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| 3/21/1988 12:00:00 AM

EL ELOGIO DE LA DIFICULTAD - JOTA EMILIO VALDERRAMA

La vida del dirigente antioqueño estuvo marcada por la lucha.


"Tranquilos, que si nos matamos, tenemos una muerte con altura". Con esa frase, que reflejaba muy bien su personalidad y su sentido del humor, tranquilizó J. Emilio Valderrama a sus acompañantes cuando, hace 3 años, la avioneta en que viajaban tuvo una falla y entró en barrena sobre el departamento del Valle. Aunque en esa ocasión la cosa no pasó a mayores, la anécdota es referida con tristeza por los testigos hoy, cuando se llora la muerte del dirigente antioqueño.

La semana pasada, en cambio, el destino fue implacable con J.Emilio. El helicóptero de Helicol acababa de dejar a su ahijado político, el representante Fabio Valencia Cossio, en la población de Jericó, y al llegar a Granada se precipitó sobre el techo de la escuela para caer, invertido, en el patio de los recreos. Nadie recuerda con precisión cómo fueron los últimos momentos de lucidez del jefe conservador, pero todo parece indicar que no perdió el conocimiento inmediatamente y que, en medio de su dolor, les pidió a unas monjitas que rezaran por él. Pocos minutos más tarde, perdió el conocimiento para jamás recuperarlo.

Así, con un golpe inesperado, concluyó una vida marcada por la lucha y caracterizada como un verdadero elogio de la dificultad, desde que nació en medio de la "pobreza absoluta" el 22 de octubre de 1929 en el corregimiento de San José en Toledo (Antioquia). Si de alguien puede predicarse que partió de cero es de Valderrama. Sus estudios se suspendieron en Toledo apenas en 5° de primaria, y entonces el niño no tuvo otro remedio que poner un "granerito" para ayudar al sostenimiento de su casa. Con la meta de ahorrar para poder estudiar, le metió aguardiente al negocio y se convirtió en el cantinero más joven de la historia del pueblo. No era tan joven cuando por fin pudo comenzar el bachillerato, a los 19 años, que es cuando generalmente se termina. En medio de grandes dificultades, llegó finalmente a Bogotá para iniciar estudios de Derecho en la Universidad Javeriana, a sabiendas de que no tenía suficiente dinero para hacerlo. Pero su insistencia impresionó tanto al padre Emilio Arango, que lo acepto pagando la matrícula a plazos. En Bogotá tuvo el apoyo, no solamente de la Universidad, sino de la familia Armel Arenas, en donde vivió durante la mayor parte de la carrera. Fue entonces cuando le salió el antioqueño: en compañía de su "hermano" Ariel Armel, alquilaban teatros para presentar películas y vidrios de publicidad. Con este negocio y la administración de la cafetería de la Javeriana le fue tan bien, que pudo comprarles una casita a sus viejos en el pueblo.

Pero desde entonces la política ya había llenado su visión del futuro. No bien de regreso a Medellín y terminada su judicatura en Abejorral, reinició sus actividades políticas y en medio de ellas, ofreciéndole un periódico proselitista, conoció a quien sería la mujer de su vida: Angela Vélez, con quien se casó en 1959. Comenzaron por esa época las grandes gestas de J. Emilio. Se propuso tomarse la dirección del Partido Conservador en Antioquia y lo logró, derrotando al famoso "notablato" de entonces. Para ello, fue decisiva una característica de su quehacer político que lo acompañaría toda la vida: su contacto intimo con el pueblo, y una gran capacidad de recorrer regiones en cuanto medio de transporte estuviera a su alcance.

La lealtad a las ideas caracterizó todos sus actos: Cuando la Convención conservadora de 1970 terminó en empate entre Misael Pastrana y Evaristo Sourdís, desechó la propuesta de apoyar una tercería en la persona de Ferando Gómez Agudelo, por mantenerse en la línea de la renovación de la dirigencia, y a despecho de la amistad que lo unía, y lo unió hasta el fin con el patricio antioqueño y su familia.

Esa fidelidad a las ideas fue también decisiva en su fallida aspiración a la designatura y en ninguna de sus dos oportunidades quiso rebelarse contra la jerarquía, en aras de la unidad de su partido. Incluso en la última candidatura de Alvaro Gómez Hurtado, a pesar de haber hecho una campaña combativa para lograr la nominación de su partido y haber criticado duramente a Gómez, cuando éste fue escogido, no tuvo reparo alguno en acompañarlo intensamente en las giras que siguieron.

Siempre en la tónica de la rebeldía contra lo establecido y anquilosado uno de sus grandes logros al final de su vida fue el triunfo de la propuesta pastranista de cambiar el nombre a su partido por el de "Social Conservador". No en balde había despertado reticencias con su política de avanzada al frente del Ministerio de Agricultura en el gobierno de Lleras Restrepo, cuando no tuvo inconveniente en empezar la "incorización" de la hasta entonces intocable Sabana de Bogotá.

Campesino raizal, a quien el paso por las embajadas no le quitó su aire desparpajado y simpático, fue hasta el final excelente miembro de familia.

Tenía sus últimas ilusiones puestas en una finca que había adquirido en Cajicá, donde tenía algunos ejemplares del animal que más amó: el caballo. Fue precisamente montando un caballo que fue atropellado por un camión, en un accidente que casi le quita la vida en 1985 y que todos recordarían el domingo 14, cuando se conoció la caída del helicóptero en San Francisco.

Pero a pesar de que su vitalidad era enorme, y se encontraba en el cénit de su carrera política, de alguna manera se sentía con el sol a las espaldas. Fabio Valencia Cossio, quien se apeó del aparato en la anterior escala, refiere que en el último viaje, le confió que esa, la batalla por la elección de alcaldes, era su gesta más importante, y que tal vez con ella se retiraría del protagonismo en la política. Contra lo que muchos pensaban, no aspiraba ya a ser candidato a la presidencia.

Hoy Valencia Cossio recuerda que cuando, en 1972, la derrota del Conservatismo Progresista en Antioquia fue total, él se echó a llorar y J. Emilio le dijo: "No se preocupe, llore, que en política estas pueden ser sus prioneras lágrimas, pero no serán las últimas.
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