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| 3/11/2002 12:00:00 AM

El que peca y reza no empata

La arquidiócesis de Boston tendrá que pagar hasta 30 millones de dólares por concepto de indemnización a 86 personas que fueron víctimas de abuso sexual por parte de un sacerdote.

El cura predica pero no aplica. Si no que lo diga el sacerdote John J. Geoghan, quien el mes pasado fue condenado a una pena de nueve a 10 años por manosear a un niño de 10 años en una piscina. El incidente provocó una reacción en cadena y de repente comenzaron a surgir acusaciones contra el clérigo de 66 años por parte de personas que en el pasado habían sido víctimas de sus abusos sexuales. La bola de nieve alcanzó tales proporciones que 86 personas se unieron para demandar a Geoghan quien, al parecer, aprovechó su posición en la comunidad para ganarse la confianza de su rebaño y abusar de 130 menores durante los 30 años que ejerció sus funciones pastorales en seis parroquias de Boston, una de las ciudades más católicas de Estados Unidos.

Una de las víctimas es Patrick McSorley, un hombre de 27 años que no ha podido pasar una noche tranquila desde julio de 1986 cuando, a los 12 años, el padre Geoghan lo invitó a comer helado. El sacerdote había visitado a la madre de Patrick para consolarla y darle apoyo espiritual debido al suicidio de su esposo. Cuando iban en el carro Geoghan comenzó a acariciar la pierna de Patrick mientras le expresaba su profundo dolor por la pérdida de su padre. El niño quedó petrificado cuando sintió la mano del cura debajo de su pantaloneta tocando sus genitales. Después de la agresión Geoghan le recomendó al niño que no comentara con nadie lo ocurrido, que lo mantuvieran como un secreto entre ambos y que si el pequeño lo consideraba conveniente él volvería a visitarlo en otra oportunidad. Desde entonces McSorley sufre de ataques de ansiedad y depresión, y para cobrarse todos los años de maltrato decidió unirse a la demanda contra el sacerdote que lo llevó a vivir en el infierno.

El escándalo ha sacudido las bases de la arquidiócesis de Boston y las miradas inquisidoras recaen ahora sobre el cardenal Bernard Law quien, a pesar de estar al tanto de las desviaciones de Geoghan, no fue capaz de retirarlo del servicio activo sino que prefirió cambiarlo de parroquia cada vez que surgían nuevos incidentes de pedofilia, convencido de que la enfermedad del sacerdote era una debilidad de la carne que se curaba con oración y no una actitud criminal. Según una encuesta, el 50 por ciento de los católicos de Boston quieren que el cardenal abandone su cargo por considerar que falló en su deber de proteger a la comunidad.

Pero el secretismo de la Iglesia Católica, que suele lavar la ropa sucia en casa en cuanto a temas de abuso sexual se refiere, no se pudo mantener en pie ante la repentina avalancha de denuncias que no sólo comprometen al padre Geoghan sino que involucran a otros sacerdotes pertenecientes a la arquidiócesis de Boston.

El primer domingo de Cuaresma, durante la homilía, el cardenal Law expresó su arrepentimiento por la forma errónea en la que la Iglesia había tratado el asunto de Geoghan y pidió perdón al Altísimo.

Para que el acto de contrición fuera completo el prelado entregó a las autoridades los nombres de otros sacerdotes que han protagonizado actos pecaminosos contra menores de edad en los últimos 40 años. Lo que en principio parecía un hecho aislado terminó siendo más frecuente de lo que se pensaba y la cifra compromete a 80 'hombres de Dios' en la jurisdicción de la arquidiócesis.

Pero ahí no termina el escándalo. Alentados por las denuncias presentadas en Boston decenas de católicos de otras ciudades han vencido el miedo y se han atrevido a hablar sobre los abusos sexuales de los que han sido víctimas los niños de otras comunidades como Los Angeles, Filadelfia, San Luis, Nueva York, Maryland y Tucson, por citar algunas, en donde a cambio de dinero la Iglesia les pedía a las familias que guardaran silencio. Los sacerdotes en su mayoría eran trasladados de parroquia y en el mejor de los casos el castigo era prohibirles celebrar los sacramentos.

La semana pasada Tod T. Brown, obispo de Orange, dio muestra de una gran amplitud mental al permitirle al sacerdote Michael Pecharich, acusado de haber manoseado a un adolescente hace 19 años, despedirse de sus parroquianos antes de ser destituido. Para sortear este delicado problema el obispo contrató los servicios de un experto en manejo de crisis y organizó sesiones de discusión después de la misa para que la gente de la comunidad aclarara sus dudas sobre los casos de abuso sexual. La iniciativa del obispo Brown fue bien recibida por algunos sectores de la sociedad que aplaudieron el interés del prelado por abordar los temas sexuales sin tapujos pues si la Iglesia quiere educar en valores lo primero que debe hacer es enseñar con el ejemplo.

En Boston, entretanto, los demandantes y la arquidiócesis han llegado a un acuerdo para que la Iglesia se comprometa a pagar entre 20 y 30 millones de dólares a las víctimas de Geoghan. Un árbitro se encargará de determinar el monto de la indemnización para cada persona teniendo en cuenta el grado de maltrato. En promedio los individuos que fueron abusados recibirán entre 232.000 y 348.000 dólares por daños y perjuicios y en los casos en los que hubo contactos más íntimos las víctimas recibirán cerca de 500.000 dólares cada una.

De acuerdo con investigaciones del diario The Boston Globe, si se cuentan las demandas pasadas, las actuales y las que vienen la arquidiócesis tendrá que pagar en total 100 millones de dólares por los excesos sexuales cometidos por sus clérigos. Como si lo anterior fuera poco las compañías aseguradoras que asumían la responsabilidad legal de la arquidiócesis ya no quieren seguir pagando por las demandas, pues consideran que el cardenal Law obró con negligencia al mantener en servicio a sacerdotes que eran conocidos por su pedofilia.

La Biblia dice que hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para hablar y un tiempo para callar, un tiempo para reír y un tiempo para llorar. Sin duda a la Iglesia Católica de Estados Unidos se le acabó el tiempo de callar y le llegó el tiempo de llorar.
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