Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/01/19 00:00

El espía que se volteó

Murió Philip Agee, el ex agente de la CIA que conmocionó al mundo cuando denunció los métodos de la agencia norteamericana de inteligencia y reveló los nombres de sus antiguos compañeros.

Varios de sus ex compañeros negaron que Agee hubiera renunciado por problemas de conciencia. Aseguraron que la CIA prescindió de sus servicios porque era alcohólico y acostumbraba coquetearles a las esposas de diplomáticos

En los años 70 y 80, en la lista de las personas no gratas para Estados Unidos, junto a Fidel Castro, Muammar al Gaddafi, el ayatolá Jomeini y Carlos Ilich Ramírez el 'Chacal', figuraba un nombre desconocido: Philip Agee. Aunque no suene familiar como los de los otros personajes, este hombre fue el primero que se atrevió a denunciar los abusos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), especialmente en América Latina, tras permanecer 12 años como agente encubierto.

Agee murió en La Habana, a los 72 años, a comienzos de enero. Y mientras para algunos pasará a la historia como un traidor acusado de trabajar con la KGB soviética, para otros es recordado como una persona que se limitó a seguir el llamado de su conciencia. "Philip decidió no guardar silencio con la esperanza de poner fin al apoyo de Estados Unidos a regímenes crueles, usualmente militares, que controlaban la mayoría de países de la región", dijo a SEMANA David MacMichael, quien fue analista de la CIA y conoció a Agee.

Cuando se le preguntaba por qué había dejado su trabajo, solía responder, con algo de humor, que había sido por amor. "Me enamoré de una mujer que pensaba que el 'Che' Guevara era el hombre más maravilloso del mundo", decía. También le gustaba contar que había entrado a la CIA por amor, pero a su país. "Mi visión de la agencia era bastante romántica. Yo pensaba que en ella podría proteger la seguridad de la nación contra el comunismo y la expansión soviética, mientras ayudaba a otros países a luchar por su libertad", relató en uno de sus libros.

En 1956 un reclutador de la agencia, enviado a la Universidad de Notre Dame en Indiana, le propuso ingresar a sus filas. Agee, quien estaba terminando sus estudios en Filosofía y Derecho, parecía tener el perfil adecuado: excelentes calificaciones, hablaba varios idiomas, provenía de una familia acomodada de tradición católica y aparentemente tenía ideología de derecha.

Pocos años después ya trabajaba en la dirección de operaciones de América Latina. A comienzos de los 60 fue enviado a Quito con el cargo fachada de agregado político. Según Agee, una de sus tareas fue conseguir que Ecuador rompiera sus relaciones diplomáticas con Cuba. Para ello debió espiar, intimidar o sobornar funcionarios, y falsificar documentos, con lo que habría causado graves daños al tejido político ecuatoriano.

Pero el momento de su despertar llegó, según el ex agente, en un momento dramático que ocurrió en 1965 cuando trabajaba en Uruguay. Mientras visitaba a algunos de sus contactos en el cuartel general de la Policía de Montevideo, empezó a oír gritos desgarradores. Uno de los oficiales le dijo que en el cuarto contiguo estaban torturando a un sospechoso de pertenecer a la izquierda, y añadió, agradecido, que era un hombre a quien él mismo había señalado. Ante su gesto de horror, el policía subió el volumen del radio para opacar los gritos. Pero el daño estaba hecho: Agee recordó que había mencionado al sujeto simplemente como "alguien a quien observar".

Ya contemplaba la idea de renunciar cuando lo enviaron a México, durante los Juegos Olímpicos de 1968, como asistente especial del embajador norteamericano, para reclutar personal. Y la masacre de Tlatelolco fue la gota que rebosó la copa. Esa tarde murió un número indeterminado de estudiantes que manifestaban contra el gobierno. Agee dijo en sus escritos que trabajó con el entonces ministro del Interior y futuro presidente, Luis Echeverría, hoy bajo proceso judicial por la matanza.

