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| 6/16/1997 12:00:00 AM

EL DESCANSO DEL PATRIARCA

Douglas Botero Boshell fue uno de los más importantes políticos conservadores de la época del Frente Nacional. Pero, más que eso, fue un gran ser humano.

Douglas Botero Boshell no es un nombre reconocido inmediatamente por las nuevas generaciones. Sin embargo quienes vivieron los altibajos y vicisitudes del Frente Nacional lo consideran un personaje clave de este período de la historia.
Su carrera política fue importante. Fue ministro de Comunicaciones y posteriormente de Gobierno del presidente Carlos Lleras Restrepo. Durante cuatro años fue embajador en Estados Unidos del presidente Misael Pastrana Borrero. Luego fue embajador en Venezuela durante la administración de Alfonso López Michelsen. Esta trayectoria habría sido importante en sí misma, pero su papel fue más allá de los cargos que ocupó.
Era un hombre de una personalidad arrolladora que nunca pasó inadvertido. Un temperamento discreto y un finísimo sentido del humor constituyeron sus características más sobresalientes. Fue un triunfador permanente dotado de una capacidad de gozar la vida que todo el mundo le envidiaba.
Douglas Botero Boshell nació en el seno de una rancia familia bogotana. Tuvo una juventud dorada como un dandi muy cotizado en la época de los años 40. Contrajo matrimonio con la distinguida dama de la sociedad caleña Irma Caicedo, hija del gran pionero de los ingenios azucareros del Valle del Cauca, Hernando Caicedo. A partir de ese momento su vida la alternó entre los altos mundos de los negocios y la política, actividades en las que siempre fue exitoso.
Además de sociable y gran conversador, Douglas Botero sobresalió por ser un intelectual y un político de convicción. Ahora que nadie se precia de ser conservador, fue militante del partido azul con una pasión y una coherencia dignas de sus fundadores. Como representante de ese partido llegó a ser uno de los personajes más importantes de la vida nacional durante los mandatos de Lleras y Pastrana, quienes no dejaron de ver en él el don del consejo. Toda esta filosofía conservadora la expresó una y otra vez en su columna de prensa firmada con el seudónimo de Kerensky.
Sin embargo el mayor triunfo de este patriarca fallecido la semana pasada no lo tuvo ni contra sus rivales políticos ni contra sus rivales en los negocios, sino contra el único golpe bajo que recibió del destino: un absurdo de esos que suceden en la vida lo dejó ciego. Esa circunstancia habría sido suficiente para amilanar a cualquiera. Más a un hombre de la vitalidad y la condición de lector voraz que tenía Douglas Botero. Ese reto acabó convirtiéndose en la última gran batalla. Y también la ganó.
Acostumbrado toda la vida a leer obras infinitas y a recorrer los grandes museos del planeta, se acomodó a las circunstancias para proseguir con esas actividades. Todos los días le leían no sólo la totalidad de la prensa sino cuanto libro despertara su curiosidad. Pero además, año tras año, regresaba a los más importantes museos europeos, los cuales conocía como la palma de su mano, y sin el don de la vista, acompañado de alguien que le servía de lazarillo, los recorría de principio a fin, parando frente a cada uno de los cuadros que le habían alegrado tanto la existencia. Sus acompañantes se quedaban estupefactos de ver a este hombre ciego disertando sobre las obras maestras con mucho más conocimiento y detalle que aquellos que podían ver.
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