Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/09/23 00:00

El profeta de la nada

El 25 de septiembre se cumplen 30 años de la muerte de Gonzalo Arango, el incendiario poeta y escritor que fundó el nadaísmo.

Gonzalo Arango nació en Andes, Antioquia, y era el menor de 13 hermanos. Su madre era analfabeta

Dicen que los muertos avisan, y Gonzalo Arango no fue la excepción. La víspera de su fatídico accidente el 25 de septiembre de 1976 se despidió de sus amigos más cercanos, pero ninguno sospechó que se fuera a ir tan lejos. Esa noche de viernes, en la casa del escritor y poeta Eduardo Escobar, cenaron, bebieron y tertuliaron juntos por última vez. Todos reunidos alrededor de Gonzalo, como habían hecho durante casi 20 años desde cuando los introdujo a finales de los años 50 al nadaísmo, el movimiento literario filosófico y revolucionario fundado por él.

Gonzaloarango, como firmaba al comienzo del nadaísmo, nació en Andes, Antioquia, en 1931. El menor de los 13 hijos del telegrafista del pueblo, Francisco Arango, y de su mujer, Magdalena Arias, primero quiso ser abogado. Estudió derecho en la Universidad de Antioquia hasta que, a los 2 años y desilusionado del mundo de las leyes, decidió encerrarse durante todo 1952 en una finca para escribir en un cuaderno de contabilidad Después del hombre, su primera novela. Aunque sus amigos consideraban este texto "bastante flojito" y sólo fue publicado décadas después de su muerte, gracias a él vislumbró su verdadera pasión. Los años que siguieron a este experimento literario son considerados como una etapa de confusión política, ya que se volvió rojaspinillista, trabajó como bibliotecario en la universidad y como periodista para el Diario Oficial. Por esa militancia, cuando cayó el general Gustavo Rojas decidió esconderse en Cali por un tiempo.

Ya en la capital de Valle del Cauca comenzó a trabajar en el Primer manifiesto nadaísta, que publicó en 1958. Allí establecía el espíritu revolucionario, iconoclasta, humano y poético de la nueva corriente literaria. "Él, todo un campesino asqueado por la crisis de la verdad en Colombia, se propuso formular las bases del movimiento más negativo del que tuviera noticia la historia, y para ello se hizo acompañar de los jóvenes filósofos más atorrantes que tuvo a mano, de clase media baja, de provincia y menores de edad. Algo sin antecedentes en la intelectualidad nacional", dijo a SEMANA Jotamario Arbeláez, escritor, amigo y compañero nadaísta de Gonzalo.

El grupo de Arango comenzó a ser noticia por los escándalos públicos que protagonizaban. Quemaron libros en protesta contra la rigidez y atraso conceptual de la academia, lanzaron asafétida (una resina de olor repugnante) a los participantes del Primer Congreso de Intelectuales Católicos en Medellín y profanaron hostias en la Basílica Metropolitana. Por las bombas de olor Gonzalo pasó tres días en la cárcel de La Ladera y por el sacrilegio todos fueron excomulgados. Muchos compatriotas consideraban al movimiento diabólico y pervertido. En una entrevista Lucy Nieto de Samper le preguntó qué era el nadaísmo; él le respondió: "Es la negación de todo lo muerto y la afirmación de todo lo que está vivo".

Arango a veces peleó con sus compañeros. Como cuando en 1968 en un discurso en el buque Gloria llamó al ex presidente Carlos Lleras Restrepo "el poeta de la acción", lo que generó la cólera de los demás nadaístas. Desde el principio se había estipulado que el movimiento, aunque revolucionario, nada tendría que ver con la política y mucho menos con los políticos. "Gonzalo era muy tierno y un gran amigo, pero al mismo tiempo era un hombre muy soberbio, capaz de furias apocalípticas. También era libidinosito, el sexo femenino lo descomponía, pero siempre fue muy entregado a su misión poética. Era una contradicción constante", dijo Escobar a SEMANA.

