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| 9/25/2005 12:00:00 AM

El garbo de Greta

El mundo recuerda a la 'Divina' del cine en el centenario de su nacimiento. Su halo de misterio no desaparece con el paso de los años.

Greta Garbo hipnotizaba. Lo hacía con su mirada fija y profunda, con su voz ronca, su andar sensual y andrógino, sus silencios, su personalidad distante, la fuerza de su presencia escénica, su carácter imperturbable y, ante todo, con su clase. Esa característica que en castellano hizo tan oportuno el apellido con el que se volvió famosa: 'La Garbo'. También la llamaban 'La divina', quizá más que por su belleza, por ese halo de deidad que la rodeaba. Tanto es así que pese a que su última aparición en la gran pantalla fue hace más de 60 años y que murió hace 15, hoy en el centenario de su nacimiento sigue vigente. "Era un mito inigualable, yo la definiría como la fundadora de una orden religiosa llamada cine. Ella dio al séptimo arte el carácter sacro de una ceremonia religiosa. Fue la impulsora de que se fuese al cine como se iba a misa". Así la describió Federico Fellini.

"Es diosa porque sólo las diosas hipnotizan a sus fieles", explica el escritor R. H. Moreno quien, como muchos de sus seguidores, la admira pese a la distancia generacional. Sin duda su magnetismo es imperecedero porque Greta Garbo es un clásico. Y es que los clásicos, como los dioses, nunca mueren. También lo es porque sólo las diosas son inaccesibles. Ese misterio que la acompañaba frente a las cámaras era al mismo tiempo parte de su vida. Cuidaba en extremo su privacidad, con lo que logró que se tejieran miles de leyendas alrededor de su nombre: mucho se ha especulado acerca de su orientación sexual y hay biografías que incluso insinúan que tuvo un romance con su rival Marlene Dietrich. "Garbo mantuvo hasta su muerte el odio hacia quien la sedujo", escribe la periodista Diana McLellan en su libro Greta & Marlene. Lo cierto es que los críticos consideran que tenía el poder de cautivar tanto a hombres como a mujeres.

Esa altiva mujer poco tenía que ver con Greta Lovisa Gustafsson, su verdadero nombre: la hija de un barrendero y una empleada doméstica de origen campesino, que creció en un paupérrimo barrio de Estocolmo, Suecia, y que a los 10 años dijo que quería ser actriz porque le parecía "elegante". Antes de lograrlo, trabajó en una barbería y en un almacén donde modeló para un catálogo de sombreros. Por esa época la descubrió el cineasta Mauritz Stiller, quien le dio su primer papel importante en Gösta Berlings Saga en 1924. Además de mentor, habría sido su amante y el creador de su nuevo apellido. Según ell, el Garbo se derivó del nombre del rey húngaro Bethlen Gabor, algo que le daba distinción.

Años más tarde, no sólo conquistó Hollywood, sino que su voz grave y su acento nórdico no fueron impedimento para que saliera airosa de la transición del cine mudo al sonoro. "¡Garbo habla!" decía la publicidad de la película Anna Christie. Luego vendrían Mata Hari, Grand Hotel, Anna Karenina, Reina Christina y Ninotchka. La promoción de esta última decía "¡Garbo ríe!" porque en esta cinta la 'doncella de hielo' soltó por primera vez una memorable carcajada. "Ella era el centro de gravedad de todas sus películas cuyas historias eran construidas para exaltarla. Por lo general interpretaba papeles parecidos a ella, mujeres fatales con destinos trágicos", opina el crítico de cine Enrique Pulecio.

En 1941, luego de abandonar el cine a los 36 años con 27 películas, decidió dar inicio a una especie de vida ermitaña y se recluyó en un apartamento en Manhattan del que salía poco y ocultando su rostro con grandes gafas oscuras para evitar a los paparazzi . De esta manera, tal vez sin pretenderlo, logró que la recordaran bella eternamente.
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