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| 3/18/2017 11:00:00 PM

Rumbo a la tercera condena contra "El Chacal"

Empezó en París un nuevo juicio contra Ilich Ramírez, el legendario venezolano fascinado por las mujeres, los lujos y el terrorismo. Esta es su historia.

En las décadas de los setenta y ochenta, el rostro del terror era latinoamericano. Se le conoció inicialmente con el alias de Carlos, hasta 1975, cuando salió a la luz mientras las autoridades le seguían la pista por varios continentes. Entre las pertenencias que había dejado con un conocido en Londres apareció una copia de Chacal, de Frederick Forsyth, y desde entonces los medios lo llamaron así. Era un apodo apropiado: temerario, improvisador y despiadado, no pestañeaba al liquidar a sus víctimas y no temía arrastrar inocentes con tal de atacar a “los sionistas y sus protectores”. Profesaba que sin cadáveres no habría cambio, como decía Lenin sobre las revoluciones. Por años, esa leyenda lo precedió. Pero el tiempo probó que más que un héroe de la revolución mundial, el Chacal era un mujeriego seductor, políglota y amante de la buena vida y de las sensaciones extremas, que defendió más sus propios intereses que los de la causa antiimperialista que decía profesar.

Con el tiempo se supo que Carlos, o el Chacal, era en realidad un venezolano de clase media alta llamado Ilich Ramírez Sánchez. Hoy pasa sus días en la prisión francesa en la que morirá. Paga dos cadenas perpetuas, una por asesinar en París, en 1975, a dos agentes franceses y a Michel Murkabal, un libanés que había sido su jefe y acompañaba a los policías como informante. Otra, por dos atentados en dos trenes de alta velocidad, en la capital y en Marsella, que cobraron la vida de 11 personas e hirieron gravemente a 150 más el 31 de diciembre de 1984.

Cuando parecía relegado al olvido, desde el lunes pasado, a sus 67 años, el Chacal enfrenta un juicio por un crimen cometido en 1974. Hace 43 años alguien arrojó una granada en la Publicis Drugstore, una tienda concurrida en Saint-Germain-des-Prés y mató a dos personas. Isabelle Coutain-Peyre, su abogada y esposa, quien se enamoró de él desde que empezó a defenderlo en 1997 (y confirma su fama de irresistible), considera al proceso una pérdida de dinero. Georges Holleaux, abogado de las dos viudas, dice que las familias claman justicia.

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Al comienzo de los años setenta, alias Carlos hubiera reivindicado cualquier atentado. Pero en 2017 se declara inocente de lo que se le acusa. Con el grado de espectacularidad que suele dar a sus apariciones, Ramírez ha aprovechado el juicio. Exclamó a la prensa que si asesinó lo hizo en “pro de la revolución”, añadió que fue y es un “terrorista profesional”, lanzó besos a las periodistas y jugó con las preguntas de los jueces. Respondió que tenía 17 años, “sumándoles o quitándoles unos 50”.

Marcado por su vanidad y su ego, quienes lo conocieron e interactuaron con él, lo describen como alguien que podía ser un simpático verdugo, aunque, a la distancia, su incompetencia como terrorista resulta sorprendente. Para muchos analistas y biógrafos, de no haber matado, los atentados de Ramírez hubieran salido de una comedia de Peter Sellers.

A dos bandas

Ferviente admirador del líder de la Revolución rusa de 1917, el acaudalado comunista José Altagracia Ramírez bautizó a sus tres hijos Vladimir, Ilich y Lenin. La incongruencia de un comunismo ‘sifrino’ de Caracas tocó especialmente a Ilich, un rebelde de salón que disfrutaba los lujos. De niño y adolescente sus compañeros de colegio lo apodaban el Gordo, lo matoneaban, y él les contestaba: “Algún día sabrán de mí”.

Su padre lo sacó del instituto y le contrató tutores privados. Pero ya estaba tocado por la violencia: a los 14 años participó en protestas callejeras en las que lanzó cocteles molotov a automóviles estacionados. Su madre trataba de alimentar su fe católica, y lo llevaba a la iglesia los domingos a escondidas de su padre, pero eso terminó cuando la pareja se separó en 1966. Ilich tenía 17 años.

Primero viajó con su madre a Londres, pero su padre movió fichas para conseguirle un lugar en la Universidad Patrice Lumumba de Moscú. En esa institución el gobierno soviético solía adoctrinar a los estudiantes tercermundistas para diseminar su ideología. Allá hizo contactos y se acercó a la causa palestina por medio de varios compañeros. Fiel a su estilo, Ilich se hizo expulsar en 1968 por problemático.

