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| 3/15/2014 3:00:00 AM

El hombre detrás de Don Draper

Antes de convertirse en el protagonista de ‘Mad Men’, Jon Hamm era un completo desconocido. Ahora que se acerca la última temporada de la exitosa serie, SEMANA habló con él sobre lo que significa dejar el papel que lo catapultó a la fama.

Durante los últimos diez años la gente se ha aferrado tanto a las vidas y las tragedias de los protagonistas de sus series de televisión favoritas, que al final es inevitable preguntarse qué tanto se parecen los actores a sus personajes. La mayoría de las veces, obviamente, la respuesta es negativa: si frente a las cámaras son mujeriegos y fuman y beben como condenados, fuera del set son esposos devotos, odian el cigarrillo y rara vez se toman un trago. Jon Hamm no solo encarna ese estereotipo desde que se convirtió en el publicista estrella de Mad Men, sino que ha tenido que aprender a lidiar con esa clase de preguntas. “Don Draper tiene una vida muy dura y yo tengo una vida bastante buena –le dijo a SEMANA–. Espero que en el futuro al público le guste otra versión de mí y no me recuerde únicamente como el tipo melancólico, borracho y perro de la serie”.

Aun así, imaginárselo sin el pelo engominado ni los trajes de Brooks Brothers será difícil. Ahora que Mad Men, la exitosa producción de la cadena AMC, se acerca a su séptima y última temporada, Hamm empieza a padecer el síndrome del encasillamiento: le pasó a James Gandolfini con Tony Soprano, le ocurre a Bryan Cranston con Walter White y seguro le sucederá a él con Don Draper. “Este programa ha tomado casi una década de mi vida. Siento como si hubiera estado en una montaña rusa de emociones y llegara el momento de bajarse. Yo solo me pregunto: ‘¿Por qué? ¡Quiero seguir!’. Pero las cosas buenas siempre llegan a su fin”, dice.

Ambientada entre los años cincuenta y primeros de los setenta, Mad Men cuenta la historia de un hombre que cambió de identidad para huir de su pasado humilde y convertirse en un alto ejecutivo de una agencia de publicidad en Nueva York. La trama se desarrolla en un contexto donde priman el machismo, la homofobia y el racismo. “Los productores escogieron esa época porque está lo suficientemente alejada de hoy, pero no tanto como para sentirla extraña. Hay comportamientos que nos parecen familiares y nos hacen preguntarnos cuántas cosas en realidad han cambiado en los últimos 50 años”, explica Hamm, quien esta semana cumplió 43, de los cuales ha dedicado los últimos siete a interpretar a Don Draper.

Por eso, si a la audiencia le costará trabajo despedirse de su personaje, a él todavía más. “Los televidentes se identifican con Don, así no sean publicistas, padres o divorciados, porque todos sabemos qué se siente estar insatisfecho. No es un ‘thriller’, sino un ‘show’ que lidia con las emociones. Aborda los conflictos personales que la gente debe enfrentar a diario, que pueden ser tan dramáticos como resolver un crimen o vender drogas”, añade. Al cabo de tanto tiempo es apenas lógico que Hamm hable de su personaje con tal propiedad. Lo paradójico es que estuvo a punto de no interpretarlo, pues además de que era un completo desconocido, cuando lo llamaron a hacer el casting la lista de candidatos la encabezaba nada más ni nada menos que George Clooney.

Su filmografía antes de Mad Men es poco impresionante: un par de apariciones en Ally McBeal, Gilmore Girls y CSI: Miami; un personaje recurrente en Providence y un papel menor en We Were Soldiers junto a Mel Gibson. Nada que destacar y, aunque ahora suene fácil decirlo, obtenerlos no fue tan sencillo. Nacido en Saint Louis, Hamm tuvo una infancia marcada por la tragedia. Cuando tenía 2 años sus padres se divorciaron. A los 10, su mamá murió de cáncer y a los 20, su papá falleció de diabetes. Entonces el grupo de teatro de la universidad se convirtió en su familia adoptiva y solo cuando cumplió 24 se tomó esa pasión en serio.

