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| 5/6/2002 12:00:00 AM

El coleccionista

Europa está de luto por la muerte del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, propietario de la mayor colección de arte del mundo. Tenía más de 1.500 obras de los grandes maestros de la pintura.

Hay personas que se vuelven famosas por tanto salir en las portadas de las revistas del corazón y el barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, quien falleció la semana pasada en España a los 81 años debido a un problema cardíaco, fue una de ellas. Desde que el aristócrata de origen holandés contrajo matrimonio con Carmen Cervera, una ex reina de belleza española, en 1985, su nombre abandonó la sección económica de los principales diarios del mundo para mudarse a los titulares de la prensa rosa. Para revistas como Hola, Diez Minutos y Lecturas lo importante no eran los negocios del grupo Thyssen-Bornemisza —propietario de 250 empresas, entre las que se incluyen astilleros, fábricas de vidrio, plástico y autopartes, cervecerías, laboratorios de robótica y compañías de tecnología informática y maquinaria agrícola— sino la apasionante historia de amor entre el entonces sexagenario magnate y la avispada Carmen, que no sólo había conseguido conquistar el corazón de uno de los hombres más ricos de Europa (su fortuna se estima en más de 3.000 millones de dólares) sino que había logrado que su galán otoñal adoptara como propio al hijo que la ex reina había tenido con un hombre cuya identidad se desconoce. Pero Carmen no sólo obtuvo beneficios para ella y su familia sino para toda España. La encantadora ‘Tita‘ logró lo que parecía imposible: convenció a su marido de dejar en suelo español la colección privada de arte más importante del mundo. Después de varios años de tires y aflojes en 1993 el barón entregó uno de sus mayores tesoros a cambio de 350 millones de dólares. Una verdadera ganga si se tiene en cuenta que la casa de subastas Sotheby’s avaluó la colección en 2.000 millones de dólares. Obras de Goya, Ghirlandaio, Rubens, Rembrandt, Tiziano, Canaletto, Durero, Van Eyck, Caravaggio, Renoir, Monet, Gauguin, Degas, Van Gogh, Cezanne, Braque, Picasso, Mondrian, Miró, Kandinsky, Dalí, Magritte, Rothko y Pollock, por citar algunos, hacen parte de la selección especial de 775 obras que el barón accedió a negociar con el gobierno español para que fueran expuestas en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Convencerlo no fue fácil. Durante años varios países y empresas multinacionales habían intentado adueñarse de la colección pero el barón nunca había dado su brazo a torcer. La razón: creía que los gobiernos debían meterse la mano al bolsillo y pagar una buena suma por el privilegio de tener lo mejor del arte mundial en su territorio. Por este motivo descartó la oferta del gobierno suizo de pagar tres millones de dólares por la ampliación de su museo en Lugano, rechazó la propuesta de Disney de exhibir su colección en Orlando y se arrepintió de negociar con el Museo Getty de California porque no le gustó el diseño del edificio en el que querían exhibir sus pinturas. Igual suerte corrió la iniciativa británica, liderada por Margaret Thatcher y el príncipe Carlos, quienes se quedaron con las ganas de llevar la colección a Londres. La muestra del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid hace parte de las 1.500 piezas que componen la colección privada que el barón fue recopilando a lo largo de 40 años. Las obras restantes se encuentran en residencias familiares o en diferentes museos del mundo en calidad de préstamo. Unicamente la reina Isabel II de Inglaterra posee una colección más importante que la del difunto, pero aún así la labor del aristócrata fue impresionante pues pocas personas en el mundo son capaces de invertir cada año cerca de 57 millones de dólares en la compra de obras de arte. El propio barón explicó en diversas entrevistas la razón de su pasión: “Aunque la colección es mía tiene primordialmente un sentido social y comunitario porque el arte es patrimonio de la humanidad. Mis cuadros no son solamente para mi deleite, sería el mayor de los egoísmos. Me apasiona la pintura y tengo en el fondo de mi alma una veta de artista. Sé que no sé crear, que no sé ponerme ante un lienzo, pero tal vez mi contribución a la historia de la pintura sea esto que hago: abrir las puertas de mi casa para que admiren lo que yo tengo la oportunidad de admirar”. En España las opiniones están divididas y mientras algunos consideran que el aporte del barón al círculo cultural español es invaluable, otros consideran que sólo se trató de una transacción comercial y que el aristócrata estaba lejos de ser un alma caritativa pues todo el tiempo trató de manipular la negociación. La muerte del barón tiene acongojado al mundo del arte pero nada se compara con el luto de las revistas del corazón, que han tenido que despedir a otro de sus grandes protagonistas.
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