Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/08/24 04:00

El defensor de los malos

A los 88 años murió en París uno de los juristas más brillantes pero odiados de Francia. Jacques Vergès dedicó su carrera a defender a los indefendibles.

Jacques Vergès siguió defendiendo a dictadores y terroristas hasta su muerte, el 15 de agosto pasado. Algunos de sus antiguos clientes asistieron a su funeral. Foto: Getty Images

La iglesia de Santo Tomás de Aquino en París se llenó el pasado martes de gente vestida de luto. Estaban dos consejeros de Laurent Gbagbo, el preso expresidente de Costa de Marfil acusado de crímenes de lesa humanidad. 

La ministra de Cultura de Argelia fue con un grupo de militantes del Frente de Liberación Nacional, calificado de terrorista. A la entrada del templo había una corona de rosas rojas enviada desde la cárcel por Georges Ibrahim Abdallah, el líder de las violentas Facciones Armadas Revolucionarias Libanesas. Y Dieudonné, un humorista antisemita, estaba inconsolable. Los clientes de Jacques Vergès, cada cual a su manera, se despidieron de su abogado, el único que se atrevió a defenderlos cuando cualquier otro habría rechazado sus casos por razones obvias. 

Siempre con un puro, gafas y una sonrisa arrogante, Vergès era un hombre encantador y, aunque muy sincero –no dudaba en decir que habría defendido al propio Hitler–, muchos de sus secretos murieron con él. 

Nacido en 1925 en Tailandia, su padre era cónsul de Francia y su madre una vietnamita. Como el gobierno francés prohibía los matrimonios interraciales, la familia se mudó a la isla de La Reunión. Aunque su madre murió cuando tenía apenas 3 años, durante toda su vida Vergès sostuvo que ese tiempo le bastó para inculcarle a su hijo un sentimiento anticolonialista que luego guiaría su carrera. 

Sus éxitos comenzaron en 1957 cuando defendió al Frente de Liberación Nacional, el grupo que luchaba por la independencia de Argelia y que incurrió en sangrientos actos de terrorismo. Por ese caso conoció a su esposa, Djamila Bouhired, una revolucionaria condenada a muerte por poner una bomba que mató a varios oficiales franceses. 

La estrategia de Vergès para salvarla fue sacar su caso de los tribunales y mostrarlo a la opinión pública, algo que en los años cincuenta nadie había intentado. Y funcionó: el presidente francés no se atrevió a ejecutarla por miedo a la reacción del pueblo. Después de cinco años presa fue liberada cuando Argelia logró su independencia. Se casó con Vergès dos años más tarde y tuvieron dos hijos.

En 1970 Vergès desapareció durante ocho años. Un día le dijo a su familia que iba a España y no volvió sino hasta 1979. Nunca se ha sabido qué estuvo haciendo durante el tiempo que llamó “vacaciones”, pero se especula que pudo estar en Camboya asesorando al dictador Pol Pot, líder de los Jemeres Rojos, o entrenando con los palestinos en Yemen o Jordania. 

Al abogado le divertía enormemente la intriga que lo rodeaba: “Que no sepan dónde estuve es el mayor misterio y demuestra el fracaso de nuestras Fuerzas Especiales”, dijo una vez. El servicio secreto francés tuvo a Vergès en la mira durante muchos años y, de hecho, el abogado le atribuía un atentado que sufrió en la década de los cincuenta. 

Aunque no se sepa qué estuvo haciendo en esa época, la experiencia podría haberlo afectado, porque el perfil de sus clientes comenzó a cambiar: pasó de trabajar con revolucionarios anticolonialistas –una causa que él mismo había seguido desde joven–, a defender a nazis como Klaus Barbie y políticos de alto perfil involucrados en matanzas y crímenes de guerra (ver recuadro). Incluso se dijo que iba a defender a Saddam Hussein y terminó siendo el abogado de Tariq Aziz, su mano derecha. 