Después de graduarse de Literatura empezó a dictar clases en el mismo colegio donde terminó el bachillerato. Su faceta de profesor no duró mucho y decidió irse a probar suerte a Los Ángeles a bordo de un Toyota Corolla modelo 86 y con 150 dólares en el bolsillo. Una tía le dio posada los primeros días y luego consiguió trabajo como bartender. “Las mujeres hacían cola en su barra cual alcohólicas con tal de verlo agitar los martini”, recuerda la actriz Kelly Lynch, quien solía contratarlo para sus reuniones privadas. Cuando no era la sensación de la fiesta, se dedicaba a buscar audiciones y contactos en el esquivo mundo de Hollywood. “Fui un huérfano en busca de fortuna en los años de Dawson’s Creek, cuando solo me ofrecían papeles de padre aunque tenía la misma edad de los actores que hacían de hijos”, le contó a El País de Madrid en una entrevista de 2010. Lo intentó todo –llegó incluso a encargarse de la utilería en algunas películas porno– hasta que a los 36 su apariencia dejó de ser un ‘problema’.

Matthew Weiner, el creador de Mad Men, le dio su voto de confianza, a pesar de que Hamm no tenía las credenciales de una gran estrella y de que a una de las ejecutivas de la serie le parecía que no era del todo sexy. Hoy, por supuesto, debe reconocer que estaba equivocada. Desde que le dieron el sí, Hamm no solo ha sido nominado cinco veces a mejor actor en los Globos de Oro –ganó en 2008–, sino que ha ocupado el primer lugar de todos los rankings de los hombres más apuestos del mundo. Intenta, sin embargo, no tomarse a pecho todo lo que le dicen: “La idea de ser un símbolo sexual me parece ridícula. Si me vieran ahora en sudadera mientras mi perra Cora me mira preguntándose cuándo le voy a dar comida y la voy a sacar a pasear, ustedes tampoco lo pensarían. Es absurdo”, bromea.

Y, de nuevo, a diferencia de su personaje, Hamm solo tiene ojos para una mujer: la actriz y directora Jennifer Westfeldt, con quien lleva 15 años de novio. La fama cambió su vida, pero cuando habla da la impresión de que no se le ha subido a la cabeza. Todavía le sorprende el éxito que ha tenido el programa y le agradece a Weiner y al destino haber encontrado a Don Draper. “Puede que no sea un tipo muy querido, pero tampoco es malo –insiste–. Alguien muy sabio me enseñó que uno no debe juzgar al personaje que interpreta, porque corre el riesgo de hacerle daño. Por eso trato de humanizarlo lo mejor que puedo y mostrar que todos podemos ser odiosos a nuestra manera cuando nos sentimos confundidos. Y eso al fin y al cabo es lo emocionante de la televisión: verlo a él y a muchos otros tomando decisiones terribles, y no uno”.

Desde ya anticipa que el último día de grabación será “bíblico”. “Me alegra que la serie termine, pero sé que voy a estar hecho un desastre. He hablado con algunos colegas de ‘Breaking Bad’ y ‘30 Rock’ sobre cómo fue el final, si fue muy duro, y, pues sí, apesta. Te tienes que ir a la casa y es aburrido, pero luego lo superas y haces otra cosa”. Por lo pronto uno de sus proyectos más cercanos es Million Dollar Arm, una película de Disney en la que interpreta a un agente deportivo, que se estrenará en mayo en Estados Unidos. “No creo que actuar sea una competencia en la que te deban estar preguntando si lo que vas a hacer a continuación será mejor o más grande. Honestamente, los actores le debemos todo a los guiones y espero poder encontrar a un escritor o a un director de cine que sea más talentoso que yo y que me rete. Por ahora no tengo nada en mente y soy consciente de que pronto seré un desempleado más”. Ojalá, claro está, no por mucho tiempo.
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