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| 3/11/2006 12:00:00 AM

El indio Presidente

Antes de Evo Morales, América Latina tuvo a Benito Juárez, un Zapoteca quien fue presidente de México en cuatro ocasiones. Este año se celebra el bicentenario de su nacimiento.

"El egoísta, lo mismo que el esclavo, no tiene patria ni honor. Amigo de su bien privado y ciego tributario de sus propias pasiones, no atiende al bien de los demás. Ve las leyes conculcadas, la inocencia perseguida, la libertad ultrajada por el más fiero despotismo; ve el suelo patrio profanado por la osada planta de un injusto invasor, y sin embargo, el insensato dice: 'nada me importa, yo no he de remediar al mundo'; ve sacrificar a sus hermanos al furor de una cruel tiranía, con la misma indiferencia que la oveja mira al lobo que desuella el rebaño", escribió en su madurez el hombre cuyas leyes cambiaron para siempre el destino de México.

Hijo de modestos campesinos, Benito Juárez nació cerca de Oaxaca el 21 de marzo de 1806. A los 12 años no sabía leer, escribir ni hablar español. Sólo tenía dos opciones en la vida: seguir siendo un campesino huérfano o ser clérigo. Optó por huir a pie a Oaxaca e ingresó al seminario de Santa Cruz, único lugar en donde se podía estudiar la secundaria. "Leer, escribir y aprender de memoria el catecismo era lo que entonces formaba la instrucción primaria", se quejaría después Juárez, al darse cuenta de que ese método era absurdo.

A causa de tan mezquina educación, una de sus preocupaciones sería la promoción de la libre enseñanza y por eso durante el ejercicio de sus cargos públicos, aparte de su empeño en crear hospitales, instituciones de beneficencia y otras obras en pro de las clases menos favorecidas, promovió la fundación de escuelas. Combatió la corrupción, promoviendo la idea de que los funcionarios del Estado no deben hacer fortuna a costa de él. Para demostrar que su poder no le confería ningún privilegio, cuando murió su hija Guadalupe a la edad de 2 años, y aunque la ley que prohibía el enterramiento de los cadáveres en los templos exceptuaba a la familia del gobernador del Estado, se negó a hacer uso de esta gracia. Él mismo cargó el cadáver al cementerio situado en los extramuros de la ciudad, para sentar un precedente de obediencia a las normas .

Criticó el ocio y la disipación e insistió en trabajar sin descanso por el bien de su patria. Comprometido con la idea de sacar adelante el país, desechó la recomendación de que le convenía ser sacerdote, por la repugnancia que tenía a la carrera eclesiástica. Hacia 1834, año en que obtuvo su licenciatura en derecho, Juárez participó en la aprobación que hizo el Congreso para hipotecar parte de los bienes que administraba el clero con el fin de financiar la guerra contra Estados Unidos. Desde entonces, el clero, los moderados y los conservadores redoblaron esfuerzos para tumbar de la Presidencia a Valentín Gómez Farías, a quien creían el líder de los liberales.

En pocos días, aprovechando que parte de las tropas se batían en defensa de la soberanía en la frontera del norte, lograron atraer al general Antonio López de Santa Anna que se hallaba a la cabeza del Ejército y a quien el Partido Liberal acababa de nombrar Presidente de la República. Pero Santa Anna, siempre ambicioso, abandonó a los suyos y dio el triunfo a los rebeldes conservadores, lo que obligaron a Juárez a exiliarse, primero en La Habana y luego en Nueva Orleans.

Cuando cayó Santa Anna, el nuevo Presidente, Juan Álvarez, nombró a Juárez ministro de Justicia e Instrucción Pública, desde donde legisló en favor de la reforma agraria y propugnó por darle mayores poderes al gobierno civil. Sus ideas liberales quedaron plasmadas en la Constitución de 1857.

Posteriormente, durante el gobierno del presidente Ignacio Comonfort, Juárez fue elegido presidente de la Suprema Corte de Justicia. Por falta de convicciones en los principios de la revolución o por conveniencias personales, Comonfort optó por desconocer la Constitución de 1857 y dar un golpe de Estado, tras el cual hizo encarcelar a Juárez. Esta situación encendió la chispa de la Guerra de Reforma en la que por poco pierde la vida el 'Benemérito de las Américas'. El apoyo de Estados Unidos catapultó a Juárez a la Presidencia de la República. En julio de 1859 expidió las leyes que nacionalizaban los bienes eclesiásticos, eliminaban las órdenes monásticas y separaban a la Iglesia y el Estado.

En 1859, cuando Juárez decretó la suspensión del pago de la deuda externa que México tenía con Gran Bretaña, España y Francia, Napoleón III decidió invadir el país. Con la ayuda de mexicanos conservadores instalados en Europa había decidido restablecer al emperador para mejorar la posición de su país en el mundo. Una delegación ofreció la corona imperial de México al archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo.

El gobierno de Estados Unidos protestó, pero la Guerra de Secesión le impidió ir más lejos. Luego de un plebiscito favorable, Maximiliano se embarcó junto con su esposa Carlota rumbo a Veracruz. Pero la pareja se estrelló con la realidad al observar las pésimas condiciones de vida de los pobres, en contraste con las de la clase alta, y al darse cuenta de que su nuevo reino aún estaba inmerso en una guerra civil y la crisis de la hacienda pública.

Mientras tanto, las tropas francesas continuaban combatiendo contra las fuerzas republicanas lideradas por Juárez, quien se había retirado al norte. El monarca, quien se veía a sí mismo como una figura de integración nacional preocupada por la justicia y el bienestar de sus súbditos, redujo las horas laborales, abolió el trabajo de los menores, liberó a los indios de la servidumbre y prohibió todas las formas de castigo corporal.

Al terminar la guerra civil en Estados Unidos en 1875, el gobierno de Washington presionó a Napoleón III para que retirara al Ejército francés. El triunfo de Juárez estaba cerca. Maximiliano I, resuelto a no abandonar a "su pueblo" ni su trono, marchó con sus 8.000 soldados mexicanos a Querétaro, dispuesto a defender lo suyo. Sitiado por semanas y traicionado por un coronel, se entregó a las fuerzas patriotas.

Un tribunal militar, al tenor de una ley que Juárez había redactado y en la que se imponía la pena capital a los invasores extranjeros y a quienes colaborasen con ellos, condenó a Maximiliano y a sus dos leales generales. Antes de la ejecución, el emperador pagó a sus ejecutores para que no dispararan a su cabeza y permitir así que su madre no fuese a ver su rostro destrozado.

En junio de 1867, en el Cerro de las Campanas, poniéndole el pecho al pelotón de fusilamiento, exclamó en español: "Yo perdono a todos, y pido a todos que me perdonen. Que mi sangre, que está a punto de ser vertida, sea para bien de este país. ¡Viva México! ¡Viva la independencia!". Sin embargo, fue Benito Juárez quien pasó a la historia como el gran defensor de la libertad y la democracia mexicana. "Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz", reza una de las frases que pronunció luego de su victoria.
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