Vergès, más que abogado, era un actor que transformaba las cortes en escenarios. Presentaba a asesinos como personas que cometieron errores pero por las que aún se podía sentir empatía. Además, tenía un particular talento para voltear el juicio: quitaba la atención sobre sus clientes y la dirigía hacia las fallas del sistema y las injusticias del colonialismo.

  

Así, más que defender a un cliente en particular, Vergès atacaba al establecimiento y recordaba constantemente sus errores. Según su manera de verlo, el sistema judicial era en realidad el instrumento de la justicia de los vencedores: “Por ejemplo, en Núremberg, los nazis sí eran culpables, pero ¿quién los juzgó? ¿Los franceses? En las colonias francesas obligaban a los negros a trabajar a punta de pistola, pero ¿quién juzgaba a los responsables?”. 

En 2008 Vergès dejó de improvisar escenarios en la corte y se subió a las tablas de verdad. Montó un monólogo en el que contaba sus anécdotas personales y hablaba de historia y de filosofía. “¿Cómo pudo representar a semejante criminal?”, se preguntaba a sí mismo en la obra y respondía: 

“Preguntarle eso a un abogado es tan absurdo como preguntarle a un médico ¿cómo pudo tratarlo?”. Hace unos años cuando SEMANA lo entrevistó, Vergès aseguró que todo el mundo, por malo que sea, tiene derecho a un abogado: “Me gustaría defender hasta a mi peor enemigo; esa sería la máxima moral”.

 

Vergès sufrió un infarto en una habitación con vista al Museo del Louvre, la misma donde murió Voltaire en 1778. Como dijo su editor Pierre-Guillaume de Roux: “El lugar ideal para el último acto teatral de este actor nato quien, como Voltaire, cultivó el arte de la revuelta y el cambio permanente”. 

A capa y espada

D­urante su carrera Jacques Vergès acumuló una lista de clientes sanguinarios: genocidas, terroristas y criminales de guerra lo buscaron para que defendiera sus peores atrocidades.


 

Klaus Barbie 

Este jefe de la Gestapo se ganó el apodo de El carnicero de Lyon durante la Segunda Guerra Mundial. Envió a unas 7.500 personas a los campos de concentración, de las cuales murieron más de 4.000. Cuando finalmente lo encontraron en Bolivia fue deportado a Francia, donde lo condenaron a cadena perpetua. En su defensa Vergès quiso demostrar que Barbie no era un monstruo. “No eres mejor ni peor que un oficial norteamericano en Vietnam o que uno ruso en Kabul”, le dijo.

Slobodan Milosevic

Era presidente de Serbia durante las guerras que llevaron a la desintegración de la ex Yugoslavia, que se han clasificado de limpieza étnica. Por su papel en el genocidio de albaneses en Kosovo es llamado El carnicero de los Balcanes. En 2001 Milosevic fue condenado a cadena perpetua por crímenes de guerra y contra la humanidad. Murió cinco años después en la cárcel y Vergès insinuó que había sido envenenado. 


Ilich Ramírez Sánchez, el Chacal

Ilich Ramírez Sánchez, conocido como Carlos o el Chacal, cumple dos condenas de cadena perpetua en Francia por asesinar a tres personas en 1975 y a otras 11 en ataques de bombas en los años ochenta. Su peor acto terrorista fue el secuestro de los miembros de la Opep en Viena en 1975. Vergès defendió inicialmente a Magdalena Kopp, esposa del Chacal, cuando la encontraron en París con un carro lleno de explosivos. Luego trabajó con él unos cinco meses, hasta que se pelearon. 


Khieu Samphan 

Todos recuerdan a Pol Pot como el líder de los Jemeres Rojos y del régimen que exterminó a 2 millones de camboyanos entre 1960 y 1998. En los años setenta, Khieu Samphan ejerció como presidente de Camboya y segundo al mando. En 2007 fue arrestado y acusado de crímenes de lesa humanidad y genocidio. Según Vergès, Khieu no fue el responsable directo de la muerte de miles de personas, pese a que muchos de estos crímenes sucedieron durante su gobierno. 

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