Jueves, 23 de octubre de 2014

| 2013/05/11 04:00

El caballero del fútbol

Alex Ferguson se retira. La disciplina y el temperamento son la marca de uno de los entrenadores más exitosos.

Alex Ferguson se volvió una leyenda cuando, contra todos los pronósticos, el Manchester United derrotó al Bayern Múnich en tiempo de reposición en la final de la Liga de Campeones de 1999. Foto: AFP

Alex Ferguson nunca se rinde. La noche del 26 de mayo de 1999 todo parecía perdido para su Manchester United. Faltaban apenas un par de minutos para que se acabara la final de la Liga de Campeones y el Bayern Múnich le ganaba uno a cero a los diablos rojos. 


Desde el banco, Ferguson mascaba chicle  y organizaba el equipo. En el minuto 91 llegó el milagro y en segundos el United volteó el resultado. Mientras el mundo veía boquiabierto la hazaña, Ferguson gritaba: “¡No lo puedo creer!”. 


Empezaba a convertirse en leyenda. Esa temporada ganó todas las competencias y unas semanas después estaba arrodillado ante la reina Isabel II para recibir la Orden de Caballero del Imperio Británico. A partir de ese momento, ese escocés testarudo, y grosero sería sir Alex Ferguson.


Todo un honor para alguien que nació en un barrio bravo de Glasgow en 1941. “Todo lo que hacíamos era jugar fútbol y pelear”, dijo alguna vez. Y siguió ese camino el resto de su vida. Duante casi diez temporadas fue delantero y líder en la liga escocesa, antes de retirarse a los 32 años para dirigir. A pesar de su juventud, impuso su estilo a punta de vociferar. El método de Furious Fergie (Fergie el furioso) dio éxitos internacionales en el limitado fútbol escocés. Eso sí, muchos de sus jugadores lo recuerdan como un “bastardo”. 


En 1986 tomó las riendas del Manchester United, un equipo desesperado y a un par de partidos del descenso. El escocés lo rescató y recontruyó su confianza. “La única forma de alcanzar la Copa Europea de Clubes es ganando la liga nacional”. Muchos se burlaron, pues el equipo llevaba 20 años sin ganar nada.


Los primeros tres años no conquistó ningún trofeo y el equipo ni siquiera peleaba las primeras posiciones. Muchos hinchas querían sacar al técnico hasta que en 1990 finalmente le dio al Manchester la FA Cup, la segunda copa más importante de Inglaterra. Sería el primero de 38 títulos que conseguiría el United.


La revolución Ferguson estaba en marcha. Su método era una mezcla de olfato para descubrir potenciales cracks y una disciplina implacable. Sus caprichos debían ser cumplidos al pie de la letra so pena de enfrentar el regaño del “secador de pelo”. Ferguson se acercaba al rostro de la víctima y bastaba un grito para hacerla huir. Lo soportaron jugadores, árbitros y reporteros por igual.


Siempre estaba listo para estallar. Alguna vez, luego de una derrota frente a Arsenal, el técnico entró furioso a su camerino, encontró un guayo en el piso y lo pateó en medio de gritos e insultos. El zapato fue a parar a la ceja de David Beckham, su consentido hasta que se casó con Victoria Adams. Cuando le preguntaron por el jugador, Ferguson lo sentenció: “Él nunca fue un problema hasta su matrimonio. Era un chico fantástico”.


Pero a pesar de todo, quienes crecieron como jugadores bajo su cuidado ven en el boss, como lo llaman, a una figura paterna. Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs y Gary Neville, entre otros, hacen parte de una generación que creció bajo el ojo selectivo y la mano dura de Fergie.


El escocés no solo creó el equipo más ganador de Inglaterra, sino también una máquina de hacer dinero. Hoy el Manchester United es el segundo club más rico del mundo, con un patrimonio de 3.170 millones de dólares. Basta con ver el impacto que tuvo el anuncio de su retiro en la bolsa de Nueva York, pues ese día las acciones cayeron un 3 por ciento. “Construí una marca, no solo un equipo”, dijo Ferguson. 


Por eso, a pesar de que ya no dirigirá más después del último partido de la temporada el 19 de mayo, la sombra de sir Alex seguirá sobre  el Manchester United, donde de ahora en adelante se desempeñará como director y embajador internacional. Y de una forma u otra, las victorias que consiga el club seguirán siendo suyas. 

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