Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2004/11/28 00:00

El invencible

La nueva película de Oliver Stone refleja la vida de Alejandro Magno, un hombre que llevó su ejército hasta los confines del mundo conocido.

Alejandro murió a los 32 años. La leyenda dice que el conquistador del imperio persa fue enterrado en Alejandría.

Alejandro Magno pasó a la historia como uno de los mayores estrategas de todos los tiempos. Un hombre que a los 20 años se convirtió en rey de Macedonia y cuyas gestas, en el mejor estilo de un héroe épico, lo llevaron a dominar la mayor parte del mundo conocido hasta entonces, sin ser derrotado jamás. Sus hazañas han inspirado best sellers, documentales y recientemente una nueva película, Alexander.

Así como su protagonista, la cinta de Oliver Stone es una magna producción de 155 millones de dólares, sin contar los 60 millones de su promoción. "Lo bueno de Alejandro es que ganó. Él siempre va a ser recordado por dos razones: por conquistar el mundo sin haber perdido una sola batalla, y porque era un visionario notable de espíritu generoso", explica el director sobre su fascinación por el personaje.

No es casualidad que una aureola de leyenda y deidad rodee la vida de este implacable guerrero y despierte semejantes pasiones tantos siglos después. "Se trata de un personaje excepcional que en sólo 10 años conquistó el mundo antiguo, desde el Danubio al Nilo y de ahí al río Indo. Su imperio tenía aproximadamente ocho millones de kilómetros cuadrados y lo logró antes de los 32 años, edad en la que murió. La pregunta es ¿cómo habría cambiado el mundo si no hubiera muerto tan joven?", dijo a SEMANA Valerio Massimo Manfredi, profesor de arqueología clásica de la Universidad Bocconi de Milán y autor del best seller Aléxandros.

Alejandro nació en Pella, capital del reino macedonio, territorio ubicado al norte de la antigua Grecia, en el año 356 a.C. Desde niño recibió la influencia de su padre, el rey Filipo II, bajo cuyo gobierno y campañas de expansión Macedonia se convirtió en la cabeza visible del mundo heleno, que estaba dividido por las disputas entre las distintas polis, en especial Esparta y Atenas.

Filippo puso a Alejandro bajo la tutela del filósofo Aristóteles, que lo instruyó en la cultura griega. Su madre, Olimpia, era una princesa de Epiro, con quien al parecer Alejandro mantenía una relación edípica y de quien heredó la ambición. Algunas biografías relatan que para despejarle el camino al trono a su hijo, ella mató a algunas personas, entre ellas una de las esposas de Filipo y a su pequeña hija. Olimpia se encargó de decirle a Alejandro que su padre no era el rey macedonio sino el propio dios Zeus y al parecer se creyeron el cuento de su divinidad pues años más tarde, cuando llegó a Egipto, fue designado hijo del dios Zeus - Amón.

Su espíritu empezó a develarse cuando cumplió 16 años y participó en su primera campaña contra los tribalos y los ilirios, pueblos bárbaros asentados al norte del país. Luego comandó la caballería en la batalla de Queronea, en la cual su padre invadió Grecia y derrotó la coalición de atenienses y tebanos.

Pero a pesar de ser considerado el heredero legítimo, la relación con Filipo se hizo difícil cuando el rey se casó con una joven aristócrata macedonia, lo que motivó el exilio a Epiro de Olimpia y Alejandro. Incluso cuando el monarca fue asesinado se sospechó de la responsabilidad de madre e hijo en el magnicidio. Aun así en el año 336 a.C. el joven se convirtió en rey. Algunos biógrafos cuentan que su primera tarea fue acabar con sus contradictores que lo consideraban inexperto. Luego se dedicó a expandir su reino a costa de los bárbaros y los griegos que intentaban sublevarse del yugo macedonio.

En 334 a.C. dio inicio a su principal empresa: la conquista de Asia, de los territorios del imperio persa, enemigo histórico de los griegos. Expertos hablan de que lo movía un ideal de panhelenismo, otros de su afán por extender el ideal griego de la democracia y eliminar las divisiones entre Occidente y Oriente. Pero muchos piensan que todo se debió a su carácter megalómano: "El fue un monarca absoluto y conquistó por conquistar", opina Elizabeth Carney, autora del libro Mujeres y monarquía en la antigua Macedonia. Sobre su también legendario caballo Bucéfalo, Alejandro comandaba su ejército, que según los historiadores estaba conformado por 7.000 arqueros, 19.000 infantes, 4.000 jinetes y 900 unidades de tropas auxiliares, tanto macedonios como habitantes de los territorios dominados. Se enfrentaron a un ejército muy superior en número con más de 80.000 hombres, sumados a la guardia personal del rey Darío III llamada los Diez Mil Inmortales. La leyenda de Alejandro Magno empezó a forjarse junto al río Gránico (Asia Menor), donde resultó vencedor.

Un año más tarde, en la batalla de Issos, el rey persa huyó hacia el este dejando en manos de Alejandro el tesoro real de Damasco, así como a su madre, su esposa y sus hijos, a quienes les respetó la vida. Luego dirigió sus pasos hacia Palestina y de ahí a Egipto, donde se autoproclamó faraón y fundó Alejandría, la primera ciudad que llevaría su nombre. En el año 331 a.C., Alejandro dirigió sus fuerzas hacia Mesopotamia, donde Darío había reunido un gran ejército y lo venció en la batalla de Gaugamela.

Por esos años el líder macedonio se casó con Roxana, princesa persa con quien tuvo un hijo también llamado Alejandro, quien sería asesinado a los 13 años. De acuerdo con las biografías, Alejandro se habría casado tres veces, principalmente por razones políticas, pues mucho se ha hablado de su ambigüedad sexual, especialmente por su supuesta íntima relación con Hefestión, su mejor amigo. Cuentan que cuando este murió el rey entró en cólera y crucificó al médico que lo había atendido. Y es que sus ataques de ira eran tan fuertes que en una oportunidad, luego de haber bebido, asesinó a su amigo Clito sin importar que le hubiera salvado la vida en una de sus batallas.

Benévolo o cruel, lo cierto es que construyó un imperio como nunca antes se había visto, que incluía territorios que hoy ocupan la totalidad o parte de Grecia, Macedonia, Albania, Turquía, Bulgaria, Egipto, Libia, Israel, Jordania, Siria, Líbano, Chipre, Irán, Irak, Afganistán, Uzbekistán, Pakistán y la India. La muerte lo sorprendió en Babilonia en 323 a.C. cuando estaba a punto de cumplir los 32 años. Aunque se habló de un posible envenenamiento, la mayoría de autores coincide en que murió por causa de una malaria, leucemia o una pancreatitis aguda. Los dominios quedaron a merced de sus generales, que entraron en conflicto y su imperio se desvaneció muy pronto. Pero no así su leyenda, que no han podido eclipsar ni siquiera los emperadores romanos, los zares ni el propio Napoleón, y que sigue vigente 23 siglos después de su muerte.

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