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| 12/10/2011 12:00:00 AM

El imperio de la cera

El museo Madame Tussaud, famoso por tener la colección de figuras en cera más grande del mundo, recibe millones de visitas al año. Sin embargo, pocos conocen la historia de su creadora: una visionaria que inauguró el culto a las celebridades.

¡Córtenle la cabeza!", gritaban en las calles parisinas durante la Revolución francesa. El pueblo, liderado por Robespierre, tenía sed de sangre y en el día pasaba por la guillotina a los nobles y a cualquiera que le pareciera sospechoso. En las noches, cuando los ánimos se calmaban, Marie Grosholtz, que luego sería conocida como Madame Tussaud, se escabullía al cementerio de la Madeleine y escarbaba entre las pilas de cadáveres con una linterna. Su misión era robar las cabezas de las víctimas más célebres, preferiblemente cortesanos, para luego elaborar una réplica exacta en cera y dársela a la muchedumbre enfurecida.

Hoy estas cabezas ensangrentadas y otras de sus creaciones hacen parte de la exhibición más grande del mundo de figuras en cera: el museo Madame Tussaud. La colección incluye réplicas de celebridades como Brad Pitt y Angelina Jolie; deportistas de la talla de Muhammad Ali  y Tiger Woods; miembros de la familia real británica como el príncipe Carlos y Lady Di; genios como William Shakespeare y Albert Einstein y líderes políticos como Barack Obama y el Dalái Lama.

La semana pasada, todos estos dobles se vistieron de gala para celebrar los 250 años del nacimiento de su creadora. Solo los personajes más exclusivos de la sociedad británica tuvieron el privilegio de posar al lado de Madame Tussaud. Los elegidos fueron la reina Isabel II, el primer ministro David Cameron, el actor Russell Brand, la actriz Helen Mirren y una de las parejas del momento, David y Victoria Beckham.

Aunque han transcurrido más de dos siglos, la técnica empleada para esculpir las figuras sigue siendo la misma. Nacida en Estrasburgo en 1761, Marie descubrió a los 9 años el arte de moldear la cera. Su tutor, el médico suizo Philippe Curtius, era el dueño de la casa donde su madre trabajaba como ama de llaves y un experto en realizar modelos anatómicos en cera. Él convirtió a la pequeña en su aprendiz, le confió los secretos de su técnica y la motivó a experimentar con frutas y flores, para luego especializarse en rostros.

Curtis no solo fue un maestro para Tussaud. También hizo las veces de padre y la introdujo como su protegida en la exclusiva corte de Versalles. Allí conoció a personajes como Voltaire, quien se convertiría en su primera escultura. Después le siguieron Benjamin Franklin y Jean-Jacques Rousseau. Con su talento, Tussaud se ganó el aprecio de los cortesanos y llegó a ser la tutora de arte de Isabel, la hermana del rey Luis XVI.

Sin embargo, en 1793 su rápido ascenso social casi le cuesta la cabeza: la encarcelaron y la condenaron a muerte por ser la mascota de la monarquía. Incluso, alcanzaron a raparla para ser decapitada. Por fortuna, su mentor intercedió por ella y aseguró que replicaría las cabezas ensangrentadas de los monarcas como prueba de su lealtad a la burguesía.

Una año después, Curtis falleció, ella heredó sus figuras en cera y se casó con François Tussaud, un ingeniero sin aspiraciones. La situación política de Francia era inestable y la crisis económica golpeaba a París. Cada día menos personas estaban interesadas en pagar para ver las esculturas, así que Tussaud abandonó a su marido, tomó su colección de figuras y se radicó en Gran Bretaña. Allí emprendió una gira por las islas que duró 33 años.
En 1835, cansada de viajar, estableció en la calle Baker de Londres su primera exposición. Por seis peniques los ingleses asistieron en masa a observar a los peores asesinos y criminales de ese tiempo en la Cámara de los Horrores. Su racha de éxitos comenzó y el museo se convirtió en la parada fija de turistas y residentes. Con el tiempo amplió e inauguró más salas, siempre con la política de hacer réplicas de las personalidades más ilustres de todas las generaciones.

El último trabajo de Tussaud fue un autorretrato, creado poco antes de morir, a los 89 años. Para entonces, su nombre era tan famoso como su museo, con un promedio de un millón de visitantes al año. Les dejó su colección a sus hijos y nietos, quienes continuaron con el negocio y en 1884 trasladaron las figuras en cera a Marylebone Road, donde todavía permanecen.

Además de ser el museo de cera más antiguo del mundo, el sello que lo hace único es el parecido asombroso entre el doble y el personaje real. Conseguirlo es una tarea ardua que lleva a cabo un equipo de 20 escultores durante cuatro meses y cuesta en promedio 200.000 dólares por figura. Si se trata de una personalidad viva, se toman más de 500 medidas del cuerpo que sirven como referencia precisa para la elaboración. En caso contrario, se hace un modelo a escala a partir de fotos o pinturas del personaje. Los pelos de la cabeza son reales y se insertan uno a uno. También se le aplica un sinnúmero de capas de pinturas y tintes para alcanzar el tono exacto de la piel y del cabello. Este es el mayor desafío. Por último, se pone una copia exacta de su vestuario y se ubica en un escenario diseñado de acuerdo a su perfil.

Se estima que 500 millones de personas han visitado el museo en Londres y desde entonces otras sedes se han establecido en Ámsterdam, Bangkok, Berlín, Los Ángeles, Hong Kong, Las Vegas, Nueva York, Shanghái, Washington y Viena. El próximo año se espera abrir una sucursal en Sydney y otra en Florida.

La idea que se le ocurrió a Madame Tussaud hace más de 200 años de moldear en cera a personajes célebres, hoy sigue fascinando al público. Pamela M. Pilbeam, autora del libro Madame Tussaud and the History of Waxworks y profesora de Historia Francesa, le dijo a SEMANA que la clave del éxito de Tussaud era "saber qué espectáculo podría ser popular e identificar exactamente qué es lo que la gente estaría dispuesta a pagar por ver. Esto, sin contar que era una gran publicista".

La cera permite ver de cerca a alguien que sería imposible conocer por su fama o por cuestiones de distancia geográfica o temporal. Kate Berridge, autora de A Life in Wax, asegura que "la huella de Tussaud en la cultura contemporánea es imborrable. Con su museo sembró la semilla de nuestra obsesión por las celebridades y ese deseo voyerista de espiarlos y sentirlos cerca, así sea con una réplica en cera".
 
El museo en números
 
2.400 libras de cera se necesitaron para elaborar las 400 figuras del museo Madame Tussaud en Londres. Esto equivale a 16.000 velas.

4 metros de altura y 2 metros de ancho mide la figura de Hulk, la más grande de la exposición.

16 centímetros es la estatura de Tinker Bell, la hada más famosas del mundo y la figura más pequeña de la exhibición.

200.000 dólares cuesta la elaboración de una típica figura en cera del Madame Tussaud.
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