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Torpeza funcional

Viajó entonces a Jordania, don-de se afilió al Frente para la Liberación de Palestina (FLP), una facción extremista. A sus 20 años Ilich ya tenía instrucción suficiente para actuar con Wadi Haddad, padrino del terrorismo palestino que, se comprobó luego, trabajaba también para la KGB. En la época, los frentes terroristas palestinos, aliados de la Unión Soviética, creaban zozobra. En 1970 secuestraron cuatro aviones para presionar la liberación de prisioneros en cárceles de Europa e Israel. Ese mismo año Ilich estuvo presente en el Septiembre Negro, cuando las fuerzas del rey Huseín de Jordania expulsaron de su territorio a la OLP de Yaser Arafat. Poco después sus aliados lo enviaron a Londres para reunir información sobre posibles blancos, una actividad demasiado pasiva para su gusto.

Lo hizo bien, consignó 500 páginas de posibles víctimas, compañías y empresarios judíos, pero nunca dejó de lado la buena vida. Eso producía sospechas entre sus aliados, como Mohamed Boudia, quien lo consideraba un impostor, pero murió en un atentado con carro bomba.

En este punto comenzó a construir su personaje. Dejó atrás Ilich y renació como Carlos, el terrorista galán, peligroso y dominante. Para sellar su importancia, en diciembre de 1973, fijó la mira en Joseph Sieff, presidente de la cadena Marks & Spencer en Londres. Llegó a su mansión, despachó al mayordomo y lo sorprendió en su cuarto. Le disparó una vez en la cara y cuando quiso rematarlo su revólver se trabó. Pensó que lo había liquidado y huyó, pero la bala, sorprendentemente, había pegado en los dientes de Sieff y ese hecho le salvó la vida. Carlos había fallado en su primera gran misión. Pero no pasó desapercibido y su retrato hablado comenzó a rotar en Interpol.

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Con las autoridades en alerta roja, se propuso dar un nuevo golpe. Llegó con una caja llena de explosivos a la City londinense, y arrojó el paquete al banco israelí Hapoalim. Pero de nuevo quedó mal por improvisar, pues este rebotó en la puerta y no explotó, por lo cual solo lesionó a una secretaria. A pesar de sus permanentes fracasos, sus jefes palestinos lo valoraban por la atención mediática que generaba a su causa. En este momento, 1974, tuvo lugar el episodio de la granada en Saint-Germain-des-Prés.

A pesar de todo, la leyenda de Carlos crecía y por ello recibió la misión de volar un avión israelí en 1975. Reclutó a un alemán, y juntos llevaron un lanzagranadas portátil al aeropuerto parisino de Orly. Fallaron de nuevo, pues solo consiguieron averiar el Boeing 707, pero habían causado terror, y eso era suficiente para sus superiores. Fiel a su estilo, lo intentó de nuevo dos semanas después, aunque las autoridades detectaron sus armas y desataron un tiroteo. Escapó con vida pues amenazó con asesinar a un par de rehenes y consiguió que le dieran un avión para viajar a Bagdad.

La increíble suerte de Carlos, el terrorista torpe, cambió cuando las autoridades capturaron a su superior, Michel Murkabal, quien accedió a cooperar. El libanés llevó a dos agentes a un refugio del FLP en París, y en él se encontraron con Carlos, quien estaba casualmente allí. Este no tuvo inconveniente en asesinar a su jefe y a los dos agentes para escapar. Tras el incidente salió a la luz una foto suya y cambió su panorama. Se convirtió en el Chacal, una especie de terrorista y chivo expiatorio al que le podían achacar todo.

Pero aún faltaba más. En el otoño de 1975, en Viena, dio su mayor gran golpe cuando secuestró a los 11 embajadores de la Opep. Según recuentos presenciales, esperó a que la prensa se acercara para dar inicio a su ataque. Gritó “Soy Carlos, ya me conocen”, disparó al techo e hizo show. Luego de 18 horas y de leer un comunicado montó a 30 rehenes en un avión con destino a Argel. En el avión, según el jeque Yamani, Carlos pasó del terror a la camaradería. Con sus rehenes habló de comida, trago, sexo, e incluso le entregó al embajador venezolano una carta para su madre. Por el rescate de dos embajadores, Arabia Saudita le pagó 40 millones de dólares, que la FLP nunca recibió.

El grupo terrorista lo expulsó en 1976. Y desde entonces se convirtió en una especie de paria internacional al que nadie quería. A finales de los setenta se dice que pasó por Colombia, que tuvo novia y una hija. A sus biógrafos les parece curioso que atacó más por su sed de venganza y no por una causa. Cuando las autoridades francesas capturaron a su entonces esposa Magdalena Kopp, el Chacal reaccionó con explosivos en un tren de alta velocidad que iba de Marsella a París y en una estación de esta ciudad costera. Por ese hecho, Francia no descansó hasta dar con él. Con el tiempo, los dictadores que lo protegían fueron perdiendo la paciencia, hasta que cayó en manos de los franceses en 1994 en Sudán. Desde entonces, pasa sus días en la prisión de La Santé de París, de donde no saldrá con vida. 

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