Dedicado de tiempo completo a su oficio de escritor y poeta, Gonzalo nunca tuvo un trabajo ni ingreso fijos. Durante muchos años vivió en una habitación sin luz eléctrica en La Perseverancia, un tradicional barrio obrero de Bogotá, y se alimentaba durante semanas de tinto, huevos duros y el humo de las tres cajetillas diarias de Pielroja sin filtro. Dedicaba la noche a escribir en su Olivetti Studio 44 a la luz de una vela y se acostaba a dormir cuando la ciudad despertaba. Tal y como escribió en el Terrible 13 manifiesto nadaísta: "Hemos padecido la miseria con un odio a muerte por el capital, pero no trabajamos porque el trabajo es atentatorio contra la poesía y contra la dignidad humana...". Su situación económica mejoró un poco durante los años 60, cuando se dedicó al periodismo y escribió memorables crónicas y columnas para Cromos y El Tiempo. Entonces se pudo mudar a un garaje en el elegante barrio Bosque Izquierdo.

Fue a ese humilde hogar a donde llevó a vivir a la música inglesa Angie-Marie Hickie, su amada Angelita, la única mujer que logró conquistar su corazón. Días antes de aquel legendario último encuentro con sus amigos, vendieron las pocas cosas que lograron acumular durante sus años juntos. La idea era reunir dinero para viajar a Londres pocos días después. Angelita, para muchos la Yoko Ono de la literatura colombiana, ha sido acusada de haberlo influido para que abandonara el nadaísmo, vendiera su biblioteca y entrara en una etapa mística de buscar a Jesucristo.

Ella lo acompañó esa noche. Y al día siguiente fue ella quien lo sostuvo en sus brazos cuando la vida se le iba después de que el taxi colectivo en el que se dirigían a Villa de Leiva se estrelló en Gachancipá contra un camión. Gonzalo Arango, de 45 años, tenía la cabeza recostada contra el vidrio del vehículo y el impacto lateral le fracturó el cráneo.

Eduardo Escobar se acostó muy feliz la noche del viernes porque en su casa se había dado el milagro de la reconciliación entre dos amigos. En la reunión postrera estaban Eduardo Escobar, Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Darío Lemos y quien fue su copiloto dentro del nadaísmo, Amílcar Osorio, con quien no se hablaba hacía muchos años. Una pelea amenazó de muerte su amistad. Pero siguiendo su teoría de negar lo muerto, esa noche su amistad revivió de las cenizas.

A la mañana siguiente el teléfono despertó a Escobar con la terrible noticia de la muerte de Gonzalo. Jotamario asistía a una misa por su padre cuando su tío le informó de la tragedia. Él, que hacía un año exactamente le había pedido a su papá en el lecho de muerte que le diera una señal desde el más allá cuando se hubiera ido, sólo alcanzó a decirse a sí mismo: "Valiente señal papacito".

En 1993 llevaron sus cenizas a Andes para enterrarlo en su patria chica. Desde entonces muchos visitan su tumba y se han robado la lápida tres veces, porque creen que hace milagros. Jotamario cree que san Gonzalo le ayudará a crecer el pelo. Elmo Valencia asegura que a él ya le hizo el milagro. "Cuando regresé a Bogotá de su entierro en Andes, cuenta, me habían robado el apartamento, incluyendo el retrato de Rasputín que tenía en la pared. No se robaron la pared porque Gonzalo es muy grande".

En Memorias de un presidiario nadaísta, Gonzalo Arango escribió: "Quizá, de tanto sumergirme en la nada y en el lodo descubra que existe otra luz, otra vida, entonces despertaré de este reino de muerte y me levantaré como un resucitado". Hoy, 30 años después de su deceso, lo ha hecho para sus amigos, compañeros y seguidores, que recuerdan a su líder, a su profeta, a su santo.

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