Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2010/06/12 00:00

El hombre del zapatazo

Admira a Chávez, es fanático de García Márquez y se presenta como un símbolo de la causa árabe. Catalina Gómez, corresponsal de SEMANA en Oriente Medio, habló en Beirut con Muntazer Al Zaidi, el iraquí que en 2008 le lanzó un zapato al presidente Bush.

La leyenda cuenta que los zapatos que Muntazer le lanzó a Bush durante una conferencia de prensa en Irak en diciembre de 2008 fueron destruidos por las fuerzas de seguridad estadounidenses. También que una empresa turca que fabricaba ese modelo hizo millones por la avalancha de pedidos luego del incidente.

Muntazer Al Zaidi ni es coronel, ni es viejo, ni combatió en una guerra olvidada. Tampoco tiene un gallo por el que deja de comer y mucho menos espera a que llegue el viernes con la ilusión de recibir su pensión. Pero aun así piensa que su vida tiene muchas similitudes con aquel personaje entrañable de Gabriel García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba, uno de los tantos libros del escritor colombiano que leyó durante los ocho meses que estuvo preso en Irak. "Los dos esperamos cosas que nunca llegan", dice el periodista iraquí de 31 años, héroe para muchas personas después de que le tiró sus zapatos al presidente George W. Bush durante la última visita de este a Bagdad antes de dejar la Casa Blanca.

Se refiere a miles de promesas, hoy incumplidas, que le hicieron desde todos los puntos del planeta cuando pagaba en la cárcel una condena por su osadía. Entonces le ofrecieron casas, caballos pura sangre y de oro, limusinas, joyas, mucho dinero y hasta vírgenes con las que contraer matrimonio. Así se lo relató a SEMANA en uno de los restaurantes más concurridos de Dahie, sector de Beirut donde vive gran parte de la comunidad chiita, conocido por ser el enclave de la organización Hizbolah en la capital libanesa.

Si todas las noticias que se publicaron en la prensa mundial hubieran sido ciertas, Muntazer se habría convertido en un hombre muy rico. Y él, que viene de una familia chiita bastante humilde que emigró a Bagdad hace décadas, también se creyó el cuento: pensó que tenía el dinero suficiente para crear una fundación a través de la cual podría ayudar a "un millón de viudas y cinco millones de huérfanos de la guerra en Irak", en nombre de quienes, asegura, hizo su acto simbólico. "Este es un regalo de los iraquíes, es un beso de despedida, perro", gritó Muntazer cuando lanzó el primero de los dos zapatos contra la humanidad de Bush.

Semanas después de salir de la prisión dos años antes de lo previsto, por "buen comportamiento", anunció con bombos y platillos desde Ginebra, Suiza, su nuevo papel como filántropo, que hoy parece bastante lejano. Al final, dice, nadie lo contactó para entregarle los regalos. Según cuenta, subsistió gracias al dinero que obtuvo por vender su carro y su apartamento. "No me importan las promesas porque soy un rebelde, no un hombre de negocios", asegura mientras se lleva a los labios la pipa de agua, mejor conocida como narguile, que fuma a medida que responde. Lo hace con frases cortas y precisas, pensadas para causar impacto. Es evidente que conoce bien el oficio del periodismo, y que tiene un discurso preparado para ganarse la simpatía de su interlocutor. Sin embargo, también queda claro que no quiere soltar muchos detalles porque está escribiendo un libro sobre su historia.

En cada afirmación Muntazer trata de demostrar que no ha perdido su idealismo, a pesar de las malas experiencias que ha tenido. Explica que el trabajo de la fundación será lento hasta que recoja el dinero que necesita para impulsarla. Por ahora vive en Beirut en un apartamento alquilado de un sector discreto y da conferencias en Europa y Oriente. Hace eso mientras se arregla su situación legal en Líbano, para comenzar a trabajar en el canal local New TV como periodista experto en temas iraquíes, una de las pocas promesas que le han cumplido.

