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| 1/19/1987 12:00:00 AM

EL CACHACO SAMARITANO

En un Mediterranée de Senegal, un colombiano se convierte en héroe nacional.

Que un colombiano trabaje en un Club. Mediterranée resulta ciertamente exótico. Que además el club quede en Senegal, Africa, lo hace aún más raro. Pero si a lo anterior se agrega que este colombiano, que trabajó en Senegal en un Club Mediterranée, fue condecorado por el presidente del país por "su desinteresada ayuda en favor de la salud de los senegaleses", el resultado es un colombiano que definitivamente se sale de lo común.

DE BOGOTA A SENEGAL
Fernando Riveira es un bogotano, medio rumbero, que como tantos de su generación, un día resolvió ampliar su perspectiva vital y conocer el mundo. Viajó a Europa, en 1979, y anduvo por varios países hasta establecerse en forma más permanente en París.
Un fuerte invierno francés le recordó su origen tropical, y estando en Chamonix, unos amigos le dieron la idea de solicitar una plaza en alguno de los clubes Mediterranée que hay en Africa. Escogió Senegal, y fue asignado al cargo de "acompañador de excursiones" en cuyas funciones debía no sólo cumplir las que su nombre indica, sino también colaborar en la presentación de los espectáculos del club.
Las excursiones consistían en especies de "safaris fotográficos" a bordo de camionetas que atravesaban la parte suroriental del país, desde el club, que está ubicado cerca de la capital, Dakar, hasta un campamento cerca del delta del Saloum. Una vez allí, el paseo incluía conocer en "vivo y en directo" las aldeas de los alrededores para entrar en contacto con las costumbres y modo de vida de los habitantes.
Como es fácil imaginar, las aldeas en cuestión sufrían, y sufren, de las más difíciles condiciones de vida, entre las cuales estaba la de una carencia casi total de servicios médicos, lo cual seguramente impresionaba más a los europeos que al mismo Riveira, acostumbrado a ver situaciones semejantes por estas latitudes.

MEDICO POR CASUALIDAD
En una ocasión, observó que en una de las aldeas que visitaban, se había extendido una epidemia de conjuntivitis. Como el botiquín de la camioneta incluía unas gotas oftálmicas, resolvió ponerles un par a los niños afectados. Para su sorpresa, al regresar a la semana siguiente encontró que la mayor parte de los niños se había curado. Como él explica ahora con modestia, la misma falta de medicación hacía que las drogas actuaran mucho más rápida y eficazmente.
Casi sin quererlo, y en forma paulatina, Riveira y su jefe, el belga Michel Mearch, a quien aquel atribuye gran parte del mérito por haber conseguido el apoyo del club, resultaron realizando una labor social encomiable. Consiguieron que los visitantes donaran a su partida de regreso las drogas que habían llevado para las eventualidades del viaje, y pronto comenzaron a recibir medicamentos enviados expresamente por aquellos que habían conocido la labor durante sus vacaciones. No faltaron los médicos que dieran instrucción sobre el terreno, lo que los llevó a realizar curaciones más complicadas.

LA FAMA LO ENVUELVE
El nombre de Fernando Riveira empezó a hacerse familiar entre los nativos de la región, que comenzaron a venir de otras aldeas en busca de alguna atención. Algunos casos le dieron especial notoriedad, como el del hijo de la "reina" Fatou (en la foto). Era esta una mujer muy respetada en la región, al punto de tener ese apodo. Su hijo de dieciocho años sufrió una cortada én una pierna a la que no quiso dar importancia ni hacer atender oportunamente, a no ser por los rezos de un brujo de la región.
Aunque Fernando cuando refiere este incidente deja bien clara la importancia de esa medicina tradicional, era evidente que el caso requería una rápida ayuda, por lo avanzado de la infección. Superando el asco natural en alguien que nunca había pensado estar en esos trances, logró limpiar la herida y administrar un antibiótico que, con los cuidados posteriores llevó a la recuperación del enfermo.
Este y otros casos similares hicieron a Riveira una persona muy apreciada en la región, y le granjearon un reconocimiento que él, como reclama al hacer el recuento de la historia, estaba lejos de haber buscado expresamente.
Lo cierto es que, casi a pesar del mismo Riveira, el caso llegó a oídos del presidente del país, el legendario Sedar Senghor, quien resolvió reconocer la labor de Riveira y sus compañeros, otorgándoles una de las más importantes condecoraciones de Senegal.
Hoy Fernando Riveira, en su apartamento de Bogotá, se dedica a dar clases de idiomas. Pero no descarta que un día de estos su espíritu nómada lo obligue a emprender nuevamente camino. Ayer fue Senegal. Mañana... cualquier otro lugar del mundo.
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