Martes, 17 de enero de 2017

| 1998/10/12 00:00

EL HEROE DEL MODERNO

Conmoción en Bogotá por la muerte de un profesor del Gimnasio Moderno, quien se ahogó al salvar a tres de sus alumnos.

EL HEROE DEL MODERNO

Para ser un héroe no se necesita volar como Superman, poseer la fuerza de Hércules o tener armas especiales como Batman. Sólo se requiere un gran corazón. De esta clase de héroes era Oliverio Palomá, un profesor de física y matemáticas que, al igual que los de las historietas, estaba dispuesto a arriesgarlo todo por las personas que estuvieran en peligro. Paradójicamente, la hazaña que lo enalteció también le costó la vida.
Todo ocurrió la semana pasada durante la excursión anual de los alumnos de séptimo grado del Gimnasio Moderno. Los 21 muchachos _entre 13 y 14 años_ se reunieron en el aeropuerto el 6 de septiembre para iniciar el recorrido que los llevaría a las paradisíacas playas de Bahía Solano. Estaban emocionados y no era para menos. En estos viajes, que ya son tradición en el colegio, los alumnos conocen de cerca las diferentes regiones del país y ponen a prueba su capacidad de liderazgo, compañerismo y sacrificio. Pero esta expedición, que prometía grandes aventuras, terminó convertida en tragedia.
El grupo de alumnos iba acompañado por los profesores Jorge Cortés y Oliverio Palomá. El primero es el director del curso, un hombre con una trayectoria de más de 20 años al servicio de esta institución. Había hecho este viaje más de 10 veces con total éxito. Palomá era un joven de 33 años, alto y atlético, quien desde hacía tres años dictaba la cátedra de física en el plantel. Por aquellas cosas del destino Palomá tuvo que acompañar al profesor Cortés en este viaje, aunque inicialmente su obligación era ir con otro grupo a la isla de Providencia.
La primera noche los expedicionarios durmieron en un refugio cerca de las playas del Pacífico. Dos días después madrugaron para emprender una caminata de cuatro horas hasta el valle del Chocó, donde visitarían una comunidad indígena. Era la segunda vez que Palomá hacía un viaje con estos niños ya que el año anterior los acompañó a la zona cafetera. Los muchachos lo apreciaban mucho por su carácter amable y descomplicado. Le encantaba su profesión y aprovechaba cualquier oportunidad para impartir conocimiento. Además, como él ya conocía el lugar, estos muchachos citadinos, que no están acostumbrados a la inclemencia de la selva, se sentían seguros con su presencia.
Luego de esa visita a la comunidad indígena los profesores y alumnos pensaron que se merecían una tarde de descanso y qué mejor plan para recuperar fuerzas que un chapuzón en las cálidas aguas del Pacífico. El grupo, excepto el profesor Correa, quien tenía que ir al pueblo a arreglar unos asuntos del viaje, se dirigió a una hermosa playa a 15 minutos del hotel. La tarde estaba soleada y en las mansas aguas no se podía prever la tragedia que estaba a punto de ocurrir.
En vista de que no había oleaje, marea alta ni otra señal de peligro, los jóvenes se lanzaron al agua, teniendo en cuenta de no nadar cerca de los arrecifes que se divisaban a lo lejos. De repente, en medio de las risas y la algarabía, el grupo comenzó a dividirse. "Yo noté que nos alejábamos. Pensé que ellos se habían movido pero en realidad era una corriente que nos arrastraba hacia los arrecifes", dijo uno de los alumnos.
Al principio todos intentaron nadar hacia la playa, donde se encontraban los demás, pero sólo tres lo lograron. Los otros se dejaron arrastrar por la corriente. Hasta este momento no hubo pánico. "Veíamos a los tres tratando de nadar con todas sus fuerzas para alcanzar la orilla, pero lo único que lograban era alejarse cada vez más", agregó uno de los muchachos. La cercanía a los arrecifes comenzó a asustar a los jóvenes y los motivó a llamar a Palomá en busca de ayuda. "Profe, profe", le gritaron. Sin pensarlo dos veces Palomá se lanzó al agua para auxiliar a los tres muchachos. Rescató al primero e hizo lo mismo con el segundo sin ningún inconveniente. Pero cuando fue en busca del tercero la situación se agravó. La marea había subido repentinamente y las olas se habían agitado. Sin embargo Palomá logró alcanzar al niño y lo ayudó a que se resguardara en las rocas mientras el mar se calmaba. Unos habitantes de la zona trataron de prestar ayuda al profesor pero él les dijo: "Tranquilos, ayuden al niño que yo soy capaz solo".
Lo que sucedió después es aún un misterio. Cuando los nativos lograron rescatar al niño se volvieron en busca del profesor pero, para su asombro, su cuerpo flotaba boca abajo. Al parecer una enorme ola lo hizo chocar contra los arrecifes dejándolo inconsciente. "Los negritos trataron de agarrarlo del pelo pero como lo tenía tan corto se les escapó de las manos", dijo uno de los alumnos que todavía no se recupera del impacto. Desde la playa, los demás jóvenes miraban atónitos cómo la fuerza del mar les arrebataba a Palomá sin ellos poder evitarlo.
La desesperación, el horror y la tristeza se apoderó de todos. Ante la tragedia un grupo se fue en búsqueda del profesor Cortés. "Cuando le contamos lo sucedido pensamos que le iba a dar un infarto. Casi no podía respirar y lloraba sin consuelo", dijo un gimnasiano. Los niños empezaron a rezar y avisaron al colegio. Al otro día dos aviones privados los devolvieron a Bogotá.
En los días siguientes la comunidad de Bahía Solano se movilizó para tratar de encontrar el cuerpo del profesor Palomá. Pero la búsqueda solo dio resultados hasta el jueves, cuando lo hallaron en la orilla de una playa.
En Bogotá, mientras 21 familias abrazaban con alivio a sus hijos, otra, al sur de la ciudad, se encontraba sumida en la pena. Don Jairo y doña Flor lloraban la desaparición del mayor de sus cuatro hijos. Al llanto se sumaba el desconsuelo de Norma Constanza Montealegre, la compañera de Palomá, quien se halla en su cuarto mes de embarazo. El dolor es apenas lógico. En su casa, Oliverio era reconocido como un luchador incansable, trabajador, perfeccionista, agradecido y responsable. Por eso, aunque el dolor de la pérdida los embargue, sus padres también se sienten orgullosos de que su hijo haya dado la vida por salvar a unos niños. "Por eso murió. Porque él no les podía fallar a sus alumnos".

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