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| 9/7/1998 12:00:00 AM

EL OJO PRIVILEGIADO

La Cruz de Boyacá, otorgada la semana pasada a Leo Matiz, es el justo reconocimiento a uno de los más grandes fotógrafos del país.

Leo Matiz llegó a la fotografía por casualidad. De pequeño, en su natal Aracataca, solía dedicar horas enteras al dibujo y sus padres alcanzaron a vaticinar que sería pintor. Sin embargo optó por la cari-catura, tal vez a la espera de saltar de pronto y definitivamente al oficio de las bellas artes. Y en esas andaba en su juventud cuando fue contratado por el diario El Tiempo, en el que, luego de varias jornadas como ilustrador cómico, fue llamado por el director de entonces, Enrique Santos Montejo, quien sin mayor preámbulo y razón aparente le informó que a partir de ese momento se convertiría en reportero gráfico. El asunto fue como una revelación porque una vez tuvo la cámara en sus manos, una Zeiss Ikon que compró por 20 pesos, Leo Matiz quedó transformado. Ni siquiera sus intentos por convertirse en galerista de arte _para lo cual tuvo también un gran ojo, pues fue el primero en exponer la obra de Fernando Botero en Colombia cuando el joven pintor era un ilustre desconocido_ lo dejarían abandonar el noble oficio de captar los instantes de tiempo en el papel fotosensible.
Su naciente profesión se juntó con su espíritu aventurero y entonces se lanzó a recorrer el continente hasta llegar a México a comienzos de la década del 40. Allí conoció al poeta Porfirio Barba Jacob, quien se encargó de relacionarlo con algunas de las figuras más fulgurantes del momento en el país azteca: los pintores Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, el cineasta Luis Buñuel, María Félix y Agustín Lara, entre otros personajes ilustres. Mientras tanto sus fotografías, que captaban con naturalidad e ingenio escenas de la cotidianidad, se hicieron tan famosas que pronto fue contratado por revistas tan prestigiosas como Life y Selecciones, publicaciones que le abrieron las puertas del mundo. Tanto que al final de la década fue catalogado como uno de los 10 mejores fotógrafos del planeta.
De México a Venezuela, de Estados Unidos al Medio Oriente, Leo Matiz ha ocupado más de 50 años retratando los más diversos personajes del orbe, desde anónimos campesinos que reflejan el alma latinoamericana hasta individuos tan conocidos y disímiles como el poeta Pablo Neruda, el dirigente Juan Domingo Perón, el torero Manolete y el trompetista Louis Armstrong.
Hoy, recién rebasada la barrera de los 80 años, Leo Matiz comienza a recoger los frutos de su trabajo. No en vano sus fotografías le han dado la vuelta al mundo y algunas de ellas son consideradas en Europa y Estados Unidos como verdaderos documentos históricos del convulsionado siglo XX.
En este sentido, quien quiera rastrear de cerca la historia de la fotografía en la centuria que está por terminar tendrá que toparse inevitablemente con las láminas de Leo Matiz. Razón suficiente para que el gobierno le haya otorgado la semana pasada la Cruz de Boyacá por su invaluable aporte al desarrollo de la fotografía en Colombia y en el mundo.
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