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| 10/2/1989 12:00:00 AM

EL JAZZ VIVE

Un nuevo disco y un libro autobiográfico reviven a Miles Davis.

Aunque muchos no lo crean y otros no lo puedan soportar, Miles Davis, ese demonio negro que algunos consideran lo más grande que le queda al jazz, sigue respirando, sigue activo, sigue tocando después de sobrevivir a largos periodos durante los cuales el alcohol, el sexo y las drogas, además de la soledad, por poco lo destruyen del todo.
Nadie entiende cómo la música, su música, le ha servido de apoyo y cómo ahora vuelve a ser noticia con la aparición de un disco y la edición de un libro autobiográfico que producen alegria y dolor al mismo tiempo.

Tiene 63 años y los críticos coinciden en señalar que su nuevo álbum, Amandial tiene la juventud y el fuego y la desesperación de 30 años atrás.
Enemigo de las entrevistas y las apariciones públicas distintas a los conciertos (el verano en España es su máxima debilidad), se encierra durante largas temporadas en su apartamento de Manhattan, donde toca y toca hasta cuando la boca le sangra y entonces sale a caminar, rengueando, porque nunca pudo superar los golpes y las fracturas producidos por un accidente con su auto deportivo varios años atrás.

Davis, considerado junto a Thelonios Monk y Dizzy Gillespie, el cubista de la música norteamericana, también pinta y vende sus cuadros a los amigos de Lionel Ritchie y Quincy Jones y les cobra de diez mil dólares para arriba. Cuando está de humor llama a los amigos en la madrugada cuando sabe que están durmiendo o haciendo el amor, espera que respondan desesperados y les dice, con un susurro que es inconfundible (ya saben quién es): "Hola, Tony, jódete".
Una enorme pantalla de televisión permanece encendida de día y de noche, aun cuando Davis sale a la calle. Diabético, odia las dietas y en su apartamento los pocos amigos que tienen acceso pueden entrar a la cocina y servirse lo que quieran, mientras el dueño de casa los mira silencioso.

Hijo de una trabajadora social y un dentista, conoció en San Luis, Misuri, lo que significaba ser negro en los años treinta. A los doce años comenzó lecciones de trompeta y dos después era el mejor trompetista de la región. Tocó en sitios nocturnos al lado de los más grandes del jazz, como Lester Young, Gillespie, Jimmie Lunceford y Charlie Parker, por supuesto.

Loco por la ropa y los zapatos llamativos, desde joven supo que los demás no le perdonarían nunca que fuera diferente. Tenía que agarrarse a puños con los compañeros de colegio que se burlaban de su pinta estrafalaria y los colores chillones que siempre llevaba. A los 18 años emigró a Nueva York, peleó con el padre, quien quería que el hijo fuera dentista, y con Charlie Parker revolucionó el jazz con el lenguaje que los críticos blancos siguen llamando "Bebop" y que ellos nunca bautizaron, simplemente lo tocaron hasta cuando el sol salía de nuevo. Con tanto humo, con tanto alcohol, con tantas trasnochadas, la voz se le dañó, se enfermó de la garganta, le removieron unos pólipos de. Las cuerdas vocales y siguió hablando así, ronco, con la tonalidad que enloquecía a las mujeres. Las enloquece todavía, asegura Davis mientras reconstruye su vida en el libro que sale pronto.

Lo mismo que Charlie Parker, Davis se aficionó pronto a la heroína y en los años cincuenta casi no podía moverse por los estragos que la droga le causaba, hasta cuando se propuso liberarse, lo logró y contempló cómo Parker seguía hundiéndose. Su muerte lo golpeó profundamente y le sirvio para rehabilitarse del todo. A mediados de los cincuenta decidió no seguir tocando en bandas ajenas, se hizo el propósito de trabajar solitariamente su música, mientras el término Cool hacía estragos. Dice que odia el término, que no significa nada que no tiene nada que ver con su arte, con su trabajo.

Para los críticos de entonces y para los actuales, en toda la historia del jazz sólo han existido dos excelentes y bárbaros trompetistas: Louis Armstrong y Davis. Pero mientras el uno se estancaba, es decir, se repetía, Miles Davis inventaba nuevas frases con cada interpretación que hacía producía sonidos diferentes, se renovaba, era como si inventara una melodía todas las noches, y eso lo ha mantenido vivo en medio del infierno que atravesó.

En su desarrollo artístico contó con la influencia benéfica del pianista Bill Evans y el arreglista Gil Evans. Lo hacían escuchar a Rachmaninoff todos los días y también algunas piezas de Ravel, especialmente el "Concierto para la mano izquierda". Davis no ha olvidado esas lecciones, aprendió y conoció a otros compositores y enloqueció con Stravinsky y sigue enloquecido con ellos.

Indiferente al dinero, la fama, los amigos y el bullicio, nadie puede afirmar en estos momentos que es el mejor amigo de Miles Davis. Algunos se sorprenden al descubrir que una semana después de haber hablado durante largas horas, Davis pase a su lado indiferentemente. No le interesan la gente, las mujeres, viajar, nada, sólo la música, componer y tocar y escuchar sus discos favoritos.

Por eso los fanáticos de jazz, o mejor, los fanáticos de Charlie Parker, que son también los fanáticos de Miles E)avis, están felices con el anuncio de la aparición de estas Memorias en las cuales este hombre, que no se soporta a sí mismo, cuenta una historia desgarradora: cómo asomó la cabeza en ese infierno de alcohol, mujeres, drogas y largas madrugadas caminando por las calles de un París cubierto de nieve mientras lo único que se veía era el blanco ensangrentado de sus ojos.

Aunque muchos no lo crean y otros no lo puedan soportar, Miles Davis sigue respirando y su nuevo disco y sus Memorias producen una curiosa excitación, la misma que causaría el hallazgo de un unicornio negro en el baño de la casa.
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