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| 9/16/2017 10:15:00 PM

Rafael Manzano, la voz española de la W

Muchos conocen su voz, pocos han visto su cara. ¿Quién es este cultísimo y bien informado catalán que se ha convertido en una pieza clave en el equipo periodístico de Julio Sánchez Cristo?

Con el paso de los días, las voces de la radio se convierten en más que solo eso. Adquieren las cualidades de una presencia cercana que comparte desde los hechos más frívolos hasta los que cambian el curso de la humanidad. Por poco más de cinco años, en la mesa de trabajo de las mañanas en la W Radio, Rafael Manzano se ha ganado un lugar propio y apreciado por la audiencia. Su estilo informado, universal y franco da muestras de una caballerosidad que extiende a hombres y mujeres por igual, estén o no de acuerdo.

Curiosamente, Manzano no cree en las voces y asegura que, como a la mayoría de los mortales, escucharse le da una pena terrible. “Creo en los contenidos”, sentencia desde Madrid. “A menos que seas tartamudo, tú tienes tu oportunidad en la radio si tienes historias que contar y las sabes contar”. Y este nativo de Barcelona sí que tiene tela para cortar. Manzano se crio en salas de redacción en las que trabajaba su padre. Adoptó la reportería y su propio quehacer periodístico lo llevó años después a Moscú mientras la Unión Soviética se disolvía.

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Vino a Colombia enviado por el Grupo Prisa para asumir el cargo de vicepresidente de programación de Caracol Radio. En ese año largo en Colombia influyó en el panorama informativo del país, radial hasta la médula, al traer formatos que hoy parecen de toda la vida, como el caso de Hora 20 : “Creía que un país donde se daban plomo a menudo tenía que discutir más a menudo. Me interesaba que gente con sensibilidades distintas pudiera ponerse alrededor de una mesa y discutir”, cuenta. Luego de Colombia pasó seis años en Argentina y, entonces, hastiado del ajetreo y los desplazamientos, decidió darse un respiro del trabajo.

Su pausa profesional duró hasta que viejos conocidos de Colombia y Madrid tocaron a su puerta un año y medio después. Alejandro Nieto, a quien Manzano reconoce como su guía y lazarillo en Colombia, y a quien extraña profundamente (murió en 2016), le contó que Julio Sánchez recién había perdido una figura en su mesa de trabajo y buscaba alguien que tuviera el mundo en la cabeza y capacidad de análisis. Con Julio hablaron, acordaron darse un mes de prueba, en el que si alguna de las partes no quedaba satisfecha, dejarían el río correr, se tomarían algún trago y seguirían su camino separados.

Cinco años después los colombianos reconocen ampliamente la voz de Manzano. No solo hace parte del programa de la mañana, el más escuchado de esa franja, sino que también complementa el programa de Vicky Dávila. A las ocho de la mañana comienza el día, y aprovecha que vive cerca de la Biblioteca Nacional de España para llegar madrugado a leer todos los periódicos españoles, ingleses y franceses, y consultar los estadounidenses por internet; consigna en su libreta los temas que mencionará en el programa, una costumbre que heredó de su padre.

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Llega a la emisora a las dos de la tarde, es decir, a las siete de la mañana de Colombia, una hora antes de salir al aire. En ese lapso complementa sus temas con cables de última hora y cierra su guion. Y luego viene la cascada de opiniones, diálogos, entrevistas, debates y comentarios. A las diez de la noche llega a casa, revisa un par de periódicos para evitar que algún tema sensible se le escape, y luego se rinde a los libros. Estos días anda sumergido en El Quijote: “Voy a coger el coche y me voy a recorrer por donde pasó el Quijote por Castilla-La Mancha. Con el libro bajo el brazo, voy a ver dónde se enamoró, dónde le dieron la paliza, dónde se peleó con los molinos de viento. Voy a comer lo que comía y a darme un paseo leyendo lo que cuenta”.

Recién cumplió 66 años, pero no hizo nada especial pues “a partir de los 50 los cumpleaños no se celebran, se conmemoran”. Le suena la idea de ser abuelo, y dice que es probable que su hijo mayor, que trabaja en París, esté en camino de darle esa satisfacción. Mientras eso sucede, tratará de llevar a buen puerto la novela que viene escribiendo desde que vivió en Moscú y que por excusas y ocupaciones ha dejado de lado. “No será ninguna maravilla, pero al menos me quitaré la espinita de finalmente lograr hacer eso que me propuse”. También sigue tocando rock con su hijo menor, de 21 años. Pero Rafael no canta, pues le avergüenza su voz, la misma que en Colombia proyecta la imagen de un hombre informado, sensato y honesto.

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