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| 7/14/1997 12:00:00 AM

EL MEDIADOR

Monseñor Luis Augusto Castro le devolvió a la Iglesia su protagonismo como mediadora de conflictos sociales.

Si hay algo en lo que todos coinciden es en que el hombre clave detrás de las conversaciones en torno de la liberación de los soldados secuestrados por las Farc fue monseñor Luis Augusto Castro, obis-po de San Vicente del Caguán. Un hombre silencioso pero efectivo. Alejado de las cámaras de televisión y de las grabadoras, este sacerdote nacido en Bogotá hace 55 años supo manejar con suma prudencia todo el complicado episodio del secuestro de los uniformados. Movido por razones humanitarias, monseñor decidió no tomar partido para tratar de buscar un acercamiento. Y tanto el gobierno como la guerrilla encontraron en él al interlocutor válido para superar las diferencias que se fueron presentando a lo largo del proceso de liberación. Gracias a su labor se convirtió en el único puente que unía las dos orillas. Tanto fue así que los guerrilleros de las Farc exigieron que cualquier contacto debía hacerse a través del prelado y el propio gobierno depositó en él toda su confianza para lograr la liberación de los uniformados. El delegado presidencial José Noé Ríos considera que la labor del obispo fue vital para destrabar la negociación. "Gracias a la labor del curita sacamos esto adelante". Monseñor Luis Augusto Castro estudió filosofía y teología en la Universidad Javeriana y obtuvo su licenciatura en teología en Roma. Llegó a San Vicente del Caguán hace 11 años, recién ordenado obispo. Desde entonces ha venido desarrollando una labor pastoral que ya empezó a dar sus primeros frutos. Ha sido, según sus propias palabras, una labor bastante difícil pero gratificante. "Hemos tenido que labrar la tierra en medio de un Estado ausente y luchando contra un enemigo muy poderoso _el narcotráfico_ que todo lo pervierte y que creó la mentalidad del dinero fácil y que destrozó el tejido social de la región", dijo el obispo a SEMANA. Pero lo más importante de la gestión de monseñor Luis Augusto Castro fue que le devolvió a la Iglesia su papel protagónico como mediadora en los conflictos sociales. El hecho de poder contribuir eficazmente a la negociación entre el gobierno y la guerrilla en el caso de los soldados le abre un espacio muy valioso a la Iglesia en caso de que ambas partes decidan iniciar una nueva negociación de paz. La presencia de la Iglesia sería fundamental para garantizar dos de los principales elementos para el éxito de futuras conversaciones: neutralidad y prudencia. Esas son, precisamente, las grandes cualidades de monseñor Castro.
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