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| 2/12/2006 12:00:00 AM

El hombre que no tuvo infancia

'D'Artagnan' recibió el premio Simón Bolívar a la 'vida y obra'. Sus polémicas columnas se aprecian o se odian con pasión, pero a punta de defender causas impopulares, su lectura se volvió imprescindible.

Roberto Posada es uno de los periodistas más jóvenes que ha recibido el premio Simón Bolívar a la 'Vida y Obra'. Doce días antes había cumplido 51 años, y la mayoría de sus antecesores tenían 60 o más. El número uno, Roberto García Peña, quien lo recibió hace 30 años, tenía 15 más que los que hoy tiene su nieto. Sin embargo, el ingreso de Posada al salón de la fama del periodismo no sorprendió. Para empezar, porque su carrera ha sido muy larga. Roberto nació con la pluma en la mano. Antes de comenzar en El Tiempo y a los 14 años, la columna de 'Un hincha azul', ya había demostrado su vocación. Dirigió El Aguilucho, la revista del Gimnasio Moderno, y en la redacción de El Tiempo, ese niño que llegaba de la mano del director circulaba su periódico La Estrella del mediodía, escrito a máquina en las mismas cuartillas en que los periodistas redactaban las noticias. El experimento fue un buen negocio: no sólo lo vendía -ninguno de los empleados de su abuelo se atrevía a rechazarlo-, sino que también cobraba por los 'avisos' que pautaban. El premio le llegó , además, en un momento clave. Acaba de pasar un largo período de operaciones que ya están superadas, pero que lo tuvieron al borde de la muerte, sobre todo en junio de 2002, cuando una infección alcanzó a poner sus signos vitales más cerca del otro lado que de éste. El proceso dejó huellas en D'Artagnan: en el emotivo discurso que pronunció al recibir el 'Simón Bolívar' dio a entender que ya no está tan cómodo con la fogosidad que le dio prestigio a su columna durante 25 años. Liberado de sus molestias, en el Roberto de hoy salen a flote sus rasgos de amigo y gozador. Uno de sus contertulios hoy es el ex presidente Belisario Betancur, a quien fustigó sin clemencia cuando estuvo en el poder. A Posada García-Peña le cabe el título de una tira cómica de los años 70: Don Fulgencio el hombre que no tuvo infancia. Sus compañeros de colegio lo recuerdan como un adulto, con gustos de viejo desde los prados del Moderno. Hablaba de política. Y ni siquiera le gustaba manejar, fobia que no se le ha quitado: en los años 80 Daniel Samper Pizano heredó en Madrid, donde lo reemplazó como corresponsal de El Tiempo, un Renault 5 que "después de un año y medio tenía sólo 1.000 kilómetros y olía a nuevo". En su juventud despreciaba la rumba y ya dejaba ver el menosprecio por la moda y por ir con la corriente que con el tiempo se convirtieron en el sello de sus columnas. D'Artagnan lleva años encabezando la listas de los periodistas de opinión más leídos del país. Sus columnas son una referencia obligada por su originalidad. Ha sorprendido, sobre todo, a la elite de colegas y a la aristocracia bogotana, al apoyar causas que ellos consideraban indefensables: el gobierno de Julio César Turbay, cuando el estatuto de seguridad y la rivalidad con Carlos Lleras les ponían los pelos de punta. A Jaime Michelsen, durante la crisis del grupo Grancolombiano. A Betancur, el 'Lenin de Amagá'. A Ernesto Samper, en el proceso 8.000. Ganó enemigos por preferir lo original, porque con el mismo gusto con que aprecia la buena comida -su otra pasión- disfruta retar con columnas sobre el orinal, sobre los efectos digestivos de ciertas comidas o con los detalles de un burdel bogotano. El mordaz Vladdo lo bautizó como J'Artagnan, durante el gobierno de Samper, para reflejar la incomodidad que despiertan sus columnas en algunos círculos. No le ha rebajado el mote ni en los últimos años, cuando han hecho una fuerte amistad. La famosa columna, que empezó como'Torre de Control' y hoy simplemente 'Torre', no ha sido la única actividad de Roberto en el periodismo. Dirige las 'Lecturas de Fin de Semana' de El Tiempo, y la revista Credencial. En ambas aparecen artículos suyos. Los del suplemento -titulados 'Olor del tiempo'- son crónicas ligeras diferentes a la política. Los de la revista -'Desde el escritorio de D'Artagnan'-, comentarios sobre restaurantes, lugares de viaje, placeres. Logró vincular sus dos pasiones, el periodismo y la gastronomía en un programa de televisión en el que hace desfilar personajes para preguntarles impertinencias mientras cocina, y obligarlos a probar el resultado del fogón. Es prolífico, a pesar de sus largos almuerzos siempre bien rociados y, dedica cada vez más tiempo a su esposa Lorenza y a sus tres hijos. Ni siquiera durante los penosos momentos de la enfermedad dejó de escribir. O de dictar, porque hace ya años reemplazó el computador por su secretaria, Olga Lucía Sanabria, quien transcribe sus notas. Siempre le ha gustado tener amigos mayores. Su abuelo, Roberto García Peña, director de El Tiempo durante 41 años, fue quien más influyó en su formación. Le infundió la idea de que el periodismo tiene fronteras difusas con la política. Posada defiende el matrimonio entre ambas actividades (aunque jamás ha ocupado un cargo público y hace poco le rechazó a Álvaro Uribe la embajada en Canadá), ve con desdén las teorías que claman por la separación, para él artificial, entre ellas, y hasta añora las épocas en que los periódicos se comprometían en forma más abierta con causas partidistas. Utiliza con frecuencia palabras del castellano antiguo, como las que su abuelo aprendió de Azorín. Y es uno de los pocos comentaristas de hoy que firma con seudónimo. (Como 'Ayax', el mote de don Roberto). Otros personajes de la vieja guardia han sido sus contertulios. El 'Tigrillo' Noriega, ministro de Gobierno de Misael Pastrana, fue uno de ellos. Con Héctor Osuna ha tenido una amistad con altibajos. Germán Arciniegas asistía a sus ya legendarios convites. Pero su gran amigo de toda la vida ha sido Ernesto Samper. D'Artagnan fue el primer periodista que les puso atención a las innovadores propuestas del presidente de Anif a finales de los 70. La relación ha perdurado, hasta el punto que el ex presidente dice que "Roberto es la mejor amiga de Jacquin". Y se extiende a Daniel: este último reconoce que el nombre de su columna 'Reloj de El Tiempo', se lo robó a Roberto de un texto que le había pasado a su abuelo para tratar de convencerlo de que lo dejara publicar un comentario periódicamente. En el gobierno de Ernesto, la espada de D'Artagnan fue aun más aguda. El espadachín encabezó, y de lejos, la corta lista de defensores del cuatrienio. Posada y Samper tienen en común la capacidad de gozar, desde pequeñas cosas hasta los mejores vinos. También los une el disfrute por el humor y por la irreverencia. Y compartieron experiencias al estar entre la vida y la muerte por infecciones en sus sistemas digestivos, motivadas por razones distintas, pero con manifestaciones semejantes y hasta tratadas por los mismos médicos La 'vida y obra' de Posada tiene un largo camino por delante. Sus seguidores no saben si volverá a empuñar la espada (ha sido poco crítico de Uribe) o si la reciente enfermedad le agotó el placer por generar polémica. Pocos saben que hoy día la motivación por el programa de televisión está a punto de superar la de escribir las columnas. Lo más probable es que el D'Artagnan del futuro siga trayendo sorpresas. Eso va con su talante periodístico.
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