Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1995/12/04 00:00

EL LLAMADO DE DIOS

Con la muerte de monseñor Mario Revollo Bravo se marchó uno de los jerarcas más completos de la Iglesia Católica colombiana.

EL LLAMADO DE DIOS

MONSEÑOR MARIO REVOLLO BRAVO no necesitó de sucesos extraordinarios, como los que arrojaron del caballo a Saulo de Tarso en el camino de Damasco, para acudir al llamado de la vocación.
En Mario Revollo la vocación sacerdotal era una manera de ser, una inclinación natural cultivada casi desde su más remota infancia, cuando aprendió a caminar descalzo por las playas italianas y jugaba quizás a atrapar el mar en un hoyuelo de arena. Su padre, Enrique Revollo del Castillo, había viajado junto con su esposa, Soledad, a asumir el cargo de cónsul en Génova. De manera que los azares de la diplomacia determinaron que monseñor Revollo naciera en la tierra de Colón y Paganini.
A los dos años regresó a Colombia para criarse bajo las más finas costumbres bogotanas en el Chapinero de entonces. Curiosamente sus padres no notaron en él su temprana vocación cristiana. Confiaban más en su hermano mayor, quien en efecto ingresó al Seminario Menor, como lo haría también el pequeño Mario sólo para que los dos muchachos estudiaran juntos. Pero mientras su hermano terminó casado, monseñor Revollo culminó sus estudios de filosofía en el Seminario Mayor en 1939.
Dura y aleccionadora prueba la que estaba por vivir. La Italia que había abandonado de niño era otra cuando viajó a cumplir con sus especializaciones en Teología y Sagradas Escrituras. Vivió de cerca los estragos de la guerra mundial y en medio del conflicto fue ordenado en Roma el 31 de octubre de 1943.
Al principio se dedicó al periodismo. Su propio padre había fundado periódicos en épocas remotas y, por coincidencia, Mario fue llamado por el arzobispo Ismael Perdomo a dirigir El Catolicismo. La experiencia le sirvió para conocer de cerca los problemas de la Iglesia en el país y -de paso- para prepararse en una actividad que estaría marcada por 52 años de servicio, en el transcurso de los cuales alcanzó a ejercer los cargos más altos de la jerarquía eclesiástica colombiana. Primero como obispo auxiliar en Bogotá del cardenal Aníbal Muñoz Duque, luego como presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana y finalmente como jefe máximo del Arzobispado de Bogotá, desde donde emprendió ambiciosas tareas, entre ellas la iniciación del código legislativo diocesano, la organización de la arquidiócesis y el desarrollo de la vida académica del Seminario, una de sus mayores preocupaciones.
Catedrático, escritor y buen contertulio, siempre irradió la imagen de un hombre sencillo, amable, asequible a todo el mundo, virtudes que nunca lo abandonarían.
Había cumplido la edad de retiro hace un año, justo cuando sus quebrantos de salud comenzaron a agobiarlo. Pero si bien él mismo sabía que su final estaba cerca, pocos como él se han enfrentado a la muerte con la satisfacción de haber cumplido a cabalidad su misión en la Tierra. Su vida, hecha semilla, está todavía lejos de recoger todos los frutos.

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