Atrás quedaron sus tiempos en Al Bagdadiya, el canal para el que trabajaba en la época del zapatazo y que le había regalado una casa después del incidente. "Me la pidieron de nuevo porque yo quería transformarla en un orfanato. Aseguraron que no era para regalarla, así que me la quitaron y no me volvieron a pagar salario", cuenta mientras ríe tranquilamente, algo característico en él. Comenta que les preguntó si podía recuperar su empleo y le dijeron que no, que lo sentían pero que él había decidido crear una fundación y no les interesaba que fuera de un lado a otro para pedir dinero.

Muntazer cree que en realidad tuvieron miedo de contratarlo. Lo mismo sucedió con otras empresas, con países que no quisieron recibirlo y hasta con bancos que se han negado a abrirle cuentas para sus proyectos, para evitar supuestas represalias estadounidenses.

Con cierto halo mesiánico, Muntazer siente que tiene una gran responsabilidad sobre sus hombros al haberse convertido en un símbolo de resistencia para los árabes. "Yo no quiero vivir bajo la gloria y protección del zapato. Tengo más cosas que ofrecer y sigo adelante. Pude haberle pedido al canal casa, trabajo, carro, pero no podía renunciar a mis otros proyectos. Un rebelde no puede aceptar esas condiciones. En el mundo han existido, y todavía los hay, personajes a los que trato de imitar". Y como ejemplo no solo cita a líderes árabes sino a figuras latinoamericanas: "Sigo al Che Guevara, a quien le ofrecieron ser ministro y no aceptó. También a Simón Bolívar y a Hugo Chávez, a quien desafortunadamente no conozco pero saludo sus heroicas posiciones. Es un rebelde, porque siempre ayuda a los pobres y lo más importante es que está en contra de las políticas norteamericanas a pesar de que es su vecino. Él corre mayor peligro porque está más cerca de Estados Unidos". La leyenda cuenta que el Presidente venezolano habría invitado a sus hermanos a vivir en Caracas y que ellos se negaron diciendo que su lugar estaba en Irak.

Al preguntarle si alcanzó a anticipar el desenlace de su historia responde con énfasis: "Es que yo no pensé estar vivo. Cuando fui a tirar el zapato siempre creí que iba a ser el final. Yo esperaba morir. Por eso me quité mi anillo y se lo di a mi colega para que se lo entregara a mi hermano".

En septiembre de 2009 Muntazer fue aclamado como un ídolo por cientos de iraquíes a su salida de la cárcel. Pese a ello tomó rumbo a Siria, único país que lo quiso recibir en un principio, según cuenta. Días después viajó a Beirut, donde consiguió la visa para Ginebra. Allí vivió varios meses hasta que regresó a la capital libanesa por dos razones: "Suiza es muy caro y Líbano es el país más liberal del mundo árabe".

Uno de sus nuevos proyectos es llevar tras las rejas a George W. Bush y a quienes orquestaron la guerra en Irak: "Estoy empezando a recolectar firmas de las víctimas iraquíes que tienen fotos y documentos que muestran las brutalidades que se cometieron. Este material será enviado a Ginebra para dar inicio a un proceso". Lo dice con serenidad a pesar de que sus palabras no suenan muy convincentes. Y es que con el correr de los minutos crece la duda entre si Muntazer es un hombre con ansias de fama o un soñador. Cuenta que les pidió a sus abogados que acusaran formalmente ante una Corte suiza a los políticos de su país aliados de Estados Unidos, pues afirma que la paliza que recibió durante las primeras horas de cautiverio fue de tal magnitud que le rompieron la nariz, un diente, y le generaron problemas en la espalda y las piernas. "Tengo que ir a fisioterapia todavía. Aún así no tengo miedo, voy a volver a Irak. Me fui para hacerme un tratamiento médico porque quedé con muchas dolencias por los golpes. También me llegó información de que querían liquidarme. No me quieren los iraquíes cercanos a los norteamericanos, y son muchos". Pero de sus razones hay una que destaca: "Si me marché fue por mi deber de explicarle al mundo por qué le había tirado un zapato a George W. Bush".

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