08 diciembre 2012

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El cóndor del arco

HOMENAJECon la muerte de Miguel Calero, quien a lo largo de dos décadas fascinó a miles con su personalidad arrolladora y sus espectaculares atajadas, el fútbol pierde a uno de sus mejores exponentes.

El cóndor del arco. Tras la muerte de Miguel Calero, de 41 años, las directivas del Pachuca han contemplado la posibilidad de bautizar una calle en su honor e incluso algunos hinchas sugieren que se cambie el nombre del estadio Hidalgo por el del vallecaucano.

Tras la muerte de Miguel Calero, de 41 años, las directivas del Pachuca han contemplado la posibilidad de bautizar una calle en su honor e incluso algunos hinchas sugieren que se cambie el nombre del estadio Hidalgo por el del vallecaucano.

Foto: AFP

Después de vivir 11 años en México, los multitudinarios homenajes, el llanto y las barras de los hinchas del Pachuca dejaron claro el lugar que Miguel Ángel Calero ocupaba en el corazón de ese equipo. "Tuzo por siempre", decía el féretro que más de 5.000 fanáticos despidieron en el estadio Hidalgo,
donde el Cóndor, como lo llamaban dada la gran extensión de sus brazos, se volvió su futbolista estrella. No en vano llevó el brazalete de capitán durante varios años y muchos coinciden en que jugó un papel clave para que ese club se convirtiera en uno de los más exitosos del país azteca.

El año pasado se retiró de las canchas para dedicarse a preparar a otros porteros que querían seguirle los pasos. En 20 años de carrera, Calero acumuló toda clase de triunfos y reconocimientos. "Tenía una condición física impresionante y sabía tapar el arco con su presencia", dijo a SEMANA el periodista deportivo Iván Mejía Álvarez. Sus increíbles atajadas no eran lo único que lo identificaba en el césped. Aun en los encuentros más decisivos hacía reír al público y a sus compañeros con algún gesto o chiste, costumbre que le hizo ganarse el apodo de 'el Show' Calero. "Era un líder espiritual que contagiaba alegría. Siempre mantenía al grupo unido con sus ocurrencias", añade Mejía.

Su espectáculo terminó la semana pasada con una trombosis que derivó en muerte cerebral. Ya en 2007, un coágulo de sangre en una vena del hombro izquierdo lo había enviado al quirófano. En esa ocasión, impaciente por volver al arco, se recuperó en la mitad del tiempo recomendado por su doctor. Porque la perseverancia era otra de las características del vallecaucano. "Nunca faltó a una sola concentración. Llegaba con tan buena disposición que se ganó el cariño no solo de sus compañeros y del cuerpo técnico, sino hasta de las señoras del aseo", contó a esta revista Fernando 'Pecoso' Castro, quien lo dirigió en el Deportivo Cali.

Su sueño de ser futbolista empezó a hacerse realidad en el Real Independiente, club de su natal Ginebra, en el que debutó como delantero. Sin embargo, prefirió seguir los pasos de su hermano Milton, quien era arquero en las divisiones menores del Cali, e ingresó a la escuela Carlos Sarmiento Lora. Allí lo formó el mejor entrenador de arqueros del país, Carlos Portela, y se encontró con otros dos talentos bajo los tres palos, Óscar Córdoba y Faryd Mondragón. Ese trío custodió el arco de la Selección Colombia durante más de 15 años y formó parte de la generación dorada de futbolistas que clasificó a tres Mundiales, entre 1990 y 1998.

Debutó oficialmente en el Sporting de Barranquilla, donde defendió el arco durante año y medio, y nunca perdió un clásico frente al rival de patio, el Atlético Junior. A su regreso al Cali fue suplente de Mondragón y asumió la titularidad en 1992. Defendió los colores del equipo azucarero durante siete temporadas y consiguió la sexta estrella en 1996, bajo el mando de Castro. De allí pasó al Atlético Nacional de Medellín. Su transferencia, que costó 1.300 millones de pesos de la época, fue la más cara en la historia del fútbol colombiano. En el club paisa estuvo solo dos temporadas, pero fueron suficientes para acumular títulos.

En 2000 entró a formar parte del Pachuca, club sin mucho renombre que había ascendido un par de temporadas atrás, pero que durante la primera década del siglo XXI, con él como figura y capitán, se convirtió en uno de los mejores de la liga azteca y de América.

Toda esa brillante trayectoria lo volvió un ídolo tanto en Colombia como en México, donde se nacionalizó. Por eso, sus cenizas serán repartidas entre ambos países y en los próximos meses recibirá varios homenajes. Desde ya los directivos del Pachuca se comprometieron a retirar el número 1 de la camiseta, erigirán una estatua en su honor y bautizarán una calle con su nombre. Esta muestra de amor era recíproca, pues como él mismo lo pronosticó el día que se retiró: "Llegué tuzo, crecí tuzo, me voy tuzo y seguramente moriré tuzo".
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