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| 1/11/2009 12:00:00 AM

El gran farsante

Clark Rockefeller parecía un miembro típico de la alta sociedad norteamericana. Pero era un impostor alemán que hasta podría haber asesinado para mantener su secreto.

Sandra Boss, senior partner de la prestigiosa firma consultora McKinsey & Company, convivió 12 años con un desconocido. Todo ese tiempo pensó que estaba casada con Clark Rockefeller, descendiente del clan de multimillonarios, un amante del arte que tenía una impresionante colección de obras heredada de su tía abuela Blanchette, viuda de John D. Rockefeller III. Boss siempre creyó que sus suegros habían muerto en un accidente automovilístico y que la madre de su esposo era Ann Carter, famosa por haber sido estrella de cine infantil en los años 40. Al parecer este linaje la sedujo y en un principio ni siquiera le importó que él no ganara dinero como consejero de los países del tercer mundo para el manejo de sus deudas. Le pareció creíble la explicación de su marido de que se trataba de naciones pobres a las que cobrarles sería inconcebible. Al fin y al cabo la plata no parecía problema, pues desde que Sandra se graduó de la escuela de negocios de Harvard su carrera había ido en ascenso. Incluso muchos de sus compañeros rumoraban que todo se debía a que estaba casada con un Rockefeller.

Tampoco le pareció raro cuando Clark insistió en que la hija que tuvieron en 2001 y que en un principio fue llamada Reigh Storrow Mills Rockefeller, llevara solo el apellido materno para evitar que tuviera problemas por su abolengo. Pero con el tiempo, el príncipe fue pelando el cobre: gastaba en carros antiguos y clubes el dinero de su esposa, a quien también maltrataba. Sandra decidió divorciarse y, aparentemente, comenzó a darle crédito a las dudas que desde algún tiempo había tenido. Y sus peores temores se materializaron cuando descubrió en la página web Wikipedia que su supuesta suegra muerta aún estaba viva. Temiendo que hubiera más mentiras pidió la custodia de su niña y se mudó con ella a Londres. Las visitas del padre quedaron limitadas a tres al año bajo la supervisión de una trabajadora social.

Y en realidad, lo único verdadero en la vida de ese hombre era su hija, por lo que ella terminó por ser la causa del final de su farsa de 30 años. En julio del año pasado, la secuestró en Boston durante uno de sus encuentros. Lo primero que hicieron las autoridades fue buscar a Clark Rockefeller en las bases de datos de la nación, pero nada apareció. Tampoco tenía licencia de conducir, su esposa no sabía su número de seguridad social, y sus tarjetas de crédito estaban a nombre de ella. Los miembros de la familia Rockefeller negaron cualquier nexo con el fugitivo. Ese hombre no existía. Martha Henry, presidenta del Martha Henry Inc. Fine Art, quien fue su vecina en Nueva York, le dijo a SEMANA: "Me parecía que había algo raro en él porque no se veía que tuviera dinero, pero pensé que simplemente era excéntrico. Era encantador, muy caballeroso y paranoico supuestamente con su seguridad".

Cuando una foto suya empezó a circular en los medios hubo quienes lo identificaron como Chris Gerhart, otros como Christopher Crowe, y entre las más de cinco identidades que salieron a la luz estaba el nombre de Christopher Chichester, quien decía ser descendiente de la realeza inglesa y que incluso en los 80 había sido buscado por las autoridades que sospechaban podría haber estado involucrado en el asesinato de una pareja en California.

Los investigadores encontraron las huellas del falso Rockefeller en un vaso en la casa de un amigo con el que se reunió antes de huir y que afortunadamente no había lavado los platos. Así descubrieron que su verdadero nombre era Christian Karl Gerhartsreiter, un alemán de 47 años, quien a los 17 había decidido reinventarse. Su familia no había sabido nada de él en dos décadas.

En 1978 su primer destino en Estados Unidos fue Connecticut, donde consiguió alojamiento en casa de la familia Savio ante la cual se presentó como Christian Gerharts Reiter, lo que no parece raro pues muchos inmigrantes cambian sus nombres para que sean más fáciles de pronunciar, argumento que en la actualidad usan sus abogados defensores. Allí se dedicó a perfeccionar el inglés y transformó su apariencia al vestirse como de la alta sociedad. De hecho lo botaron porque trataba despectivamente a los demás residentes. Según los Savio, cuando se fue se hacía llamar Chris Kenneth Gerhart.

En Wisconsin logró su objetivo de obtener la residencia cuando se casó por lo civil con una norteamericana a la que abandonó muy pronto. Luego a San Marino, California llegó como Christopher Chichester, una de sus personalidades más complejas. Con un impecable inglés de acento británico seducía a mujeres mayores y viudas que solían invitarlo a los clubes, pues le creían el cuento de que era descendiente de lord Mountbatten, un diplomático y oficial de la marina británica. Incluso un diario local publicó un artículo que mencionaba al 'distinguido' personaje que vivía en ese lugar y hasta manejó un show de televisión. Decía además que era productor de cine y se las ingenió para asistir a fiestas de Steven Spielberg y George Lucas, donde se codeaba con las celebridades. En esa época vivía gratis en la casa de una mujer llamada Ruth Sohus, pero las cosas se complicaron cuando John, el hijo de esta, y su esposa Linda se mudaron allí. Al parecer John temía que ese extraño se aprovechara de su madre y empezó a investigarlo. También se rumora que Chichester puso sus ojos en Linda. Misteriosamente, la pareja desapareció en 1985.

La Policía quiso interrogar al otro inquilino, pero se había marchado. Casi 10 años después mientras unos obreros hacían una piscina en el patio de la residencia encontraron tres bolsas con huesos humanos y con restos de ropa similares a las que usaba John. Según la revista Vanity Fair, que en una reciente edición reconstruyó toda la historia de este hombre, una vieja amiga de Chichester recordó que antes de que desapareciera le había preguntado por un hoyo en el jardín, a lo que él respondió que estaba tratando de arreglar una tubería.

Ya a finales de los 80, un camión de John había aparecido en Greenwich, Connecticut, cuando un tal Christopher Crowe trató de venderlo. Con ese nombre había trabajado en la destacada firma financiera S.N. Phelps and Company, cargo que al parecer consiguió con su pinta aristocrática. Entonces se presentaba como un productor de cine que había estado a la cabeza de las nuevas versiones de los clásicos de Alfred Hitchcock y solía alardear de su mansión en Paris. Vivía en un apartamento muy bien ubicado pero vacío, y le decía a quienes lo visitaban que los muebles nuevos no le habían llegado. Con este alias también obtuvo un alto cargo en la empresa de Wall Street Nikko Securities International, de donde fue despedido cuando se hizo evidente su inexperiencia. Aun así consiguió empleo en otra inversora a la que renunció diciendo que sus papás se habían perdido en Afganistán. En realidad las autoridades habían descubierto que Chichester y Crowe eran la misma persona pero no pudieron ubicarlo porque se transformó en Clark Rockefeller, personalidad que le duró 16 años.

Su aventura terminó una semana después de haber huído con su hija a Baltimore cuando se había convertido en Chip Smith. Christian Karl Gerhartsreiter fue detenido y acusado de secuestro; también se le investiga por la desaparición de John y Linda Sohus. El juicio se llevará a cabo en marzo. Sus abogados defensores han dicho que él recuerda muy poco de su vida antes de 1992. Por eso insisten en que su cliente no es otro que Clark Rockefeller.
 
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