Agee sostuvo que, aunque iba a ser promovido, su moral católica no le permitía seguir trabajando en una institución que "apoyaba dictaduras, con un costo humano inmenso". Su vida dio un vuelco total. Se separó de su esposa, con quien tenía dos hijos, y empezó una relación con Ángela Camargo Seixas, una brasileña que había sido arrestada y torturada por fuerzas de seguridad de su país por pertenecer a la izquierda. Además cambió de bando: "América Latina es la prueba de que las reformas convencionales no funcionan y para mí es claro que las soluciones reales son las que busca el comunismo, la extrema izquierda. El problema es que estas están en el lado soviético, el chino o el cubano, nuestros enemigos".

Pese a que alegó razones personales, Agee habría empezado a ser vigilado después de renunciar. En sus memorias contó que cuando tuvo la idea de escribir sobre los secretos de la CIA, una amiga muy cercana le regaló una máquina de escribir. Notó que el aparato sonaba raro y descubrió que la mujer le había dejado un micrófono dentro del teclado. Y es precisamente esa la imagen de la carátula de su best seller llamado Inside the Company: CIA Diary, que publicó en 1975 en Londres, donde estaba radicado. El libro reveló operativos secretos de la organización y los nombres de unos 250 agentes encubiertos. El revuelo fue tan grande, que influyó en que el Congreso pasara la ley para proteger la identidad de los agentes clandestinos en 1982.

Sus revelaciones le valieron no sólo que sus antiguos compañeros lo calificaran de traidor, sino que George H.W. Bush, quien dirigió la CIA entre 1976 y 1977, lo responsabilizara de la muerte de Richard Welch, jefe de la agencia en Atenas, asesinado por terroristas griegos el mismo año en que el libro fue lanzado. Aunque Welch no aparecía en la lista de Agee, se dijo que él le había pasado el dato a Counterspy, la publicación que lo habría mencionado. El agente 'converso' se salió con la suya en 1994 cuando Barbara Bush, la esposa del ex presidente, repitió la acusación en su autobiografía. Agee la demandó por difamación y como parte de un arreglo legal ella accedió a omitir los señalamientos en una nueva edición.

Un ex jefe de archivo de la KGB, que secretamente había entregado documentos a la inteligencia británica, aseguró que Agee había suministrado información a la agencia soviética. También se dijo que recibió un millón de dólares de los servicios de inteligencia cubanos. Aunque Agee no ocultaba su simpatía por el régimen castrista, sí comentó que los rumores eran "fruto de imaginaciones fértiles".

En sus memorias contó que fue amenazado de muerte, y que en cinco ocasiones la CIA trató de promover procesos judiciales en su contra. Pero que en todas las oportunidades desitió, ante el riesgo de que en el juicio salieran a la luz documentos poco presentables. En 1977, el entonces Secretario de Estado, Henry Kissinger, habría coordinado una estrategia para callarlo al presionar al primer ministro inglés, James Callaghan, para que lo deportara. La orden se llevó a cabo con la excusa de que Agee era una amenaza para la seguridad nacional, debido a que por cuenta de sus revelaciones dos agentes del MI6 británico habrían sido asesinados en Polonia.

Por si fuera poco, le fue retirado su pasaporte norteamericano. También le negaron la entrada en la mayoría de países europeos, hasta que pudo radicarse en Alemania luego de casarse con Giselle Roberge, una reconocida bailarina de ese país. Después dividiría su tiempo entre Hamburgo y La Habana, donde hace pocos años creó una agencia de viajes por Internet llamada Cubalinda.com, dedicada a promover el turismo de norteamericanos al aprovechar las debilidades de la ley que les prohíbe visitar la isla.

La muerte sorprendió a Philip Agee cuando estaba listo para un nuevo frente de lucha. Tenía previsto dictar conferencias en defensa de 'Los cinco de Miami', los agentes de seguridad cubana que están presos en Estados Unidos desde 1998 por infiltrarse en los grupos anticastristas que operaban en Miami. De esta manera, hasta el final cumplió lo que una vez se prometió: "Yo nunca pararé lo que empecé en Londres".

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