, si bien no está confirmado que haya plantado un árbol, se encargó de sembrar la semilla del blues en miles de oyentes. Lo único que le faltaba era escribir un libro.

Ahora, con la publicación de Clapton: The autobiography, sus seguidores podrán conocer de primera mano los episodios que marcaron la vida de uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos. En un año particularmente fértil en lo que respecta a autobiografías del rock –también Slash de Guns N’Roses y Ron Wood de los Rolling Stones publicaron sus memorias–, el libro de Clapton ha sobresalido por su estilo transparente y sin rodeos: “No es precisamente Frank McCourt, pero sin duda es mejor escribiendo que muchos biógrafos tocando la guitarra”, reseñó un crítico literario del diario The New York Times.

Hay dos episodios concretos que el público quería leer en las palabras de Clapton: uno, cuando se enamoró de Pattie Boyd a principios de los 70, quien era entonces la esposa de su mejor amigo, George Harrison. El otro, la muerte de su hijo Conor, de 4 años, que lo sumió en un profundo ensimismamiento y a la vez inspiró una de sus canciones más sentidas: Tears in Heaven. Mucho se especuló en la prensa en ambos momentos, pero Clapton, siempre reservado ante los periodistas, prefirió guardarse sus palabras hasta ahora: “Quería esperar hasta tener una vida completa sobre la cual escribir. Y aunque no creo que haya terminado aún, mi memoria empezó a gastarme bromas. Entendí que si no lo hacía ahora, los recuerdos perderían exactitud”.

El recuento de su enlace amoroso con la esposa de Harrison aparece, además, en un momento significativo. Por coincidencia, Pattie Boyd publicó también sus memorias en un libro titulado Wonderful Tonight, y la comparación entre ambas versiones hace pensar que la verdad se encuentra en algún lugar en el medio. Según ella, Eric Clapton y George Harrison se pelearon su amor en un duelo de guitarras. Para Clapton, el episodio fue algo más complejo: las cosas ya se sabían y las palabras sobraban. “George trajo dos guitarras y tocamos, pero siempre hacíamos eso”. Ambos libros coinciden, sin embargo, en que la angustia del amor prohibido se convirtió en una de las canciones más aguerridas de Clapton, Layla. Y es bien sabido que el suceso no afectó la amistad de los dos músicos.

Al llegar al relato de la muerte de su pequeño hijo, los editores en Inglaterra y Estados Unidos estuvieron de acuerdo en que su pluma se vuelve muy escueta. Pero el guitarrista ha preferido no ahondar demasiado en la herida y cuenta lo suficiente. El día anterior había llevado a su hijo a ver los elefantes del circo. “Me di cuenta por primera vez de lo que significaba tener un hijo y ser padre”. A la mañana siguiente recibe una llamada de Lori, la madre de Conor, diciéndole que su hijo ha caído por la ventana del piso 53. Clapton explica que su reacción al llegar al edificio y ver las ambulancias fue “encerrarme en mí mismo” y en efecto, así escribe. Narra el funeral sin demasiado detalle y más bien se detiene en las cartas de solidaridad que recibió esa semana. Una es del príncipe Carlos; otra, del guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards, diciéndole: “Si hay algo que pueda hacer, sólo dime”.

Guitarras y glorias

Pero, como en todo libro, hay una especie de relato alterno que es aquello que no se dice directamente. En el caso de Clapton: The autobiography, se trata de su relación con la música y de lo que significa el blues para él. En los párrafos en que intenta describirlo, termina por desistir: “Es difícil hablar de estas canciones en profundidad; por eso son canciones”. Cuando habla de sus propios discos, casi nunca se muestra satisfecho y se adivina que sus álbumes favoritos son aquellos que ha hecho a dúo: uno con B. B. King en 2000 y otro con J. J. Cale en 2006.

Lo cierto es que el blues ha cumplido una misión paliativa en la vida de Clapton. Uno de los primeros recuerdos que relata es el momento en que se entera de su condición de hijo ilegítimo, antes de cumplir los 10 años. Había sido víctima de un engaño familiar: creció creyendo que sus abuelos eran sus padres y que su madre era su hermana mayor. “La realidad me cayó encima y supe que cuando el tío Adrian bromeaba conmigo llamándome ‘pequeño bastardo’, estaba diciendo la verdad”.

Justo por esa época, Clapton adquiere su primera guitarra, y una de las cosas notables de su memoria es que puede recordar la marca y el modelo de cada una de sus guitarras. Ésta es una Hoyer, que le quedaba grande y le sacó ampollas en los dedos. Al poco tiempo descubre las grabaciones del mítico guitarrista de blues Robert Johnson y se produce una empatía plena: Johnson canta sobre las penas personales y el sentimiento de impotencia. A partir de ahí comienza a forjarse lo que Clapton llama “una identidad musical que ha tardado una vida en desarrollarse”.

Vienen entonces los recuerdos del primer grupo, The Yardbirds, la época de fama colosal cuando integró el trío Cream entre 1966 y 1969, el experimento de la banda Derek and the Dominos (con quienes grabó el clásico Layla) y su despegue como solista en los años 70. Una parte extensa del libro está dedicada a su tratamiento por alcoholismo, que lo ocupó durante casi toda la década del 80. Hacia el final, narra la fundación del centro de rehabilitación Crossroads que él dirige, habla sobre su vida hogareña, echa un vistazo al mundo de la música con la perspectiva que le dan sus 62 años de edad y concluye que lo que escuchamos actualmente en la radio es “95 por ciento basura y 5 por ciento pureza”.
En todo este ejercicio, sin embargo, la razón para vivir ha sido una fuerza inefable que viene de dentro y se comunica a través de su guitarra. Tal vez el momento en que mejor lo expresó fue en un disco de 1970: allí había una composición suya llamada Blues Power, que siguió haciendo parte del repertorio de sus giras durante toda aquella década. Es el poder del blues, con su capacidad de expresar emociones y alivianar pesares, el que se manifiesta todo el tiempo en sus solos de guitarra. “Componer una canción es estampar un sentimiento”, dijo Clapton hace poco sobre su oficio. Ahora también lo ha logrado a través de la pluma.

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